Karl Böhm

 El doctor Karl Böhm 

Karl Böhm es un caso paradigmático de hombre de oficio, de profundo conocimiento y experiencia en la artesanía de la dirección orquestal, lo cual, como en cualquier otro trabajo satisfactorio y no alienado, posee una indudable perfección estética. Su figura transmitió rigor y una seriedad que bien podríamos calificar como de “patriarcal”, lo que resultó del todo convincente para una demanda de arte nostálgico que, más que disminuir, crecía. En sus últimos tiempos no sufrió desgaste alguno, al contrario que otras figuras en exceso venerables que continuaron dirigiendo hasta el final de sus vidas. Cuando el doctor Böhm dirigió de forma magistral la Ariadna de Strauss en el Festival de Salzburgo de 1979, dos años antes de fallecer, un oyente anónimo declaró: –“Böhm, simplemente, sigue creciendo…”

 Algo de innata musicalidad debía haber en ese chiquillo que, nacido en la austríaca Graz (Donde se afirma que viven los austríacos más gruñones) el 28 de agosto de 1894, señalaba con el dedo a una banda militar que todas las tardes pasaba bajo los balcones de su casa y a la que gritaba, en una jerga infantil-germánica, con un: –“¡Min, min!”– expresión que sólo su madre pudo adivinar que significaba Musik. Obligado por su padre, concluyó satisfactoriamente sus estudios de derecho con el grado de doctor. Pero Böhm nunca dejó de lado su pasión musical y en 1917 debutó como director en su ciudad natal. Cuatro años más tarde, Bruno Walter, quien ejerció una influencia considerable en el joven Böhm, le contrata para la Ópera del Estado de Baviera en Munich. Allí se gana el respeto de los profesores de la orquesta en el primer ensayo de su primera obra, Der Freischütz de Von Weber, al preguntar por qué no sonaban los clarinetes en el primer compás, asimismo, de la obertura. Tras muchas investigaciones, Böhm descubrió que en las particellas de los profesores, desgastadas y manchadas de aceite de lámpara, se habían borrado esas indicaciones. Mandó que le trajeran la partitura oficial de la obra en la que, efectivamente, ahí debían sonar dos clarinetes. Otra cosa no, pero el joven Böhm era un meticuloso estudiante a más no poder. De Munich pasó a Darmstadt (1927-1931), en donde adopta un serio compromiso con la música de su tiempo. Tras pasar posteriormente dos años en Hamburgo, Böhm recala en la Ópera de Dresde para suceder a un Fritz Busch que había sido expulsado por los nazis. Este importante puesto no se debió a la avidez de un activista nazi, sino que más bien fue una de las muchas oportunidades en que la ambición aria se aprovechó dócilmente de las destituciones de competidores judíos, socialistas o “bolcheviques culturales”. Es curioso que en un libro autobiográfico — Ich erinnere mich ganz genau (Me acuerdo muy bien) — el doctor Böhm no recuerde “tan bien” las circunstancias relacionadas con la toma de posesión de ese cargo. Durante los años de guerra, Böhm nunca pareció desmarcarse de las políticas nazis, aunque logró ser exculpado de toda culpabilidad posterior en 1947 merced a que proporcionó escondite a un industrial judío y a unas deliciosas declaraciones de su mujer, quien alegó que en una foto en donde se contemplaba a Böhm luciendo una insignia nazi, tal indecoroso broche no era sino la punta de un bolígrafo que le habían regalado instantes previos a la toma fotográfica… De cualquier manera, al matrimonio Böhm le ofrecieron instalarse en Suiza definitivamente en 1944 y ambos barruntaron tal posibilidad; pero las autoridades nazis le recordaron que su familia seguía viviendo en Graz, en lo que puede considerarse como más que una velada amenaza.

