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En el enlace al vídeo que aquí os dejo podemos contemplar la antológica interpretación de Dame Janet Baker del famoso recitativo y aria Thy hand Belinda… When I am laid in earth, correspondiente a la ópera Dido y Eneas, en una representación habida en 1966 en el Festival de Glyndebourne bajo la dirección del australiano Charles Mackerras. Tanto el recitativo como el aria constituyen un fragmento memorable de la más pura y simple expresión de dolor en la historia de la música occidental y representa la tristeza de Dido, dispuesto a suicidarse después de que Eneas le haya abandonado. Esta pieza fue compuesta por Henry Purcell en 1689 y tiene tal carácter emotivo y profundo que conecta directamente con la reforma que Gluck hizo de la ópera… ¡Un siglo más tarde!

 El género de la ópera, tal y como hoy la conocemos, arrancó en 1600 con el estreno de Euridice, obra debida a Jacopo Peri y posteriormente retocada por Giulio Caccini sobre un texto de Ottavio Rinuccini. La obra se interpretó el 6 de octubre de 1600 en Florencia con ocasión de la boda de María de Médicis y Enrique IV de Francia. Característico de aquellas primeras óperas era el recitativo — que no debe ser confundido con el posterior parlando napolitano — y que sigue minuciosamente el texto acompañado por el bajo continuo. No sólo en Florencia surgieron “óperas”, sino también Roma, Bolognia, Turín y sobre todo en Mantua, donde un genial Claudio Monteverdi compone la primera ópera que ha pasado a formar parte de la historia y cuya influencia posterior has sido del todo decisiva, L´Orfeo, estrenada en 1607. Seis años después de este estreno, Monteverdi se instala definitivamente en Venecia y con ello traslada el epicentro de la producción operística a esta ciudad, donde se estrenan Il ritorno d´Ulisse in Patria y L´incoronazione di Poppea, otras dos obras maestras del mismo autor. Otros dos grandes operistas venecianos fueron Francesco Cavalli y Marco Antonio Cesti.

 En Francia, la ópera auténticamente autóctona comienza con el compositor Robert Cambert y el poeta y libretista Pierre Perrin, aunque la figura más representativa en la segunda mitad del siglo XVII fue un italiano llamado Giovanni Battista Lulli que se nacionalizó posteriormente francés y que es hoy conocido por su asimilado nombre galo, Jean Baptiste Lully. Durante casi un cuarto de siglo, Lully fue el dueño y señor de la música francesa en la corte del Rey Sol y sus óperas Alceste y, sobre todo, Armide, sentaron las bases de la ópera nacional francesa, donde el ballet tenía un papel primordial. Por cierto, Lully es el primer compositor conocido muerto en acto de servicio… Ya hablaremos de esta curiosa y no menos lúgubre anécdota en otra entrada.

 Inglaterra se incorporó tarde al “mundo de la ópera” debido al desinterés que reinaba en aquella nación por la música bajo el gobierno de Cronwell. Tras la restauración de 1660, se establecieron en Inglaterra diferentes compañías italianas que hicieron despertar en el público británico el interés por este incipiente género. El primer compositor inglés de óperas fue John Blow, cuya obra Venus y Adonis, supuso el primer intento de crear una ópera propiamente autóctona. Pero sin lugar a dudas, fue Henry Purcell el músico más importante que dio Inglaterra en toda la segunda mitad del siglo XVII. El padre de Purcell era músico en la corte de Carlos II y tanto sus dos hijos, Henry y Daniel, entraron al servicio real cuando eran muy jóvenes. La ascensión de Henry fue del todo meteórica: A los quince años era afinador de órganos y a los dieciocho “compositor de los violines del rey”. A los veinte, fue nombrado, nada más ni nada menos, que organista de la Abadía de Westminster. Purcell compuso música del tipo adecuado a cada uno de sus nombramientos: Suites y danzas orquestales, música de cámara para el entretenimiento de la corte, odas y piezas para las celebraciones de las ceremonias estatales y otras obras sacras. Pero lo que más le gustaba era el teatro. Dido y Eneas, ópera breve compuesta en 1689 para el internado infantil que en Chelsea dirigía un tal Josias Priest, es completamente distinta a la tediosa combinación de recitativos y arias de las óperas italianas de la época. En esta obra, así como en los numerosos anthems y coros dramáticos que también compuso, se pueden reconocer los cimientos del heroico estilo británico que más tarde, un genial compositor alemán llamado Haendel, llevaría a su más alta perfección. Desgraciadamente, el talento de Purcell se vio interrumpido en 1695, cuando falleció con tan sólo 36 años.

 En 1754, Christoph Willibald Gluck fue nombrado compositor principal del Teatro Imperial de Viena. Allí, con cuatro colegas de ideas similares, fundó un “grupo de reforma operística” que tenía como objetivo aproximar la ópera al estilo de la antigua tragedia griega. En concreto, el grupo quería reducir las arias tipo espectáculo y reducir los recitativos con el fin de obtener un efecto que fuese continuamente dramático en vez de constituir una secuencia de “momentos” con una débil vinculación entre sí. La ópera de Gluck preparó el terreno a los grandes operistas del siglo XIX (Verdi, Wagner, Puccini…) aunque sus propias óperas puedan resultar hoy en día un tanto frías, al estilo de los mitos griegos que eligió para su música. De cualquier manera, Gluck es actualmente reconocido como el primer gran reformador de la ópera, alejándose de la fácil oratoria francesa y, particularmente, de la italiana. Sin embargo, 65 años antes, Henry Purcell había dado, quizás inconscientemente, los primeros pasos y esta impresionante aria que hoy aquí comentamos, When I am lied in earth, es buena prueba de ello. Disfrutadla; es una de las piezas más conmovedoras de toda la historia de la música.