noche

 Nunca llegué a saber con certeza si Mini, aquella joven y menuda señorita de piel mulata y marcados rasgos caribeños, procedía de Santo Domingo, Puerto Príncipe u otra localización antillana. Con una melódica sonrisa con la que culminaba cualquiera de sus breves frases y con un extraño acento que delataba que la lengua española no era la propia de su infancia, Mini me llegó a confesar una vez que era dominicana; otro día dijo proceder de Nassau y en una tercera ocasión se declaró jamaicana. A juzgar por sus facciones, cualquiera de estas tres opciones bien hubiera podido resultar la auténticamente verdadera pero, ante mis insistentes requerimientos para que de una vez por todas Mini aclarase su auténtica procedencia, sólo llegué a obtener una sensual carcajada como respuesta. Mini solía presentarse por el bar de mi padre al mediodía y enseguida llamaba la atención del resto de la clientela tanto por su exótico trazo como por su gusto por ataviarse con prendas más propias de un clima ecuatorial que de uno tan mesetario como el del madrileño barrio de Salamanca. Mini solicitaba un café americano y un vaso de agua para, a continuación, pasar un buen rato conversando a través del teléfono público. Se expresaba en un complicado dialecto que aglutinaba palabras en inglés, francés e incluso italiano aunque lo verdaderamente enigmático era que un alto porcentaje de la conversación de Mini discurría entre sonrisas y otras sensuales exclamaciones sonoras que bien hubieran podido poner a prueba al más reputado de los intérpretes en traducción simultánea. Además, en algunos momentos, Mini escondía, con su mano izquierda pegada a la boca, el altavoz del aparato telefónico para preservar la intimidad de su conversación aunque ello no era óbice para adivinar su continua e inseparable sonrisa reflejada en sus brillantes ojos negros. Pese a conocer a Mini en el bar de mi padre, mi sorpresa fue mayúscula cuando una sobremesa la vi en el bar del Perolas, local situado en frente de mi apartamento de la calle de Montesa. Y, por si no fuera poco, Mini me comentó que actualmente tenía su residencia en el mismo edificio, a pesar de que yo jamás la había visto por allí.

 Aquel año fue de una incesante actividad para mí ya que estaba finalizando los estudios, alternando dicha actividad con la de empleado en el bar de mi padre. Entre semana, me levantaba a las cinco de la mañana y, tras una rápida ducha, salía de mi apartamento de la calle Montesa en dirección al bar de mi padre, trayecto en el que invertía apenas cinco minutos caminando, para abrir de cara al madrugador público puntualmente a las seis de la mañana, hora en que los empleados de la EMT y del economato acudían en masa para tomar el primer café. Allí permanecía hasta aproximadamente la una del mediodía, hora en la que regresaba al apartamento donde aprovechaba para estudiar o practicar algún ejercicio hasta las tres, momento donde acudía al bar del Perolas para tomarme algún ligero tentempié antes de largarme hacia la Facultad. Ya de noche, sobre las nueve, regresaba al bar de mi padre aunque mi presencia a esas horas era sólo testimonial y para atender a los requerimientos que eventualmente tuviera el empleado del turno de tarde. A eso de la medianoche y, tras hacer el balance de caja, cerraba el bar y, luego de invitar al empleado a un cubata en un local cercano, regresaba a mi apartamento sobre las doce y media. Llegaba rendido y agotado, por lo que no me daba tiempo ni para pensar y pronto caía derrotado de sueño en la cama. Vivía solo (Bueno, con una gatita