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 Fragmento del Codex Sinaiticus, uno de los más antiguos manuscritos unciales de la Biblia (Siglo IV D.C.)

 La Biblia surgió en un contexto plurilingüe. La cultura mesopotámica nació de la simbiosis de dos lenguas tan dispares como el sumerio y el acadio. De esta manera, casi desde sus primeros momentos, la Biblia fue una obra políglota: La Biblia hebrea contiene partes en arameo; la Biblia cristiana recoge libros escritos en griego o traducidos al griego. También es importante el hecho de que la Biblia se leyera e interpretara desde el primer momento en relación con una segunda lengua. Ya desde la época del exilio babilónico (Siglo VI A.C.) los judíos vivieron en un contexto bilingüe o incluso trilingüe y en consecuencia leían o estudiaban la Biblia con una segunda lengua, el arameo a partir de la época persa o el griego a partir de las etapas helenística o bizantina.

 El mapa lingüístico de Palestina en torno al cambio de era en el momento del nacimiento del cristianismo se caracterizaba por un enorme pluralismo lingüístico. En Jerusalén y en Judea se hablaba preferentemente el hebreo, dejando el arameo como una segunda lengua. El hebreo conoció un particular renacimiento tras la revuelta de los Macabeos (Mediados del siglo II A.C.) y simultáneamente se produjo también otro renacimiento en la literatura hebraica (Eclesiástico, Tobías, Jubileos, escritos de la comunidad de Qumrán…). La acuñación de monedas con inscripciones en hebreo es también una buena prueba de ello. Jesús de Nazaret hablaba posiblemente el arameo en su dialecto galileo pero no cabe descartar que se sirviera también del hebreo e incluso del griego (No hay ningún dato sobre la presencia de traductores durante las conversaciones del Maestro con las autoridades romanas). En la zona costera mediterránea y en Galilea se hablaba con preferencia el arameo, con una cierta preponderancia sobre el griego. En dicha región el hebreo era tan sólo una lengua literaria.

 Las lenguas de la Biblia son el hebreo, el arameo y el griego. Tanto el hebreo como el arameo pertenecen a la familia de las lenguas semíticas que se dividen a su vez en cuatro grupos: 1- Semítico del Noroeste (El cananeo y sus distintas formas: Hebreo, moabita y edomita, por una parte, y ugarítico, fenicio y púnico por otra). 2- Semítico del Norte (Básicamente el arameo subdividido en dos grupos: El Occidental, que incluye tanto el arameo bíblico como la Gemará del Talmud palestino, y el Oriental, constituido por el arameo del Talmud de Babilonia y el siríaco). 3- El Semítico del Este (Fundamentalmente el acadio y sus filiales asirio y babilónico) y 4- El Semítico del Sur (Incluyendo el árabe y el etiópico)

HEBREO: El hebreo es conocido en la Biblia como la lengua de Canaán (Is 19,18) y como judío (Is 36,11). Los grupos de hebreos relacionados con los hapiru de las fuentes egipcias entraron en Canaán a finales del siglo XII A.C. sumándose a otras tribus del futuro Israel que se encontraban allí desde antiguo. Tras la sedentarización, todos estos grupos comenzaron a hablar el hebreo, lengua cuyo alfabeto consta de 22 caracteres que se corresponden en su totalidad con las letras consonantes. En un primer período, durante los años 900-600 A.C., la ortografía hebrea tendía a representar gráficamente sólo las consonantes. Hasta los siglos V y VI de nuestra era, el hebreo no comenzó a disponer de un sistema de escritura dotado de vocales, indicándose las mismas mediante puntos y trazos diversos y no mediante letras como en las lenguas occidentales. Esta estructura consonántica de la lengua hebrea daba lugar a una inevitable duplicidad de sentidos en numerosos textos legales y narrativos por lo que se hizo necesario el ejercicio del deras o interpretación conforme a los métodos de la hermenéutica rabínica. Otra dificultad añadida que presenta el hebreo son los llamados tiempos del verbo que en realidad no designan el tiempo de la acción sino el carácter concluso o inconcluso de la misma. De esta manera, el lector debe deducir contextualmente si el verbo se refiere a tiempo pasado, presente o futuro.

