Pese a los muchos relatos que hemos incluido en esta sección y que tratan de la capacidad que supuestamente tienen ciertas personas para predecir futuros acontecimientos merced a los llamados sueños premonitorios, a mí nunca me ha ocurrido semejante circunstancia y todo lo más a lo que he llegado ha sido el mero y reiterado hecho de soñar con cifras de un décimo de lotería o con combinaciones mágicas de ese otro juego que se llama Lotería Primitiva o Euromillón. Posteriormente, dichas combinaciones no resultaron ser tan afortunadas una vez que fueron llevadas a la práctica en forma de boleto convenientemente sellado y provocaron tanta desilusión como desconcierto, a tenor con el carácter trascendente que quise otorgar a lo que ahora considero una simple rémora onírica. De cualquier manera, siempre que vuelvo a soñar con ese tipo de combinaciones no tardo en acudir a un despacho de Loterías y Apuestas del Estado y no por una cuestión de fe irracional, sino por un temor infundado que puede reflejarse con la manida frase de “A ver si esta vez va a ser que sí”. Pero ya adelanto que de momento, nada de nada. Ojalá algún día pueda escribir una entrada en este mismo medio certificando la veracidad de ese tipo de sueño premonitorio aunque me temo que me voy a quedar con las ganas. Lo que sí me suele ocurrir con relativa frecuencia, y de ello se deriva que en mi mesita de noche siempre tenga a mano papel pautado y un lápiz, es que sueño con música inédita, ya sean simples melodías o fragmentos completamente orquestados. Por más que posteriormente analizo y compruebo no encuentro ningún tipo de afinidad con otras piezas, por lo que llego a la conclusión de que esa música con la que he soñado jamás ha sido anteriormente compuesta. Con los bocetos que tomo nada más despertarme alguna vez he creado alguna pieza ligera de pocas pretensiones, máxime cuando el objeto de mis sueños de música no suele abarcar más que unas cuantas notas repartidas en cinco o seis compases a lo sumo. Bueno, la verdad es que, haciendo memoria, sí es posible que en una ocasión haya podido tener uno de esos sueños premonitorios: Hace ya muchos años, viviendo aún en la casa de mis padres, adopté como mascota a un animalillo de esos que por entonces se habían puesto muy de moda, un hámster. Me vino como anillo al dedo ya que, como el hámster es un roedor de hábitos nocturnos y por aquellos años yo hacía de la noche el día, pude disfrutar durante una temporada de sus cabriolas y desenfrenadas carreras por la conocida como rueda sin fin cuando aterrizaba en casa a las tantas de la madrugada. Una noche soñé con que el bicho se moría; me desperté y observé como mi hámster estaba en una esquina de la jaula, respirando con dificultad y con evidentes síntomas de haberse puesto repentinamente muy enfermo. Sin dudarlo un instante, lo llevé enseguida al veterinario con la esperanza de que el simpático animalillo pudiera ser curado de su enfermedad. Dos señoras se encontraban en la sala de espera con sus respectivos perros, hablando de raras enfermedades caninas, mientras que yo ahí, como un gilipollas, con mi hámster en el interior de una caja de zapatos. No quedó más remedio que sacrificar a Humphrey, que así era como se llamaba el ratoncillo, episodio que me provocó el mayor de los disgustos.

