bela-bartok

* Nacido el 25 de marzo de 1881 en Nagyszentmitklós, aldea húngara hoy incorporada a Rumanía
* Fallecido el 26 de septiembre de 1945 en Nueva York

 Su padre, director de una escuela agrícola, tocaba el violoncelo en una pequeña orquesta de aficionados, mientras que a su madre no se le daba del todo mal el piano. En este ambiente, donde la música tenía una inestimable importancia, desarrolló Bartók su infancia hasta que en 1888, de manera repentina, fallece su padre. Esta circunstancia parece ser que influyó enormemente en el carácter sensible e introvertido que siempre mostró Bartók a lo largo de su vida. Tras residir dos años en Nagyvárad — la actual Oradea rumana — y otros dos en Nagyszöllös, a finales de 1893 la familia se instala definitivamente en Poszony — la actual Bratislava, capital de de Eslovaquia. Allí recibió clases de piano y armonía y sus progresos fueron tales que, a instancias de Ernö von Dohnányi, se inscribe en 1899 en el Conservatorio de Budapest. En tan sólo dos años, Bartók consigue el prestigioso Premio Liszt de piano y pronto empieza a impartir clases como profesor de piano y de teoría de la música.

 En 1902 compone su primera obra conocida, un Scherzo, y al año siguiente el poema sinfónico de carácter nacionalista Kossuth. Ya Bartók daba muestras de un más que notable interés por la música húngara frente a la tradicional superioridad germánica. Quizás fue ese el motivo por el que descartó Viena para perfeccionar su carrera de instrumentista y decidió seguir en Budapest, aunque dio algunos conciertos en Berlín y Viena, donde bordó el Emperador de Beethoven. Pero fue en 1904 cuando la vida artística de Bartók da un giro completo al entrar por primera vez en contacto con la música campesina húngara. Al año siguiente realiza una serie de investigaciones entre los sorprendidos campesinos quienes no acertaban a entender qué pintaba allí ese joven tan interesado por sus cánticos y danzas. También en ese mismo año, 1905, opta en París al prestigioso Premio Rubinstein que finalmente logró el mítico Wilhelm Backhaus, decepción que se vio contrarrestada por lo mucho que aprendió en los círculos artísticos parisinos. En 1906, junto con Zoltan Kodály y fruto de su “trabajo de campo”, publica las Veinte Canciones Campesinas Húngaras que, aunque fueron bien acogidas por una minoría de músicos, no fueron comprendidas por un público burgués e ilustrado que apoyara y facilitara la creación de un arte nacional húngaro. Aún así, tanto Bartók como Kodály ingresan en 1907 en la Academia de Budapest y ponen en marcha una escuela nacional que sobrevivió incluso a las graves convulsiones políticas vividas en Hungría durante los años treinta y cuarenta. También le dio tiempo a enamorarse de una violinista, Stefi Greyer, a la que dedicó un juvenil Concierto para violín.

 Aquel fugaz amor fue reemplazado por el de una alumna de la Academia, la pianista Marta Ziegler, de quién tanto se apasionó que no dudó en casarse con ella — la chica sólo tenía 16 años — en 1909. Recién casado, vuelve a París donde toma contacto con la música de Debussy, circunstancia que reorientará sus iniciales postulados estéticos, aunque fracasa en su intento de entrevistarse con el excepcional músico francés (Bartók era desesperadamente tímido). En 1910 nace su primer hijo y estrena su Cuarteto, Op. 7, que provoca la hostilidad de su paisano público aunque contrariamente es muy bien acogido en Viena y Berlín. Tal vez por ese rechazo, Bartók se propuso intensificar sus investigaciones folklóricas y ampliar sus conocimientos musicológicos. No conforme con eso, en 1913 realiza un viaje por África del Norte que le reporta excepcionales descubrimientos. Un año después, en plena vena creativa, comienza a tomar cuerpo el tríptico formado por El Castillo de Barba Azul, El Príncipe de Madera y El Mandarín Maravilloso, además de su Cuarteto nº2 y numerosa obra pianística y vocal de raíz popular.

 El fin de la Primera Guerra Mundial, en 1917, supone el desmantelamiento del Imperio Austrohúngaro y la independencia formal de Hungría, aunque, como parte de la Doble Monarquía, fue considerada responsable del conflicto y obligada, por el Tratado de Trianon (1920), a dolorosas cesiones que la truncaron como pueblo y como territorio. Por increíble que pueda parecer, a Bartók le acusaron de pro-rumano por sus colecciones de música popular… En 1923, Bartók rompe con su primera y jovencísima esposa y se casa en segundas nupcias con Ditta Pásztory — No confundir con nuestra españolísima Niña Pastori — quién en 1924 le otorga un hijo varón. Esta segunda mitad de los años veinte se caracteriza por la composición de numerosas creaciones para piano y de cámara (Cuartetos nº 3 y 4, Concierto nº1 para piano, Suite de Danzas). Ya en 1930 publica su última Colección de Canciones Húngaras y en 1931 concluye su magnífico Concierto nº2 para piano. También por estas fechas realiza una exitosa gira por la Unión Soviética.

