MozartWolfgang Amadeus Mozart

El retrato llamado “Mozart de Bolonia”, copia efectuada en 1777 de un dibujo realizado en Salzburgo — hoy perdido — y que fue pintado por un artista italiano desconocido a instancias del padre Martini. Según el padre de Mozart, el retrato era de poca calidad artística pero reflejaba perfectamente a su hijo Wolfgang.

 La estancia en Salzburgo duró poco ya que Mozart había adquirido muchos compromisos en Italia. Pero ello no fue óbice para que durante su estancia en la ciudad austríaca Wolfgang sacase tiempo para componer cuatro sinfonías (K. 73, 74g, 75 y 110), un oratorio y un buen número de obras religiosas. El 13 de agosto, Leopold y Wolfgang parten hacia Milán, ciudad a la que llegan el 21 del mismo mes. En apenas 25 días, Wolfgang consigue componer la ópera en dos actos, Ascanio in Alba, que fue estrenada el 17 de octubre con un éxito clamoroso. Para resarcirse del esfuerzo, Mozart compone también dos sinfonías (K. 96 y 112) y el Divertimento K. 113. Leopold intentó poner a su hijo al servicio del archiduque Fernando, capitán general de Lombardía, pero aquello no llegó a cuajar en buena parte debido a las interferencias de la emperatriz María Teresa, quien desaconsejó su contratación. Con esto, los Mozart regresan a Salzburgo el 16 de diciembre y allí reciben la noticia del fallecimiento del príncipe arzobispo Sigismund, un hombre que había tratado a Leopold con gran consideración. Para sucederle, se nombró al conde Hieronymus Colloredo, un ser enérgico que no iba a permitir que las normas fuesen transgredidas así porque sí. Pronto los Mozart se dieron cuenta de que la situación había cambiado para ellos.

 De Milán habían recibido el encargo de una nueva ópera y ésta se estrenó el 26 de diciembre de 1772. Por causas del todo ajenas a la música, Lucio Silla tuvo un discreto éxito el día de su estreno aunque poco a poco fue remontando y llegó a ser repetida unas 26 veces. Mientras, Leopold seguía buscando una colocación para su hijo y, tras el rechazo del archiduque Fernando, llamó a las puertas del duque de Toscana, cuya respuesta fue poco prometedora. Paralelamente, Wolfgang no perdía tiempo en Italia y aprovechó para componer la Sinfonía K. 161, los Cuartetos K. 157 al 160, el Motete Exultate jubilate K. 165 y el Divertimento K. 186. A finales de febrero, Leopold se convenció de que en Italia no iba a encontrar un puesto de relevancia para su hijo y por ello emprendieron el regreso a Salzburgo, en donde llegaron el 13 de marzo de 1773. Mozart ya nunca más volvió a pisar Italia y, a sus 17 años, iba a comenzar una lucha por la vida para la que quizás aún no estaba preparado.

 Luego de que la tranquilidad de Salzburgo sirviera para que en pocas semanas Mozart compusiera las Sinfonías K. 162, 181, 182, 184 y 199, los Divertimentos K. 166 y 167, la Missa brevis K. 115, la Gran Missa K. 167 y otras composiciones religiosas menores (Sí, no me he equivocado; he escrito “pocas semanas”), su padre pensó en realizar un nuevo viaje a Viena aunque esta vez tuvo que contar con la licencia del arzobispo Colloredo, poco dado a conceder las mismas. Aprovecharon que el propio arzobispo tenía que viajar a Viena y los Mozart partieron con él en julio de 1773. Pero Wolfgang ya no era ese simpático niño-prodigio de años anteriores y descubre como es bien recibido allá por donde va, pero sin propuestas mayormente edificantes. Con todo, durante esta breve estancia Mozart tomó contacto con la música de Haydn, algo que a la postre iba a ser fundamental en su desarrollo compositivo, especialmente en lo referido a la música sinfónica. A finales de septiembre, los Mozart estaban de nuevo en Salzburgo, ciudad en donde se mudan a una casa de mayores dimensiones conforme a una situación social de cierto rango. Los meses siguientes, con una cierta paz familiar, fueron aprovechados por Wolfgang para componer sus Sinfonías K. 183, 200, 201 y 202, el Concierto para piano K. 175 (El primero de una extensa serie para este instrumento), el Concierto para fagot K. 191, las cinco Sonatas para piano K. 279 a 283 (Consideradas como el comienzo de la moderna sonata para piano), las dos Missas brevis K. 192 y 194, aparte de otras composiciones menores… (Recordemos que esta vasta producción se correspondía con un chico que tenía 18 años, lo que supone una madurez creativa impropia y difícil de comprender)

 En verano de 1774, Mozart recibe el encargo de componer una ópera para el Carnaval de Munich. Comenzó a trabajar en la obra en septiembre y, a comienzos de diciembre, ya tenía terminada La finta giardiniera, que se estrenó en la capital bávara el 13 de enero de 1775 con un triunfal éxito. Debido a ello, Mozart realizó unos arreglos para que dicha obra pudiera ser cantada en alemán con el título de Die verstellte Gärtnerin. Mozart aprovechó la estancia en Munich para componer la Sonata para fagot y violoncelo K. 292, la Sonata para piano en Re mayor, K. 220, la Missa brevis k. 220 y los Divertimentos K. 196e y 196f, entre otras obras… Acabado el Carnaval, Mozart regresó a Salzburgo el 6 de marzo, en donde permaneció dos años que si bien fueron muy fructíferos para sus producciones artísticas, no es menos cierto que estuvieron igualmente marcados por las crisis internas y sufrimientos de un Wolfgang que se sentía ahogado en aquel ambiente un tanto provinciano. Pese a ello, de esta época son sus cinco Conciertos para violín y orquesta, los Conciertos para piano nºs 6, 8 y 9; el nº7, K. 242, para tres pianos y orquesta. También compuso la ópera Il rè pastore, estrenada el 23 de abril de 1775 en Salzburgo.