 Pese a que en 1943 Böhm ya había sido nombrado director de la Ópera de Viena — efímera alegría que acabó un año después con la destrucción del edificio a consecuencia de un bombardeo — también fue del todo efímera su segunda etapa (1954-1956). El doctor Böhm no tuvo una especial habilidad diplomática en Viena y se dedicó paralelamente a realizar una febril actividad mundial como director. El público vienés se lo recordó con una sonora bronca — las malas lenguas sitúan a Von Karajan (Quien ambicionaba el cargo) entre bastidores — durante una representación de Fidelio en 1956, acto que provocó la inmediata dimisión de un azorado Böhm, quien aprovechó la coyuntura para dirigir con asiduidad en el Metropolitan neoyorquino y a diversas orquestas del Nuevo Continente en  calidad de director invitado. (No os perdáis la cara del flautista canadiense en este enlace, casi al final, y en este otro. Está a punto de mandar al doctor Böhm a la m… Aún así, en el vídeo se aprecia el obsesivo detallismo germánico de Böhm durante el ensayo. ¡No os perdáis estos vídeos si queréis saber qué es un director de orquesta!)

  Con la progresiva gloria de la edad, el doctor Böhm restringió su colaboración a formaciones orquestales que cumplieran las exigencias que para él habrían de tener las orquestas excepcionales. Esto, sin embargo, no significó que jamás estuviese totalmente satisfecho con algún colectivo de músicos (Filarmónica de Berlín) o con algún colega de viperina lengua (Celibidache dijo que Böhm era como un saco de patatas dirigiendo a Mozart). “Sus orquestas” fueron, por este orden, la Filarmónica de Viena y la Staatskapelle Dresden, con quien mantuvo una relación más que cordial pese a todas las leyendas póstumas que atribuían a Böhm un carácter poco menos que de impenitente gruñón. Algo de cierto hubo, sin duda, pero tal hipotético exceso de mal genio y de eterno cabreo en Böhm no hubieran sido compatibles para mantenerse como la admirada autoridad que fue para los profesores de todas las orquestas a las que hubo de dirigir y los solistas y cantantes con quienes hubo de colaborar. Con ocasión de su última actuación en Salzburgo en 1980, ensombrecida por la enfermedad, la orquesta ayudó al director prestándole una excepcional atención. En marzo de 1981, durante una representación de Elektra de Strauss, el doctor Böhm sufrió un colapso que le impulsó a considerar el término de su actividad operística y de conciertos, quedándose tan sólo para la producción discográfica. Únicamente deseaba realizar un último concierto en el Festival de Salzburgo en agosto del siguiente año. En el programa figuraban la Inacabada y la Novena de Schubert. No fue posible. Pocos días antes de su octogésimo séptimo cumpleaños, el 14 de agosto de 1981, falleció en Salzburgo. El destino quiso que la fecha del aniversario de su muerte coincidiera, quince años después, con la de Celibidache. Dicen que, en los cielos musicales, Böhm aún le niega el saludo al rumano…