 Hungría fue un país completamente convulsionado durante la década de los años treinta. Fracasados los experimentos comunistas de Béla Kun en la década anterior, le llegaba ahora el turno a un conglomerado ideológico filonazi que logra hacer cuerpo entre la población por s promesa de revisar el humillante Tratado de Trianon. Muchos intelectuales, entre los que se encontraba Bartók, denunciaron que la tan ansiada independencia húngara fuese tan sólo una fugaz quimera para ir a caer en manos de un germanismo excluyente y totalitario. La implantación del nacionalsocialismo en Alemania y el Anschluss austríaco le llevaron a romper a Bartók toda relación artística con estos países. (En este punto, no quisiera dejar pasar por alto que algunas de las biografías consultadas sobre Bartók olvidan mencionar la más que contrastada y comprometida colaboración del artista con el régimen comunista de Béla Kun en la década de los años veinte). Bartok incluso rompe también con su editorial vienesa de toda la vida, Universal, y se pasa a la británica Boosey & Hawkes. En esta década de los treinta, encontramos quizás al mejor Bartók en su faceta de compositor: de 1936 data su magistral Música para cuerdas, percusión y celesta; de 1937, su Sonata para dos pianos y percusión; y de 1939, su Cuarteto nº6 y su Divertimento para orquesta de cuerda. Pero quizás su mayor logro fue la composición de su Concierto para violín nº2 a petición del virtuoso Zoltán Székely, posiblemente el mejor concierto para violín escrito en todo el siglo XX.

 En diciembre de 1939 fallece su madre y, por consiguiente, el único vínculo que ya le retenía en Europa. En 1940 inicia una gira de conciertos por los EEUU y tras el regreso su esposa Ditta y él ofrecen un concierto de despedida el 8 de octubre de 1940 en la Academia de Música de Budapest. Luego de no pocas peripecias, la pareja llega por fin a Nueva York el 20 de octubre. Es esta una época en la que se produce un vacío compositivo en el artista húngaro condicionado, si cabe, por la precipitación de tantos y tantos acontecimientos y por el contraste de enfrentarse a un mundo tan diferente al de su Centroeuropa natal. Pese a que al principio las circunstancias le fueron propicias — fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Columbia — los problemas económicos no tardaron en aparecer. Además, el público norteamericano no supo entender los complicados manejos compositivos del músico húngaro. Aún así, y por encargo de Koussevitzki, estrena en 1943 su Concierto para Orquesta, obra que, sin ser lo mejor de su producción, le consagra definitivamente ante la crítica estadounidense.

 Sin embargo, pese a que las perspectivas parecían aclararse en Europa a partir de 1944, una penosa enfermedad empezó a minar la salud del músico. No logra terminar del todo tanto su Concierto nº3 para piano como su Concierto para viola. Desgraciadamente, cuando la guerra había concluido y se había reanudado el contacto con muchos amigos aislados en Hungría, el compositor fallece el 26 de septiembre de 1945 en Nueva York. Sus restos mortales fueron depositados en el cementerio de Fern Cliff.

 Frente a otros músicos entusiastas — Brahms y Liszt — que en épocas anteriores tomaron las melodías populares húngaras para adaptarlas al ritmo y armonía de su música, Bartók dejó todo tal y como lo encontró. Las escalas, a oídos de los músicos del conservatorio, suenan abruptas y grotescas; los ritmos siguen las pautas irregulares de las danzas autóctonas y los acompañamientos son tonos monocordes o notas repetidamente percutidas. En vida, recibió no pocas críticas por la incomprensión de su música: Percy Scholes escribió en 1925 en The Oxford Companion to Music que “un recital de Bartók le causó el mismo sufrimiento comparable a la visita a un dentista”. Por su parte, en 1928, el Boston Christian Science Monitor afirmó que “Bartók ha transformado una gran orquesta en una mandolina, buscando la belleza a base de martillos y garrotes”. Pero la fuerza de Bartók reside, a semejanza con Beethoven, en que sabía exactamente lo que quería hacer y además lo hizo, pese a las opiniones contrarias. Desde su muerte, su música forma parte del repertorio habitual y hoy en día figura entre los compositores más grandes de su época. Además, su labor recopiladora de música tradicional húngara forma parte por derecho propio de uno de los legados más extraordinarios que nos ha aportado la ciencia de la musicología.

OBRAS

– Una Ópera, El Castillo de Barba Azul
– 2 Ballets: El Mandarín Maravilloso y El Príncipe de Madera
– 3 Conciertos para piano, destacando el nº2
– 2 Conciertos para violín, destacando el nº2
– 2 Rapsodias para violín y orquesta
– Diversas obras orquestales, destacando el Concierto para Orquesta, Música para cuerdas, percusión y celesta y Suite de Danzas
6 Cuartetos de cuerda
– 2 Sonatas para violín y piano y otras obras de cámara
Sonata para piano
Mikrokosmos (6 libros de enseñanza progresiva del piano, fundamental para el aprendizaje)
– Otras obras para piano
– 70 arreglos de Canciones Populares y Canciones originales para voz y coro
Cantata profana para barítono, coro y orquesta