El Corán

 Según algunos convencionalismos un tanto retóricos, el Corán es “un libro caído del cielo”, algo realmente difícil de asumir en un mundo tan secularizado como el de hoy en día. Para la tradicional interpretación islámica, en absoluto es el Corán “un libro caído del cielo”. Antes bien, fue un libro depositado en el corazón del profeta Muhammad y posteriormente anunciado por éste. La exégesis islámico-ortodoxa nunca ha ocultado que el libro sagrado, en la forma en que hoy lo conocemos, sólo apareció décadas después de la muerte del Profeta conforme a un proceso de canonización que fue más sencillo que el de las otras dos restantes religiones del libro y que no duró tanto tiempo. En principio, puede afirmarse que las tres religiones proféticas obtuvieron su libro sagrado únicamente como resultado de un proceso de formación y posterior canonización. Así, en el judaísmo, la Torá (Pentateuco) no se conoció como tal hasta el exilio babilónico y probablemente sólo quedó fijada en la transición del siglo V al IV A.C. Los Neviim (Profetas) y Ketubim (Escritos) quedaron mayormente prefijados a finales del siglo III A.C. De esta manera, sólo a partir del judaísmo post-exílico puede hablarse de un libro sagrado, la Biblia hebrea (Tanak) compuesta por la Torá, los Neviim y los Ketubim, y consecuentemente de una religión del libro. Por lo que respecta al cristianismo, las primeras cartas de Pablo se conocen unos veinte años después de la muerte de Jesús de Nazaret y a finales del siglo I ya existían los cuatro evangelios. Sin embargo, sólo a finales del siglo II quedaron fijadas las nueve décimas partes del canon definitivo. Es más, en algunos sínodos celebrados a finales del siglo IV se decidió qué libros, ya de segundo rango, podían pasar a formar parte del canon cristiano definitivo (Y dejamos aquí de lado el nuevo canon que introdujo la reforma luterana del siglo XVI). En el Islam, el proceso de canonización no duró tanto tiempo puesto que no se trataba de recopilar y reconocer escritos de distintos autores, sino de recopilar, ordenar y editar las distintas azoras — cada uno de los 114 capítulos en los que se divide el Corán — de un único profeta. Además, en este proceso de canonización la última palabra no la tenían obispos y sínodos, circunstancia que demoraba de por sí el proceso, sino el califa (El representante del Profeta tras su muerte) con la colaboración de estudiosos y, en última instancia, de tribunales.

 La tradición nos sugiere que al principio, la revelación coránica no estaba recogida más que en hojas de palmera, piedras, huesos y trozos de piel y madera. Parece dudoso que el propio Profeta — quien, según el juicio de muchos doctores musulmanes, no sabía leer ni escribir — se ocupara en absoluto de recopilar la dispersa revelación que él mismo dictó a sus secretarios. De cualquier manera, Muhammad no concluyó esa tarea y no legó a la posteridad ningún libro oficial. Sin embargo, es un hecho que muchos musulmanes se sabían de memoria algunas de las azoras, ya que eran recitadas continuamente; y unos cuantos elegidos, incluso, la mayor parte de lo que terminaría siendo el Corán. Se piensa que algunos pudieron poner por escrito para uso propio pasajes enteros. Pero, ¿Quién entonces debía recopilar, copiar, ordenar y redactar el conjunto? Como es natural, esta pregunta se volvió más acuciante con el paso del tiempo, una vez que el Profeta ya había muerto y sus compañeros se iban haciendo paulatinamente más ancianos. De esta forma, se tomó la decisión de reunir lo transmitido en un libro fácilmente abarcable.

 La investigación histórica ha cuestionado que ya bajo el primer califa, Abu Bakr, cuyo califato no duró más de dos años (632-634), existiese una edición provisional del Corán dispuesta en una serie organizada de las azoras. Las razones para ello son múltiples, aunque la más importante es que su nombre no aparece en ninguna información relativa al respecto. Parece unánime la hipótesis de que un antiguo secretario del Profeta, Zaid ibn Tabit, comenzó un trabajo de transcripción y recopilación durante el segundo califato (Omar, 634-644). También parece comprobado que la hija de Omar, Hafsa (Que fue también una de las viudas del Profeta) poseía algunas hojas sueltas, tal vez incluso ya un códice. Éste no era ni mucho menos el único, pues había gran cantidad de conocedores del primitivo Corán, de tal manera que en las distintas provincias del nuevo reino circulaban diversas versiones de este proto-Corán que diferían considerablemente unas de las otras, sobre todo en la disposición de las azoras. Se hacía imprescindible fijar un orden y este llegó con la primera edición canónica del Corán, el Corán unificado del califa Utmán.

