Inocencio X por Velazquez

Cualquier observador de la obra de Velázquez puede llegar a la conclusión de que el maestro sevillano no hacía sino captar escrupulosamente lo que tenía frente a sus ojos, a la manera de una moderna cámara fotográfica. Esta aparente superficialidad refleja la absoluta maestría técnica del pintor, un artista de quién apenas conservamos dibujos o esbozos previos (Notable el paralelismo creativo si lo comparamos con Mozart) y que parece enfrentarse al lienzo sin ningún tipo de preámbulo. Es en eso, precisamente, en lo que Velázquez se distingue — Y se sitúa a un nivel muy superior — de toda una pléyade de pintores de su misma época (Entonces, teniendo algunos de ellos más consideración) aún cuando sus cuadros adoleciesen de una afectación constructiva que resta solidez a la obra terminada. Velázquez, por contra, es un modelo de destreza, desahogo y rápida ejecución. Para él, lo fundamental, por encima de laboriosas ejecuciones, es la plasmación de la idea, concepto que termina en el mismo cuadro: Velázquez termina la obra y se va, no nos quiere decir nada más, no nos da claves para hipotéticas interpretaciones posteriores; es un pintor “silencioso”. Este aparente vacío es lo que otorga a sus cuadros un aspecto casi “contemporáneo” para todo aquel que los contempla. Velázquez pinta, ante todo, la VERDAD, y lo hace eliminando cualquier asomo de amaneramiento. (Caravaggio)

 Velázquez es el pintor de la atmósfera, de la “tercera dimensión” aunque ello obligue en ocasiones a un pequeño esfuerzo añadido por parte del espectador. Y este trabajo nos deja descubrir la grandiosa técnica creativa del pintor sevillano, resumida en la sabia degradación de los tonos, el uso magistral del gris plata como color de intersecciones y las pinceladas sueltas y distantes. Por ello, no es extraño el atributo de pre-impresionista que desde siempre se le ha otorgado a Velázquez. Esa idea obsesiva de plasmar la veracidad tal y como se nos presenta provoca un perfeccionamiento técnico que induce a pintar la realidad en su máxima expresión, como lo es la rueda en movimiento del cuadro de Las Hilanderas. De ahí al impresionismo, en lógica consecuencia, sólo resta un paso.

 Las excepcionales dotes pictóricas de Velázquez se reflejan de manera inequívoca en su faceta de retratista. Como pintor real, nombrado en 1623, Velázquez tuvo la oportunidad de realizar diversos encargos regios con la plena seguridad económica del cargo, lo que conllevó que el artista pudiese trabajar sin ningún tipo de inquietud personal en ese aspecto. Pero Velázquez no se limita tan solo a pintar a los nobles personajes de la corte sino que también se interesa por los seres que ocupaban el escalafón más bajo en la sociedad de su tiempo, enanos, bufones, figuras deformes, a quienes retrata con un profundo respeto y comprensión. Es aquí donde se plasma la extraordinaria y penetrante percepción psicológica que supo tener el maestro a la hora de elaborar cualquier retrato. Pese al carácter de instantáneo que define muchas de sus obras y de lo que podría derivarse como una cierta frialdad a la hora de abordar un retrato, Velázquez se nos presenta como un retratista sensible, capaz de halagar tanto a las personas de pompa como a los pobres enanos, a quienes pinta con el objeto de que el espectador se encariñe de ellos.

 Por encargo del monarca Felipe IV, Velázquez realiza un nuevo viaje a Italia a comienzos de 1649 con el objeto de adquirir diversas obras artísticas con destino a los palacios reales. Fue en Roma donde Velázquez llevó a cabo uno de sus mejores retratos, sino el mejor, y una de las obras cumbres en este género de toda la historia universal de la pintura, el Retrato del Papa Inocencio X, un cuadro de majestuosa veracidad, tanta que el propio Papa exclamó nada más contemplar la obra definitiva: ¡Demasiado real!. Lo primero que se aprecia en este incomparable cuadro es la influencia y admiración velazqueña hacia Tiziano, cuya esencia elaborativa parece flotar en el lienzo, sobre todo en la precisa armonización de los tonos rojos. La pincelada suelta resuelve de manera prodigiosa toda la gama de rojos existentes tanto en el bonete como en el mantelete papal. El contraste con el roquete blanco es atrevido pero de un detallismo técnico insuperable, siendo extraordinariamente bien conducido por la posición de la mano derecha papal, que hace de improvisado e ingenioso puente entre las dos masas cromáticas. Pero la joya de este cuadro reside en el rostro del retratado, donde Velázquez consigue captar magistralmente el alma del Papa. De Inocencio X se ha dicho que era un ser desconfiado por naturaleza y el artista sevillano ha plasmado esa condición anímica con una expresión papal repleta de duda y misterio. Da la impresión de que el Papa, en plena pose, está cuestionando la habilidad del pintor. En muy pocos retratos podemos ver esa tremenda interacción silenciosa entre los ojos y los labios del retratado, quién parece que en cualquier momento se va a levantar enfadado o malhumorado. No es de extrañar, como anteriormente comentamos, que el propio Papa quedase sorprendido ante la veracidad del retrato. Obra inmortal de un artista también inmortal.

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