Joaquín Achúcarro

 Joaquín Achúcarro es uno de los más grandes pianistas que ha dado la interpretación española en toda su historia. Nacido en Bilbao el 1 de noviembre de 1932, se puso por primera vez delante de un piano con tres años de edad y poco después se matriculó por libre en el Conservatorio de Bilbao. Ya con tan sólo trece años, ofrece un concierto con motivo del cincuentenario de la Orquesta Filarmónica de Bilbao, concretamente el 20 de mayo de 1946, en el que interpreta un concierto de Mozart. Tras completar brillantemente sus estudios en dicho Conservatorio, se traslada a Madrid, en donde estudia con José Cubiles, y posteriormente ingresa en la Academia Chigiana de Siena y en la Hochschule de Sarrebruck. Debuta en el Premio Massaveu en 1950 y tres años más tarde consigue el Premio Viotti. Pero su primer gran galardón de prestigio internacional lo obtiene en 1959, al conquistar el famoso Concurso Internacional de Liverpool, circunstancia que le abre las puertas de los principales escenarios europeos. Desde entonces, ha venido actuando como concertista acompañado de las mejores orquestas sinfónicas del mundo, como la Sinfónica de Londres, Sinfónica de Chicago o Filarmónica de Berlín. En 1992, obtuvo el Premio Nacional de Música de España y en 1996 la Medalla de Oro de Bellas Artes. Joaquín Achúcarro también es miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y comendador de la Orden de Isabel la Católica. En 2000, la UNESCO le nombró Artista por la Paz por sus numerosas contribuciones a dicha causa. Es profesor de la Accademia Chigiana de Siena y también imparte clases en la Universidad Metodista de Dallas. Reside habitualmente en Lejona, provincia de Vizcaya.

 Achúcarro se ha destacado como un excepcional intérprete de la música española — Albéniz, Granados, Falla — y también de Mozart, Brahms, Chopin, Ravel, Debussy y Rachmaninov. Sus grabaciones con el sello discográfico RCA en lo relativo a música española son consideradas de auténtica referencia por la crítica especializada. Pero Achúcarro también se ha destacado por ser un excepcional intérprete de música de cámara, acompañando al piano a reconocidas figuras musicales de los instrumentos de cuerda. De cualquier manera, Joaquín Achúcarro se nos presenta, aparte de como un magnífico pianista, como una persona entrañablemente cercana, sencilla, hasta cierto punto campechana y amante de su profesión. Rubinstein, Horowitz, Gieseking y Schnabel fueron sus pianistas más admirados. Dentro de una lista que supera los 310 maestros de dirección orquestal con los que Achúcarro ha colaborado a lo largo de su carrera, el pianista vasco destaca especialmente a Boult, Metha, Abbado y Rattle. Ha colaborado también con más de 200 agrupaciones orquestales de todo el mundo, recordando con especial cariño el concierto ofrecido con la Filarmónica de Berlín, dirigida por Yehudi Menuhim.

 Para el maestro Achúcarro, interpretar es “encontrar siempre un punto culminante y único en cada pieza, en cada obra y en cada frase. Interpretar es precisamente eso, interpretar es encontrar ese punto, encontrar el por qué de ese punto. Interpretar siempre es dar algo a alguien, es decir, no es tocar aquí y me voy a la cama y no me oye nadie. Cualquier artista, quiéralo o no, necesita un público y piensa en un público. No se puede pensar aisladamente en el artista sin el público. Es una simbiosis que se establece para convencer a ese público. Entonces, el músico debe de tocar para el público; sino, ¿para quién va a tocar?”  A la hora de enfrentarse por primera vez con una pieza, Achúcarro “intenta leerla y dejar un poco el instinto ver cómo las manos negocian las dificultades que hay. Lo primero es eso, desbrozar un poco lo que hay. Y luego poco a poco ir entrando en detalles, es decir, el ir especulando con digitaciones diferentes o con pedales diferentes. Al mismo tiempo, a fuerza de estar encima de una obra, uno la va entendiendo mejor y entonces las cosas que te han parecido bien el primer día, al cabo de un mes de estudiarlo, te pueden parecer de otra manera. Yo creo que no habría una regla fija, pero el tocarla de arriba abajo varias veces da una idea, sin duda”.

 Achúcarro recuerda un gran número de anécdotas a lo largo de su dilatada carrera artística: Salir al escenario sin corbata — no podía abrochársela — o actuar con unas insólitas botas de agua en vez de zapatos, una vez ya vestido de frac (Esto le sucedió en Santa Fe, Argentina, al olvidar recoger sus zapatos en Buenos Aires). Pero la historia más curiosa le sucedió en México: En un trayecto desde León hasta Guadalajara, el taxista que lo trasladaba se puso enfermo en pleno desierto y el maestro Achúcarro tuvo que agarrar el volante del vehículo so pena de sufrir un severo accidente. La cosa no quedó ahí; con Achúcarro al volante y el taxista durmiendo en el asiento de atrás, llegaron a Guadalajara a las cuatro de la mañana, estando previsto el ensayo del Concierto de Ravel a las diez horas de esa misma mañana. El maestro se puso a ensayar la cadencia del Concierto para la mano izquierda de Ravel cuando un intendente entró a la sala y le indicó que aquella música era muy bella, pero que en realidad el concierto programado era el Concierto en Sol Mayor del mismo autor. Lo realmente extraordinario fue que, instantes previos al concierto, al maestro le indicaron que había recibido una equivocada información sobre la obra a ejecutar: La pieza que estaba finalmente programada era Noche en los jardines de España de Falla… Achúcarro se armó de valor y ejecutó la obra sin ensayos previos (La tenía bien aprendida). Al parecer, los profesores de la orquesta no entendieron bien la obra de Ravel y desistieron de tocarla, echándole todo el “marrón” al maestro Achúcarro, que salió más que airoso de la complicadísima e improvisada actuación. Pero lo más genial fue como Achúcarro se adaptó estoicamente a cualquier imprevisto cambio: –“Bueno, pues si hay que tocar esa otra pieza, se toca y ya está”–  Genio y figura. Nuestro humilde homenaje desde esta página, maestro.