 Durante las expediciones militares árabes a Armenia y a Azerbaiyán, entre los musulmanes procedentes de Siria y los procedentes de Irak estalló una polémica en torno a cuál era la versión correcta de las azoras. Por ello, bajo la autoridad del tercer califa, Utmán (644-656), se elaboró un texto obligado del Corán unificado que en lo sucesivo debía ser el único texto vinculante (Algo parecido a la Vulgata bíblica, el texto de uso general). Hasta la fecha, no ha existido ninguna edición del Corán que no sea esencialmente una copia del Corán de Utmán. Esta recopilación fue posible al extraordinario trabajo realizado en Medina por el anteriormente mencionado secretario del Profeta, Zaid ibn Tabit, y por tres ciudadanos destacados procedentes de La Meca. Sólo a partir de innumerables fragmentos — algunos de ellos muy breves — y de tradiciones que en buena parte sólo se conservaban de forma oral, pudo llevarse a cabo esta trascendente recopilación. Sin embargo, en muchos casos se pudieron incorporar azoras que ya existían como unidades independientes. Pese a que en algunos lugares los redactores apenas se esforzaron en evitar irregularidades y discontinuidades, el ensamblaje del material no fue en absoluto arbitrario. Utmán envió copias de ese texto unificado desde Medina a los principales centros del imperio: Damasco, Kufa, Basora, La Meca… Y en ninguno de estos centros encontró el texto canónico una resistencia mínimamente relevante. De manera generalizada se aceptó que esta edición contenía lo que para la comunidad islámica resultaba esencial de la revelación concedida al Profeta. Curiosamente, Utmán nunca ordenó destruir las versiones anteriores y algunas se conservaron fragmentariamente, con lo que los estudiosos del Corán siguen hablando todavía de otras lecturas y otros códices. Algunos comentarios clásicos, como at-Tabari y al-Baidawi, registran pequeñas variantes que fueron estudiadas en el siglo X por los eruditos, no apreciándose diferencias significantes ni fundamentales.

 Sin embargo, para muchos filólogos, la edición de Utmán presentaba algunas deficiencias y fue en 1923 cuando, por mediación del rey Fuad de Egipto, se elaboró una edición estándar por expertos de la Universidad de al-Azhar tomando como base la tradición textual iraquí. Ciertamente, tanto el número como el orden de las azoras quedaron fijados de manera inequívoca por la edición de Utmán, pero esta presentaba una escritura consonántica sin vocales y carente de signos diacríticos que daban lugar a ciertas ambigüedades e interpretaciones erróneas. Esta nueva edición mejorada del Corán se llevó a cabo de manera gradual por medio de la agregación de signos vocálicos, signos para diferenciar consonantes con la misma forma y signos de declamación. En lo relativo a las diversas formas de lectura, se acabó imponiendo la forma de leer el Corán de Asim de Kufa, según la tradición de Hafs, y fue ésta la que constituyó el fundamento de la edición estándar del Corán publicada en Egipto en 1923 y que en la actualidad goza del máximo prestigio, siendo la que se emplea en casi todas partes. (El Corán está escrito de tal manera que su lectura, en árabe, es algo muy parecido a una recitación poética). Incluso la rama de los chiíes siguen el Corán unificado de Utmán, aunque en ocasiones le reprochan la omisión de materiales sobre su particular “patriarca”, Alí, que en ningún caso constituyen críticas de carácter dogmático, sino más bien de tipo histórico.

 Por lo que concierne a la cronología de la revelación del Corán, debemos diferenciar entre lo que afirma la exégesis musulmana y lo que propone la exégesis europea del Corán (Que no hace sino mejorar la proposición de la anterior). Según la exégesis musulmana, la clasificación temporal a grandes rasgos es la siguiente: Azoras reveladas en La Meca desde el año 610 al 622 (Hégira) y azoras reveladas en Medina desde el 622 al 632 (Muerte del Profeta). Gracias a la edición estándar egipcia de 1923, es actualmente posible confeccionar un listado tradicional cronológico de muchas azoras. En cuanto a la exégesis europea del Corán, fue fundamental la publicación en 1860 de una obra pionera, Geschichte des Qorans (Historia del Corán) de Theodor Nöldeke, posteriormente ampliada por su discípulo Friedrich Schwally. Su trabajo se basa entendiendo los períodos de revelación como series evolutivas y no como una rígida cronología: Y así, resumiendo de forma sencilla, se establecen cuatro períodos: 1- Azoras del primer período de La Meca (610-615), que tienen como objetivo la conversión de los infieles al Dios verdadero; 2- Azoras del segundo período de La Meca (615-620), más extensas y con ejemplos que invitan a confiar en la omnipotencia y bondad divinas; 3- Azoras del tercer período de La Meca (620-622), parecen “menos inspiradas” y resultan dilatadas y repetitivas y 4- Azoras del período de Medina (622-632), centradas en la consolidación de la comunidad musulmana y en el papel de Muhammad como jefe espiritual de la misma. En estas azoras se advierte un ataque contra el politeísmo de los paganos y una cierta defensa de las pretensiones de judíos y cristianos. Contienen numerosas leyes, prescripciones rituales y disposiciones administrativas.