 En sus orígenes, el hebreo disponía de terminaciones específicas para indicar el caso de los nombres. Sin embargo, y a semejanza de las lenguas romances derivadas del latín, los casos terminaron por desaparecer y las relaciones de dependencia entre palabras pasaron a ser expresadas mediante el orden de las mismas y la utilización de partículas. Esta pérdida del caso en el hebreo determinó el paso de una lengua sintética a otra analítica. Aún así, el hebreo conserva el caso genitivo, también llamado constructo. Pero el hebreo es una lengua relativamente pobre en adjetivos, careciendo de formas específicas para expresar el comparativo y el superlativo. La sintaxis prefiere la parataxis a la hipotaxis (Completa subordinación de frases, elemento característico del griego y el latín), lo que confiere a sus narraciones un estilo popular y sencillo, frecuentemente aliñadas con expresiones arcaicas en los desarrollos poéticos. En cuanto a la lexicografía, el hebreo tomó numerosos préstamos de las lenguas vecinas (Egipcio, hitita, hurrita, frigio y lidio) y de la rama del Semítico Oriental (Asirio y babilónico). En lo relativo a las lenguas no semitas, el hebreo adquirió préstamos del persa. (Hoy en día parece demostrado que del griego adquirió préstamos léxicos mediante su traducción al persa)

 El concepto de hebreo bíblico no deja de ser una ficción: Los textos bíblicos reflejan más de un milenio de desarrollo lingüístico por lo que no pueden menos de reproducir hebreos diferentes, incorporando además diversos dialectos. La formación de las colecciones de libros bíblicos, así como la transmisión, traducción e interpretación del texto de los mismos se llevó a cabo a lo largo de los siglos, a los que correspondió el uso del hebreo clásico y del hebreo de Qumrán. Pero durante la época helenística y romana, el hebreo clásico sobrevivió no sólo como lengua hablada sino también como lengua escrita, fuera incluso del ámbito de la sinagoga, como así lo demuestran los documentos hallados en Qumrán. Posteriormente, el llamado hebreo misnaico se inscribe en la evolución lingüística de la lengua hebrea clásica con características propias que lo constituyen como una verdadera lengua literaria. El texto de la Misná presenta mayores diferencias con respecto al hebreo clásico que con el propio arameo. Durante la Edad Media, junto a composiciones escritas en un hebreo un tanto artificioso y alejado de la lengua viva, se encuentran escritos en prosa y poesía de un estilo muy elegante, comparable al de los textos bíblicos, aunque inevitablemente influenciado por los modelos árabes. En los siglos XIX y XX el hebreo experimentó un renacimiento pese a que en realidad nunca había caído por completo en un estado de total abandono. Prácticamente, todo el texto bíblico correspondiente a lo que los cristianos conocen como Antiguo Testamento se redactó originalmente en hebreo, a excepción de unos pasajes de Esdrás, Daniel y Jeremías.

ARAMEO: A partir de la época del exilio de Babilonia (Siglo VI A.C.) el arameo, que ya por entonces era la lengua internacional de las cancillerías orientales, comenzó a suplantar al hebreo como lengua de uso corriente entre los judíos. Las inscripciones más antiguas que se conocen del arameo proceden del siglo IX A.C. Posteriormente, el arameo se convirtió en la lengua oficial de los imperios asirio, neobabilónico y persa. Con las conquistas de Alejandro Magno, el griego trató de desplazar al arameo como lengua internacional aunque el uso de este último conoció el período de mayor difusión en Oriente.

 Tres son los períodos sucesivos los que conoció la lengua aramea a lo largo de la historia: 1- El Período Antiguo, que se corresponde con las inscripciones de Zinjirli escritas en un dialecto arcaico de características occidentales. El arameo imperial era el utilizado por las poblaciones de las regiones occidentales que fueron absorbidas por el imperio asirio. Las breves inscripciones del texto bíblico escritas en arameo, con la excepción de unos pasajes de Daniel, se corresponden con el arameo imperial. 2 – El Período Medio, correspondiente a la época comprendida entre el 300 A.C. y el 200 D.C. Tras la helenización, el arameo imperial sufrió un proceso de fragmentación en dialectos locales en que pervivió como lengua literaria y de uso en documentos oficiales. En esta lengua literaria están redactados algunos capítulos en arameo del libro de Daniel así como algunos textos encontrados en Qumrán (Tobías, Sueño de Nebónida, Enoc y Melquisedec, Pseudo-Daniel, Génesis Apócrifo, Testamento de Leví, Targum de Levítico y Targum de Job). En esta misma lengua literaria se escribió también el Targum Onqelos del Pentateuco y el Targum Jonatan de Los Profetas. (Se llama Targum a las transcripciones parafraseadas de las Escrituras en lengua aramea). 3 – El Período Reciente se extiende hasta después de la conquista árabe, del 200 al 900 D.C. En esta época el arameo aparece fraccionado en varios dialectos del que el más importante es el llamado grupo occidental que incluye al galileo (Talmud de Jerusalén y Midrashin palestinos) y al cristo-palestinense hablado por los judíos convertidos al cristianismo. El conocimiento del arameo de esta época es fundamental para el estudio de la historia de la transmisión, traducción e interpretación de la Biblia en el mundo oriental palestino y babilónico, ya que por entonces se empezaron a sistematizar las tradiciones de vocalización del texto bíblico por medio de la masora (Cuerpo de notas sobre el texto de la Biblia hebrea)