 Karl Böhm fue un director cuyo espíritu interpretativo, examinado a menudo, reflejaba un remanente de contrastada competencia y saber hacer que había adquirido a lo largo de 65 años como director de orquesta. Nunca fue dado a impulsos intelectuales y especulativos; por el contrario, Böhm se circunscribió en el tradicionalismo y confianza austro-católica de expresión que le había sido legada. Sus maneras no llegaron a anquilosarse en la imagen de un típico guardián de antiguos tesoros musicales, como fue el caso de talentos menos valiosos de su generación. La universal capacidad musical del doctor Böhm le predestinó para el moderno y tecnocrático mundo de la música, de igual modo que su laboriosidad. Se mostró como un músico polifacético si bien con preferencias inequívocas: Mozart, Richard Strauss y, sobre todo, Schubert. La música moderna no desempeñó un gran papel en el Böhm anciano, únicamente seguidor de las dos óperas de Alban Berg (Lulú y Wozzeck). En ocasiones, en sus programas aparecía la sinfonía Matías el pintor, de Hindemith; Schönberg le fue del todo ajeno; Beethoven fue su piedra filosofal y Bruckner su oscuro objeto de deseo. Nunca pudo abrirse al universo mahleriano debido, según sus propias palabras, a que dicho compositor fue prohibido en tiempos del Tercer Reich y a que, más tarde, una enfermedad de sus ojos le impidió el estudio de sus partituras… Su Mozart, hoy injustamente denostado por ciertos “profetas e iluminados” de lo moderno, fue referencia absoluta durante casi medio siglo. Hoy en día, mucha gente no conocería a Mozart de no ser por el oficio del doctor Böhm. Fuera de su irregular pero concienzuda integral sinfónica grabada con la Filarmónica de Berlín, los últimos registros sonoros realizados con “su” Wiener Philharmoniker de las sinfonías del mejor compositor de la historia provocan el orgasmo metafísico.  –” ¡Me van a enseñar a mí a dirigir a Mozart! “– Dicen que refunfuña por los bulevares celestes ante la atónita mirada de Celibidache y la de Dios (Perdón, quise decir de la Von Karajan) cuando le ven caminar del brazo de un sonriente Mozart. Con todo, Böhm nunca tuvo un estilo mozartiano uniforme; su sensibilidad para las proporciones claras triunfó también para las representaciones de las óperas de Mozart, justamente consideradas como ejemplares. Sorpresivas fueron sus actuaciones en Bayreuth en la década de los años sesenta, con un modo ligero y fluido de interpretar a Wagner, poco patético y muy vigoroso, en sintonía con la labor de aligeración que había propugnado Wieland Wagner. Empero, para muchos especialistas, cuando el doctor Böhm lograba quebrar la perfección del artesano, irrumpían versiones de insospechadas dimensiones…

 Dentro del extenso legado discográfico que nos brindó Karl Böhm podemos destacar las siguientes referencias: (Advertimos que algunos enlaces no se corresponden necesariamente con la versión citada, aunque sí con la obra): La integral sinfónica de Beethoven con la Orquesta Filarmónica de Viena (DG), con referencia especial a una sublime Novena, de referencia absoluta; el Concierto para piano nº5 de Beethoven, interpretado por Maurizio Pollini y dirigiendo a la Filarmónica de Viena (DG); Wozzeck de Alban Berg, interpretada por Fischer-Dieskau, Lear, Melcher y Wunderlich, y dirigiendo la Orquesta y Coro de la Ópera de Berlín (DG); la integral sinfónica de Brahms dirigiendo a la Filarmónica de Viena (DG); la Edición completa de las Sinfonías de Mozart con la Filarmónica de Berlín (DG); algunas Sinfonías de Mozart con la Filarmónica de Viena (DG); (Mucho mejor ejecutadas que en la versión precedente); el Concierto para clarinete de Mozart, interpretado por Alfred Prinz y dirigiendo a la Filarmónica de Viena (DG); Las bodas de Fígaro de Mozart, interpretada por Fischer-Dieskau, Janowitz, Mathis y Prey, y dirigiendo la Orquesta y Coro de la Ópera de Berlín (DG); La flauta mágica de Mozart, interpretada por Lear, Wunderlich, Fischer-Dieskau y Peters, y dirigiendo el Coro RIAS y la Orquesta Filarmónica de Berlín (DG); El rapto del serrallo de Mozart, interpretado por Auger, Grist, Schreier y Moll, y dirigiendo el Coro de la Radio de Leipzig y la Orquesta Estatal de Dresde (DG); la integral de las Sinfonías de Schubert dirigiendo a la Filarmónica de Berlín (DG); Salomé de Richard Strauss, interpretada por Jones, Fischer-Dieskau, Dunn y Casilly, y dirigiendo a la Orquesta de la Ópera de Hamburgo (DG); los Poemas sinfónicos de Richard Strauss con la Filarmónica de Berlín (DG); El anillo del nibelungo (La Tetralogía) de Richard Wagner, interpretada por Adam, Windgassen, Talvela, Silja, Nilsson, Rysanek, King, Böhme y Greindl, y dirigiendo el Coro y Orquesta del Festival de Bayreuth (PHILIPS); y, finalmente, Tristán e Isolda de Richard Wagner, interpretada por Nilsson, Windgassen, Ludwig y Talvela, y dirigiendo al Coro y Orquesta del Festival de Bayreuth (DG). Nuestro humilde homenaje a este sin par director.