En el enlace que hoy os dejo podemos escuchar una extraordinaria interpretación del violinista israelí Itzhak Perlman, acompañado por la Orquesta Sinfónica de Tokio dirigida por Kazuyoshi Akiyama, del bellísimo Adagio correspondiente al Concierto para violín nº1, Op.26, de Max Bruch. A día de hoy, Perlman está considerado como uno de los mejores — sí no el mejor — intérpretes de violín, un hombre que supo sobreponerse a una terrible invalidez de sus piernas como consecuencia de una poliomielitis sufrida de niño. Pero, además, Perlman es una magnífica persona, un ser dotado de un excelente sentido del humor y siempre dispuesto a impartir sus sabios consejos a aquellos estudiantes de violín que tratan de abrirse camino en el complicado mundo de la interpretación solista.

En su larga y prolífica carrera como compositor, Max Bruch fue iluminado sólo una vez por la auténtica luz creativa, lo que dio origen al emocionante movimiento lento de este concierto, una de las piezas más hermosas jamás compuestas para violín con la que el compositor germano se coloca, por un instante, a la altura de Mendelssohn o Chaikovski. En compás de 3/8, el Adagio discurre como un amplio movimiento construido esencialmente sobre un único tema en Mi bemol mayor que introduce de entrada el solista. Este tema es adornado, variado y repetido hasta alcanzar una impresionante cima de ansiedad. Cuando todo parece volver al silencio, una flauta y una trompa incitan al solista para que exponga el tema por última vez. Este movimiento empequeñece al resto del concierto, placentero y amable, pero muy por debajo de esta inspirada joya creativa.

 Max Bruch nació el 6 de enero de 1838 en Colonia y desde muy joven recibió clases de música por parte de su madre. Con tan sólo 14 años escribió una sinfonía, logrando forjarse un nombre como compositor y director de orquesta, cargo en el que destacó en la corte de Schwartzburg-Sonderhausen y, especialmente, en la Asociación Filarmónica de Liverpool. Llegó a convertirse en uno de los más reputados profesores de composición en la Academia de Berlín desde 1891 hasta 1910 y fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Cambridge. Conservador por naturaleza, opinaba que la música debía ser melodiosa y accesible, oponiéndose a las innovaciones de algunos de sus contemporáneos, como Richard Strauss o Max Reger. Su estilo, sencillo y romántico, es decididamente anticuado si lo comparamos con el de sus contemporáneos, aunque goza de un indudable talento para la construcción melódica. Por regla general, sus obras compensan en belleza lo que parece faltarles en profundidad. De sus tres conciertos escritos para violín, este primero de ellos es el mejor y más interpretado en la actualidad. Bruch llegó a ser profético al afirmar que sólo por esta obra sería recordado en el futuro como compositor.