Lisipo fue el último de los grandes escultores clásicos y posiblemente el mejor broncista de su época. Natural de Sicione, siguió la línea de los mejores broncistas y empleó dicho material de una manera casi exclusiva en sus obras. Pero además, Lisipo fue el escultor predilecto de Alejandro y el único que atesoraba el privilegio oficial de esculpir sus retratos. Siguiendo el relato de Plinio, sabemos que Lisipo empezó como obrero metalúrgico ya que no tenía antecedentes artísticos en su familia. Al parecer, en su juventud tomó buena nota de los consejos del pintor Eupompos quien, preguntado por Lisipo acerca de qué maestro debía escoger como modelo, contestó que la verdadera escuela sólo se aprendía estudiando la rica variedad que nos ofrece a diario la vida. Lisipo fue un escultor de un elevado naturalismo y de una constante preocupación por representar las tres dimensiones en sus obras. Muchas de sus figuras pueden contemplarse por varios lados a la vez, extremando las dificultades con temas enrevesados. A su vez, con Lisipo se advierte una reacción contra lo “estrictamente” bello y en consecuencia busca la excitación de lo violento. Con todo, Lisipo es fundamentalmente un genio del eclecticismo: Se inspiró en todo lo que había sido previamente inventado y tomó de los relieves e incluso de la pintura una serie de motivos de composición que la escultura no se había atrevido antes a reproducir.

 No deja de ser una paradoja que entre la inmensa producción de Lisipo — se calcula que de aproximadamente unas 1.500 estatuas — apenas tocase el tema femenino o juvenil. Sin embargo, una de sus obras más conocidas es precisamente el Apoxiómeno, estatua descubierta en Roma en el año 1849. Su título traducido — el que se limpia rascando — hace alusión a un joven corredor que se quita el aceite y el polvo de los brazos con un pequeño instrumento de bronce llamado estrígilo. Lisipo ha representado el momento justo en que el personaje va a cambiar de postura, pasando el peso de la pierna izquierda, en la que se apoya, a la derecha. El atleta extiende los brazos hacia adelante, lo cual implica la obligación de mirarlo de lado para apreciar lo que está haciendo. Con este modelo, Lisipo se aleja completamente de otras estatuas atléticas más antiguas y nos presenta a un joven que pertenece a una sociedad mucho más refinada. El Apoxiómeno no es un hombre de pueblo, ni un vulgar pugilista, ni un tipo ordinario de gimnasta; es, precisamente, un nuevo modelo que sin llegar a la suprema idealización, es entendido de una manera decididamente estética. La cabeza es naturalmente expresiva, apareciendo en la frente una arruga muy acentuada y una sombra en los ojos que tal vez sugieren el pathos de Scopas y la melancolía de Praxíteles. Como muy acertadamente se ha dicho, el Apoxiómeno, con su mirada fija en un punto lejano del horizonte, logra incorporar al propio mármol el aire que le rodea.