negra a la que puse por nombre Mireille…) y acababa de padecer una brusca ruptura sentimental que no terminé por asimilar del todo y que me tenía sumido en un melancólico estado de depresión existencial. Me subestimaba en exceso y me veía a mí mismo como un ser tan despreciado como despreciable. A pesar de tener una buena situación económica por mi trabajo (Muy bien remunerado, por cierto) en el bar de mi padre y unas inmejorables perspectivas a tenor con la brillantez con la que estaba resolviendo mis estudios académicos, nada parecía satisfacerme y contemplaba tanto el presente como el futuro como un horizonte repleto de cargados y negros nubarrones a punto de estallar. Quizás también tenía mucho que ver con aquella pesimista situación personal mía el hecho de vivir en un minúsculo apartamento alquilado (Más bien, un estudio), un interior cuya única ventana daba a un estrecho patio común a modo de corrala. La cercanía de los muros hacía inevitable que cualquier conversación pudiera ser escuchada con facilidad por el resto de los vecinos y así no era rara la noche donde, sobre todo a partir de la primavera, el patio se convertía en un improvisado escenario de múltiples y estrambóticas situaciones, como aquellos cánticos legionarios con los que don Higinio, un jubilado que se ponía ciego de whisky todas las tardes, nos obsequiaba de madrugada y que provocaba un aluvión de airadas protestas en el resto del vecindario por lo intempestivo del horario seleccionado para semejante recital. Más de una vez avisaron a la Policía con resultados del todo contrarios al fin perseguido y que sólo provocaban que don Higinio, malhumorado por la afrenta, nos brindara algunos “bises” incluso sin ser solicitado a tan loable requerimiento. Pero en ese patio también eran perceptibles las bandas sonoras de alguna que otra íntima velada de apasionado amor, verdadera sinfonía de jadeos y susurros que regularmente cubría de calma y placidez la atmósfera del patio una vez finalizado el concierto de don Higinio. He de reconocer que, cuando por cualquier motivo me desvelaba de madrugada y escuchaba esos sensuales cánticos a capella de dos almas que se funden en pleno éxtasis espiritual, mi frustración y desánimo vital se acrecentaban producto, tal vez, de una sana y nostálgica envidia.

 No tardé mucho en averiguar que la pareja que se pasaba toda la noche refocilando vivía en el piso tercero (Justo dos pisos por debajo de mi estudio) y que sus gozosas actividades noctámbulas eran bien conocidas  — Y escuchadas — por la totalidad del vecindario cuyas ventanas daban acceso al patio. Pero quién esto escribe, gracias a un sensible y trabajado oído musical, descubrió con sorpresa una noche que a la ya habitual interpretación melódica de jadeos y suspiros procedente del piso tercero le surgió el inesperado contrapunto de otra, quizás más sensual por novedosa, que a modo de improvisada fuga complementó la sesión concertante de aquella ardiente y por lo visto contagiosa velada nocturna. Las femeninas risas intercaladas entre los delirantes balbuceos me resultaron tan familiares que aquella misma noche supe que Mini vivía en el primero. No me sorprendía en absoluto el hecho de conocer que Mini vivía en pareja aunque lo que me resultaba quizás un tanto extraño era que siempre que me la encontraba iba sola, sin ninguna compañía, ya fuese en el bar de mi padre o en el del Perolas. Aunque, para extraño, lo que aconteció aquella calurosa noche de viernes: Como yo no trabajaba los sábados en el bar me encontraba leyendo esa noche en el apartamento