GRIEGO: En griego están escritos los llamados libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento, esto es, aquellos libros que no forman parte de la Tanak o Biblia hebrea pero que sí aparecen en la Biblia griega (1 y 2 Macabeos, Baruc, Carta de Jeremías, Oración de Azarías — Dan 3, 26-45 — Cántico de los tres jóvenes — Dan 3, 52-90a — Sabiduría, Eclesiástico, 3 y 4 Macabeos, Adiciones a Ester, Tobías, Judit, Susana, Bel y el Dragón). Es preciso puntualizar aquí que el Eclesiástico (Ben Sirá o Sirácida) fue escrito originalmente en hebreo o arameo. También el griego fue la lengua original del Nuevo Testamento aunque hoy parece comúnmente aceptado que muchos de los dichos (Logia) de Jesús se transmitieron por algún tiempo en arameo e incluso en hebreo.

 Ya los escritores de la antigüedad tardía no dejaron de manifestar su aversión por el lenguaje utilizado en la célebre versión bíblica de los LXX y en el Nuevo Testamento, ya que les parecía muy alejado de los cánones del griego clásico. Los grandes apologetas cristianos — Crisóstomo, Agustín, Jerónimo, etc… — trataron de justificar el estilo de los escritores bíblicos, descuidado y tosco, pero sencillo y popular a la vez. Si bien los humanistas del Renacimiento percibieron también la distancia que separa el griego bíblico del de los clásicos, fue durante los siglos XVII y XVIII cuando se desarrolló una agria y no menos famosa polémica entre los hebraístas — quienes atribuían al influjo de la lengua hebrea cualquier desviación del griego bíblico respecto del clásico — y los helenopuristas — quienes no admitían la presencia de hebraísmos y otros barbarismos en las Escrituras. Incluso en el siglo XIX no faltaron quienes, de manera un tanto bondadosa, trataron de explicar las peculiaridades del griego del Nuevo Testamento en virtud del carácter inspirado de esta lengua, que habría sido diseñada para servir de cauce expresivo a la revelación divina.

 El estudio de algunos papiros hallados en Egipto permitió determinar que la lengua de los LXX y del Nuevo Testamento es un reflejo de la koiné o lengua común hablada desde los tiempos de Alejandro Magno hasta finales de la Edad Antigua. Es preciso advertir que la koiné era tanto la lengua vulgar del pueblo como la culta de los escritores de aquella época (Polibio, Estrabón, Filón, Flavio Josefo y Plutarco). Esta lengua conserva la estructura básica del dialecto ático mezclada con elementos jónicos, dóricos y eólicos, y a su vez mezclada con aportaciones de otras lenguas. La consideración del griego bíblico como lengua koiné del período helenístico no debe impedir reconocer las particularidades características de la lengua bíblica griega que no puede ser identificada sin más matices con el griego secular de los papiros y cuyo influjo semítico se advierte no sólo en la presencia de hebraísmos sino también en la lexicografía, semántica y estilística.

 Se ha querido explicar también la peculiaridad del griego bíblico mediante la hipótesis de la existencia de un dialecto “judeo-griego” escrito y hablado por judíos en diversos lugares y épocas. En la actualidad, se tiende a explicar las características propias del griego de los LXX como un fenómeno derivado de la propia traducción, lo que justifica y hace necesario un estudio intenso de las técnicas de traducción empleadas en esta versión. Para definir el griego neotestamentario quizás sea preciso recurrir a una explicación ecléctica que tenga en cuenta factores muy diversos: Los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) y los logia de Jesús reflejan un griego de traducción más literaria que literal. El influjo de los LXX (Sobre todo en el Evangelio de Lucas) es evidente en todo el Nuevo Testamento así como en la utilización de las cartas paulinas de conceptos hebreos como los de justificación o propiciación. Por lo que respecta al Apocalipsis, refleja sobre todo el habla judeo-griega de las sinagogas.

 El estudio científico de la Biblia requiere un conocimiento previo de las lenguas en las que fueron escritos los libros bíblicos: Hebreo, arameo y griego en la versión de los LXX. Pero para un determinado tipo de estudios es preciso también el conocimiento de las lenguas a las que fue traducida la Biblia en los primeros siglos del cristianismo (Latín, siríaco, copto y armenio). Por otra parte, los descubrimientos modernos han rescatado del olvido otras lenguas semíticas con las que el hebreo está emparentado (Acadio, ugarítico, fenicio…) así como lenguas no semíticas que de un modo u otro influyeron en el hebreo y en el arameo. Por ello, y ante todo, el “biblista” ha de ser un verdadero y contrastado políglota.