Me la encuentro, de sopetón, sofocada con evidentes síntomas de repentina alteración a su ya añadida vivacidad. Me cuenta, luchando contra un desobediente mechero, que acaba de subir a un domicilio de la calle Ayala para entregar un certificado pero que, al oír los amenazantes ladridos de un perro tras la puerta, ha desistido en su empeño y no le ha quedado más remedio que rellenar un formulario de aviso y endosarlo en el correspondiente buzón:  — “No soporto los perros” –– Me comenta — “Me dan pánico y, lo peor, me huelen el miedo y se envalentonan conmigo. Hace poco, sino es por el carro que utilicé a modo de escudo, un pastor alemán me hubiera comido y … ” —  — “Pero, ¿Cómo qué te hubiera comido?” — Interrumpí. — “Que sí, Leiter, que si no le hago frente con el carro se me come viva. Tú no sabes, todos los perros me tienen manía; pero sobre todo, los de color negro. Esos van de todas, todas a por mí” —  Intento tranquilizarla, arguyendo que los perros, en general, son dóciles y que uno ha de procurar ganarse su confianza.  — ” … Y, ni mucho menos, se comen a las personas, Marian” — Añadí.  — “Qué no, Leiter. Si yo te contara… Mira, en Bilbao me acorraló uno en el despacho de un conocido empresario. Ya me estaba santiguando cuando su dueño me lo quitó de encima. Bueno, y en el mismo Bilbao, donde yo vivía, uno le mordió en un ojo al hijo de mi vecina y …” —  — “¿Pero qué me estás contando, Marian?” — Pregunté atónito.  — “Bueno, te hablo de perros grandes, Leiter. Los pequeños no te hacen nada. Si acaso, te dan unos mordisquitos, pero, vamos, nada grave… ” —

 Mientras Marian me estaba hablando no he podido evitar imaginarme la exótica escena de contemplar su menuda figura atada a un poste en un anfiteatro romano del siglo I, rodeada de leones prestos a dar buena cuenta de ella. Estoy seguro que, de haberse dado esta comprometida tesitura, las fieras hubiesen acabado por devorarse entre ellas, ante el torrente dialéctico de mi apreciada Marian… Sorpresivamente, un perro de medianas proporciones pasa junto a ella y Marian arquea su cuerpo en dirección hacia mi, a pies juntos, con más que perceptible tensión que agarrota sus músculos, procurando dejar margen para el paso del mencionado chucho. Ella no se ha dado cuenta, pero con la carpeta azul de los certificados, a modo de muleta, ha compuesto un pase torero con que ni el mismísimo Rafael de Paula hubiera podido nunca soñar. ¡ Vaya empaque !

 Al despedirse, Marian me ha comentado que próximamente va a tener lugar un reajuste en Correos y que, muy probablemente, le darán otra zona de reparto. Es posible que coincidamos con menos frecuencia, aunque se ha juramentado que hará todo lo que esté en su mano para pasar por el barrio y saludarme, si es que me encuentra. La he notado triste; dice que ha hecho muy buenas amistades por este distrito y que le da mucha pena marcharse. Pero a mí me entristece aún más. ¡ Mira que le he cogido cariño a esta chica !  Bueno, por lo menos, siempre nos quedará el socorrido Messenger. Por cierto, hoy Marian estaba muy, pero que muy guapa.