Cuidado con los collares de los gatos

Ocurrió hace dos domingos y fue uno de los peores momentos que pasado últimamente, que no es poco. Pese a que la noche anterior me había acostado tarde, opté por madrugar un poco para escaparme con la bici y hacer un ligero ejercicio que me viene de perlas si tenemos en cuenta que desde la Noche de Reyes no he vuelto a fumar y que consecuentemente mi peso ha aumentado un tanto. Sonó el despertador a las ocho de la mañana y vi como el día no se prestaba mucho para la práctica ciclista debido a unas más que amenazadoras nubes. Pese a ello, arriesgué y decidí levantarme de la cama, con la intención de probar fortuna. De un tiempo a esta parte, y para evitar en lo posible las correrías nocturnas de mi gato Winston, teniendo en cuenta que otro de los inquilinos de mi morada es un perro caniche que necesita constantes cuidados debido a su precario estado de salud, el minino se ha acostumbrado, no sin ciertas protestas, a dormir en un cuarto de aseo. Al abrir la puerta del referido aseo para lavarme la cara observé una imagen aterradora: El pobre gato estaba encorvado y respirando con notable dificultad. Además, cosa impropia de los felinos, tenía la boca abierta.

 cuidado con los collares de los gatos

Ahí está Winston, tan tranquilo y aún con los restos del collar que finalmente retiré de su cuello

Al verme, el gato comenzó a realizar tremendas cabriolas en un intento desesperado de zafarse de algún objeto que hasta entonces había pasado desapercibido para mí. Sobre la mampara de la ducha, el gato se estiró sobre sus patas traseras y fue ahí cuando caí en la cuenta de lo que le estaba ocurriendo: El collar que adornaba su cuello se le había enganchado en uno de sus dientes y le estaba produciendo una peligrosa asfixia. La primera reacción que tuve fue la de tratar por todos los medios de quitarle el maldito collar, sin ningún éxito y recibiendo, de paso, un zarpazo en mi ya maltrecha mano derecha, sin duda producto de una situación más que embarazosa del animal que en esas circunstancias no conoce amo posible. No os podéis imaginar la impotencia que sentí cuando vi que el gato se volvía a poner de pie y se daba infructuosos cabezazos contra todo aquello que tuviera un ligero borde. Sus maullidos eran desesperadamente amenazadores y no veía forma de controlar la embarazosa situación.

Tan rápido como pude, y sirviéndome de Internet, telefoneé a un veterinario de urgencia quién, tras explicarle atolondradamente el infortunio que le estaba sucediendo a mi gato, me recomendó cortarle a golpe de tijera el collar o, si no había forma de agarrarlo, echarle una toalla encima y salir pitando con él hacia la consulta de guardia. Nada más colgar el teléfono, abrí de nuevo la puerta del servicio y contemplé como el gato se revolcaba desesperado por los suelos de la habitación. No me lo pensé y tomé unas tijeras para terminar ya con esa dantesca imagen. Al volver hecho un manojo de nervio al cuarto de aseo, respiré aliviado al observar que finalmente el gato se había desembarazado por sí mismo de aquel collar y su actitud pasaba por lamerse una de sus patas. Afortunadamente, el animal consiguió quitarse el collar del diente y, pese a seguir llevándolo encima, no le ocasionaba ninguna molestia a la hora de respirar. Ya más tranquilo, le tumbé sobre su barriga y le quité manualmente el collar que casi lo mata.

Esta misma semana puse en conocimiento del veterinario del barrio lo que me había ocurrido con el gato y su respuesta no pudo ser más elocuente: Si decides ponerle un collar al gato, iniciativa nada recomendable para un animal que vive en un entorno urbano, dicho collar ha contar necesariamente con una PARTE ELÁSTICA que impida que el animal se estrangule si se engancha en un obstáculo. Me comentó además que ha conocido muchos casos similares que no siempre terminaron tan felizmente como el mío en particular. Por cierto, al pobre Winston, ya recuperado del todo, le ha quedado una marca blanca alrededor de su cuello que dice mucho acerca del mal trago que tuvo que pasar en aquellos dramáticos instantes. A día de hoy, no parece que le vuelva a crecer el pelo en esa zona en la que, afortunadamente, no se aprecia ningún tipo de erosión o herida alguna. Además, no se queja si le paso la mano por dicha zona.

Al final, y tras el susto que nos dimos Celia y yo, el gato comenzó a hacer lo mismo de siempre: Tragar, corretear, derribar cualquier objeto susceptible de ser derribado y dormir. Ya más tranquilo, me decidí por fin a salir con la bici y a la altura de El Retiro me cayó encima una tempestuosa lluvia. De vuelta precipitada a casa, paré por un 24 horas y le compré unas golosinas en forma de pastel de carne a mi querido Winston. Todavía me quedaba el recuerdo de sus desesperados esfuerzos por zafarse de aquel estúpido collar que a poco se lo lleva de este mundo. El, por el contrario, ya no se acordaba de nada: Cuando vio en mi mano la terrina de carne se puso a acariciarse meloso entre mis piernas acompañándose de unos maullidos más que zalameros. Se lo tragó todo y se tumbó a dormir sobre la cuna que tiene al uso. Al cuarto de hora, adoptó la posición que más le gusta: Panza arriba y con las extremidades encogidas de forma caricaturesca. Si dicen que los gatos tienen siete vidas, a este ya sólo le quedan seis.

O cinco… Teniendo en cuenta aquel suceso que ya relataré con más detalle y que, resumiendo, consistió en que se escapó de mi casa, bajó los seis pisos hasta llegar al portal, salió a la calle tranquilamente sin ser visto por el empleado de la finca y… Cuando ya le dábamos por perdido, me llamó el veterinario de la calle Ayala: –“Leiter, ¿Se puede saber que hacía tu gato dentro de la sucursal del Banco Popular? Me lo ha traído el director en brazos y enseguida he reconocido que era Winston… Tranquilo, aquí está, jugando con todos los animales que tengo en depósito… Pásate cuando quieras a por él pero, por favor, ¡No le vuelvas a mandar a que te haga recados en el banco!”–

Bromas aparte — y juro por mi honor que este hecho fue así de cierto — Tened cuidado con los collares de los gatos. Recordad que, en caso de ponérselos, han de llevar una parte elástica. Mi gato, afortunadamente, lo pudo contar.

Selección de collares para gatos

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