a altas horas de la madrugada, sin la presión horaria de tener que madrugar al día siguiente. De pronto, comenzó la particular y ya no tan novedosa sinfonía de gemidos y caribeñas sonrisas pero… ¡En esta ocasión los ardientes suspiros procedían justo enfrente de mi ventana! Con total nitidez pude escuchar hasta los sensuales recitativos de tan original y excitante cantata. ¡No podía ser! Allí no vivía Mini, inconfundible en su gama y tesitura vocal, sino uno de los tipos más antipáticos con los que me he cruzado a lo largo de mi vida. Esa noche casi no pude pegar ojo pensando en cómo había sido posible que Mini hubiese roto relaciones con su antiguo novio (En un ejercicio de reflexión bondadosa) y, en el colmo de la situación, haberse liado con otro vecino del mismo edificio. El destino no tardó en darme la respuesta… Entre semana y, debido a mis actividades, apenas tenía tiempo para profundizar y meditar sobre mi soledad sentimental y mis íntimas frustraciones personales y anímicas. Pero los fines de semana, si bien suponían un merecido descanso, también significaban el inicio de mi particular tragicomedia existencial. Solitario y con dinero en los bolsillos, vagaba sin rumbo fijo por diversos locales nocturnos de copas en Madrid a la búsqueda de algo o alguien que ni yo mismo sabía determinar con precisión. Aunque con frecuencia abusaba del consumo de alcohol, por fortuna, nunca me dio por sobrepasar la frontera de lo socialmente admitido y de esta forma no me vi nunca metido en líos mayores que a menudo resultan dramáticos. Me acodaba en los rincones estratégicos de las barras de los pubs y me daba por observar las conductas ajenas en un desesperado modo de intentar verme reflejado en las mismas, de conocer de primera mano alguna situación que me ayudase a extirpar el enquistado problema anímico que arrastraba desde que se había fracturado como un espejo la relación que había mantenido durante tres años con una mujer y a la que se había sumado una tercera persona a la que yo jamás invité y que, curiosamente, nunca tuve la oportunidad de conocer. Pese a negar en todo momento los hechos mi antaño pareja, las evidencias no tardaron en aflorar en forma de cartas sin remite y llamadas telefónicas sin respuesta. El sentimiento de pérdida unido a la auto humillación que yo mismo me infringía me precipitaban a un estado de nebulosas sensaciones donde se mezclaban los recuerdos con las quebradas ilusiones. No rechazaba cualquier eventual amistad femenina que pudiera surgirme durante mis excursiones nocturnas pero evitaba conscientemente cualquier posible relación sentimental que a posteriori pudiera derivarse de tal coyuntura. Casi todas esas noches terminaba sentado en el taburete de algún bar, con la fría imagen del ya fatigado dueño barriendo a puerta cerrada y con la mente fija en aquella persona que había decidido abandonarme a la intemperie amorosa unos meses atrás. De esta forma y en estas condiciones solía yo regresar a mi domicilio de la calle Montesa los sábados… Los domingos por la mañana, mejor dicho. Huelga decir que el resto de la jornada dominical suponía una penosa deriva emocional producto de mis excesos espirituosos del sábado, angustiado por la idea de tener que enfrentarme de nuevo al lunes con esa máscara social que ya se quedaba pequeña del todo para ocultar mi desdichado espíritu. En esta misma situación caminaba aquel sábado de madrugada hacia el portal de la calle Montesa cuando, introduciendo la llave en la cerradura de la cancela, vi como se acercaba la inconfundible silueta de Mini.