 Tras el paréntesis de septiembre me he vuelto a encontrar con Marian, la funcionaria de Correos que un día sí y otro también se encarga de traerme a mi domicilio las numerosas cartas certificadas que, por múltiples razones, recibo. Marian ha sido mi mejor “fichaje” personal de este año: Hemos conectado a las mil maravillas y nos hemos hecho muy amigos. Marian es un torbellino de alegría y vivacidad que a uno termina por conquistarle aunque su mayor virtud es que es una bellísima y noble persona, pese a que ella siempre niega tal aseveración. Ciertamente, en septiembre nos hemos comunicado alguna que otra noche vía Messenger, como aquella en que estuvimos chateando hasta las dos de la mañana, entre enormes risotadas que llamaron la atención tanto de Celia como de la universitaria hija de Marian, respectivamente en cada domicilio. Normal: Terminamos, como en muchas otras veces, hablando de sexo pero en esta ocasión con tal grado de graciosas ocurrencias que hacía tiempo que no me reía tanto sentado frente a la pantalla de un ordenador. Obviamente, he de aclarar que todo bajo un clima desenfadado y humorístico, no sea que alguien se piense cosas que no son tales. La otra mañana observé como Marian parecía estar bastante nerviosa y alterada, mucho más de lo que en ella suele ser habitual. Lo achaqué a su excesivo volumen de trabajo pero pronto Marian me sacó de dudas:  — “¡Vaya pesadilla que he tenido esta noche, Leiter! Cuando por fin me he despertado estaba tan asustada que luego me ha sido imposible poder reconciliar el sueño.” –-. No hizo falta que animara a Marian para que prosiguiera con su relato; en este tipo de situaciones se dispara sola: — “Verás, Leiter; resulta que estaba corriendo con mi hija pequeña en brazos a través de un campo. Huíamos junto con otras personas de un enorme monstruo que nos estaba persiguiendo. De pronto noté como un chico me sujetaba para luego empujarme, haciéndome caer a una especie de cuneta con mi hija. (Perdona, es para que no te capture el monstruo) me dijo. El caso fue que me incorporé con mi hija de nuevo en brazos y seguí corriendo por el campo hasta que caí en la cuenta de que mi hija estaba como inconsciente. Me paré y observé como la pobre estaba sangrando por el cuello. Tenía un profundo corte y estaba muerta. Sin duda, aquel tipo que nos empujó anteriormente la había matado. En esto, llega otro hombre y me pregunta qué es lo que le ha pasado a mi hija. Entonces, veo como a este hombre le va creciendo poco a poco una cola… ¡Qué no, Leiter! ¡Siempre pensando en lo mismo!… ¡Una cola como de lagarto!, donde terminaba su espalda, ya me entiendes. Saqué un cuchillo y comencé a apuñalar con toda mi rabia a ese otro monstruo… Cuando me desperté, me levanté como un resorte para ver a mi hija en su habitación. Estaba la pobre durmiendo y me tranquilicé al verla respirar… ” –. Por la forma en que Marian me narró esta pesadilla era obvio que había pasado un muy mal trago con tan enigmático sueño. Traté en todo momento de guardar la compostura ante el acelerado relato de Marian pero me fui quedando perplejo al ir conociendo el desarrollo argumental de su pesadilla, no por su contenido en sí, ni mucho menos. No me lo podía creer y pensé que todo se debía a una de esas situaciones que definimos como casualidad cuando no queremos buscar un razonamiento alternativo mucho más adecuado: Yo también había tenido una extraña pesadilla aquella noche…

 Me encontraba de madrugada en la vieja casa de mis padres, concretamente en la cocina, cuya ventana da a un espacioso patio interior. De repente, vi como empezaban a llover del cielo unas esferas muy brillantes de color amarillo que al impactar con el suelo producían una tremenda explosión sonora acompañada de destellos rojos. Pese a que era de noche, aprecié unos enormes nubarrones que cruzaban el cielo a velocidad vertiginosa, sin percibir una sola brizna de viento. Asustado, bajé por las escaleras del edificio con grandes dificultades como consecuencia de una extraña parálisis que repentinamente empezó a afectar a mis piernas. Ya en la calle, intenté correr pero la referida parálisis me lo impedía. Observaba aterrorizado como aquellas bolas luminosas caían al suelo muy cerca de donde yo me encontraba y el ruido provocado por el impacto era cada vez más ensordecedor. Miré a mi alrededor en la búsqueda de otras personas pero no vi a nadie, la calle estaba desierta y vacía… Mas, en un visto y no visto, contemplé a Marian paseando tranquilamente con su carro de Correos. — ¿Qué hace esta mujer a estas horas aquí y con la que está cayendo? — Pensé. Me fui hacia ella y la llamé pero, al ir a gritar su nombre en medio del espantoso ruido, me quedé como afónico. No podía gritar por más que lo intentaba, algo me lo estaba impidiendo. Recuerdo que ese fue el momento de máxima ansiedad en el transcurso de mi retorcida pesadilla. Observé como las esferas caían al lado de Marian y ella no parecía inmutarse de nada. Estaba tirando del carro y como haciendo que leía algo que portaba su otra mano. A continuación, ocurrió algo aún más insólito, si cabe: Marian levantó la vista y me miró. Dejó su carro y se vino corriendo hacia mí. Sonreía. En ese preciso instante dejé de escuchar sonido o ruido alguno. Marian se dispuso a abrazarme y de pronto sentí una hiriente punzada en mi espalda (Juro que me llegó a doler en pleno sueño). Marian se desembarazó por sorpresa de mí, me empujó y me empezó a mirar con un rictus de odio. Vi como sacaba un aparatoso cuchillo de su chaleco para luego venir de nuevo hacia mí gritando: ¡Te tengo que matar! ¡Te tengo que matar!. Traté de zafarme de ella y durante el forcejeo — en el que, extrañamente, me dio por reír — me desperté. Tras unos momentos de confusión, recordando mentalmente la pesadilla, sentí una inmensa alegría al comprobar que aquello tan solo había sido un mal sueño.

 A Marian nunca le he contado esta experiencia porque me hace mucha ilusión que pueda enterarse de la misma leyendo esta página. Sólo quiero añadir un dato: Cuando me desperté el reloj señalaba las 03.33 AM. Me gustaría saber a qué hora exactamente tuvo lugar el paralelo y de algún modo coincidente sueño de Marian. Es por simple curiosidad. ¿Será verdad aquella conjetura que declara la supradimensionalidad del mundo onírico y por ello algunos sueños son coincidentes en lugar y tiempo? Quién sabe…