 –“Hola, ja, ja…” –. Decididamente, la risa espontánea y natural era algo verdaderamente consustancial a Mini. Entramos juntos al vestíbulo del portal y caminamos hacia los ascensores en silencio, con el único sonido de los globos de chicle que Mini hacía estallar repetidamente en sus cálidos labios. Me entró una inesperada duda a la hora de pulsar el selector de piso del elevador: ¿Dónde vivía ahora realmente Mini? ¿En el primero o en el quinto, en frente de mí? Fue Mini, sonriendo, quién me preguntó:  –“¿Vives en el quinto, no? Y todavía vives muy solito… Ja, ja… Como yo” –. Me quedé estupefacto ante esa afirmación tan inesperada de Mini.  –“Ah, Mini, creía que vivías aquí con tu novio…” –. Mini estalló en carcajadas y, agarrándose de mi brazo, me interrumpió con ese peculiar acento que escurría las “erres” y amplificaba las oclusivas: –“¡No tengo novio!”–. Quise ser educado aunque la verdad es que estaba bastante confundido.  –“Bueno, ya sabes que vivo en el quinto, en la misma letra que tú. Si necesitas algo de mí no dudes en llamarme, Mini” –. Mini me miró con una expresión a mitad de caballo entre la seducción y la simple naturalidad de su risueño espíritu.  — “Yo creo que eres tú quién va a necesitar de mí en cualquier momento, viviendo así de solito… “–. El ascensor se detuvo frente al primer piso. Mini siguió con su plática:  –“Cuando te sientas muy solito me llamas, ja, ja… A ti no te cobraré nada. Eres muy simpático conmigo en el bar… “–. Perplejo, sólo acerté a preguntar:  — “Pero, Mini, no me querrás decir que tú eres una… ” –. Mini no me dejó terminar la frase, tapándome la boca y desternillándose de risa.  — “No digas esas cosas feas de mí, Laity (Así era como pronunciaba mi nombre). Yo soy una mujer muy trabajadora… ¡Ja, ja! Hueles a whisky… Pasa a mi casa que te invito a más whisky. Estoy muy aburrida y no tengo ganas de dormir ahora… ” –. Tras hacerle saber a Mini mi nula predisposición a aceptar otra petición que no fuera la del whisky — Físicamente, Mini no era de mi tipo y mucho menos al conocer ahora su sospechoso modo de ganarse la vida — Entré en su domicilio y estuve charlando con ella hasta las diez de la mañana. Mini me estuvo explicando con toda naturalidad los pormenores de su oficio, el más antiguo de la humanidad, y qué era lo que le había llevado a tal práctica.  — “Quiero volver a mi país y comprarme una flota de taxis. Y una casa bien grande para mí y mi mama” –. Ante mis reiteradas dudas sobre lo ilícito e inmoral de su actividad, me contestó:  — “¿Qué más da? A mí me gusta y me lo paso bien. Además conozco a mucha gente. Es mucho peor lo que tú haces: Emborracharte para olvidar.” –. También Mini me sugirió una infalible receta para aliviar mis penas sentimentales y, por extensión, existenciales:  — “Un nuevo amor cura un viejo desamor. Tú estás cerrado a todo y te ahogas en tus propias penas. Cuando conozcas a otra mujer y seas capaz de enamorarte de ella, olvidarás todo tu pasado. Pero para encontrar hay que buscar. Y la mujer que te está esperando no está dentro de una botella de whisky, my friend.” —. Esa noche averigüé también que mi vecino del quinto había solicitado sus servicios aquella noche en la que tanto me confundí y que el muy golfo la había hecho acudir a su propia casa, opción a la que Mini también se prestaba. Mini iba por libre y jamás se vio acosada por algún indeseable proxeneta. Cambiaba de centro de operaciones estratégicas como de zapatos y captaba a sus clientes directamente en diversos locales nocturnos. Nunca tuvo problemas con nadie, quizás debido a que la musicalidad de su contagiosa risa amansaba los instintos más primitivos de sus solicitantes. Mini estuvo encantadora conmigo durante toda la velada y en ningún momento me sentí provocado o insinuado por ella. Para despedirme, sólo dijo, abriéndome la puerta:  — “Bueno. Me voy a dormir que estoy cansada. Goodnight.” –. Lo único que no pude adivinar de ella aquella noche fue si era dominicana, jamaicana o sabe Dios de dónde.

 No volví a ver nunca más a Mini, ni en el bar de mi padre, ni en el del Perolas (Donde captó varios clientes, según me confesó) ni en el edificio de la calle Montesa. Un día, picado por la curiosidad, le pregunté por ella al portero de la finca.  — “Joder, chavalote, vaya número que se montó con la mulatilla. El propietario del piso me contó que la tía se largó sin abonar la renta del último mes. Pero, no sé… ¿Qué quieres que yo te diga, Leiter? Para mí, que el tío se la estaba tirando a cambio del alquiler…” –.

De manera excepcional, he alterado los nombres de los distintos personajes que aparecen en este relato