 Pero la antipatía y el mutuo descontento entre Mozart y el arzobispo Colloredo fueron aumentando progresivamente, llegando a ser del todo insostenible en 1777. Mozart, con 21 años y 300 composiciones a sus espaldas, sentía el deseo irrefrenable de dar salida a sus posibilidades, de decidir su vida y su futuro lejos de las ataduras de Salzburgo. Para ello, escribió una lacónica petición al arzobispo fechada el 1 de agosto de 1777 en la que solicitaba la dispensa de sus servicios. Justo un mes más tarde, el arzobispo liberaba a Wolfgang — no así a su padre — de sus servicios. Lleno de alegría, Mozart partió, esta vez con su madre, el 23 de septiembre rumbo a Munich, en donde intentó sin éxito ser admitido como compositor de la corte. (Obviamente, se echaba en falta la diplomacia del padre y empezaban a ser sintomáticos los sentimientos de la más pura ingenuidad de Mozart). De allí partió para Augsburg — en donde ofreció algunos conciertos que le proporcionaron algo de dinero — y luego hasta Mannheim. Sin embargo, en ninguna de estas dos ciudades Wolfgang consiguió un puesto de trabajo estable. En Mannheim, Mozart empezó a llevar una vida un tanto bohemia y se vio obligado a pedir dinero prestado a su padre, circunstancia que enturbió un tanto la relación entre ambos. Mozart, muy dado a hacerse castillos en el aire, llegó al torpe extremo de enamorarse de la hija de unos conocidos, Aloysia Weber, una aprendiz de cantante a la que propuso llevarse de gira por París. Cuando Leopold tuvo noticias de este insólito proyecto, prohibió terminantemente a Wolfgang semejante aventura y le conminó dirigirse a París en compañía de su madre, por lo que allí llegaron los dos el 23 de marzo de 1778. Gracias a los contactos que le suministró su antiguo amigo Von Grimm, Mozart consiguió dar clases a distinguidos discípulos de la alta sociedad, con las correspondientes y considerables retribuciones económicas. Fruto de aquellas clases, y como ejercicio de interpretación, compuso el bellísimo Concierto para flauta y arpa, K. 299. Pero Mozart no era del todo feliz en París y su mayor anhelo era volver a Italia. (Llegó incluso a rechazar un puesto de organista en Versalles). La tragedia personal iba a sobrevenir el 3 de julio, fecha en la que su madre, tras padecer una extraña enfermedad, falleció. Mozart no se portó muy bien con ella en aquellos parisinos días, dejándola a menudo a solas en una fría y aburrida habitación durante días. Ciertamente, el compositor pareció arrepentirse con posterioridad, mitigando un tanto su infantiloide carácter pero no así su desesperante ingenuidad. Enterado Leopold del suceso por terceras personas, ordenó a Wolfgang que regresara de inmediato a Salzburgo para ponerse de nuevo bajo las órdenes del príncipe-arzobispo Colloredo. (Nunca podremos imaginar la humillación que debió sentir Leopold al entrevistarse con el arzobispo para rogarle que volviese a admitir al “irresponsable” hijo suyo).

 En Munich, camino de regreso a Salzburgo, se llevó la amarga sorpresa de que Aloysia había sido contratada como prima donna en la ópera de la corte con un nada despreciable salario de 600 gulden anuales (Ironías del destino). Pero mucho más desagradable fue el comprobar cómo la cantante, sintiéndose anteriormente despechada, ignoró por completo al compositor. No obstante, Mozart trató de lograr un puesto en la corte bávara (Cualquier cosa menos regresar a Salzburgo junto con Colloredo) pero sus expectativas se vieron por completo frustradas. Finalmente, el 15 de enero de 1779 Wolfgang llegó a Salzburgo. El puesto que su padre le había conseguido era el de organista, con un estimable sueldo de 450 gulden anuales. Como obligaciones, aparte de tocar el órgano en la corte y en la catedral, debía encargarse de la instrucción de los niños del coro y también componer para cuando a ello fuese requerido. En los dos años que duró el nuevo compromiso de Mozart, su producción fue realmente asombrosa: La Misa de la Coronación, la Missa Solemnis en Do mayor, las Sinfonías 33 y 34, la Sinfonía concertante para dos violines, el Concierto para dos pianos y orquesta, la Sonata para violín y piano, K. 378, la ópera Idomeneo, rè di Creta — encargo del teatro de Munich — y cuyo estreno constituyó un extraordinario éxito. Tras este feliz acontecimiento, Wolfgang, su hermana Nannerl y su padre Leopold se trasladaron a Augsburgo de vacaciones, aunque se vieron abruptamente interrumpidas por la orden de regreso que recibió Wolfgang de parte del arzobispo Colloredo, quien requería al compositor urgentemente en Viena.

 Pocas veces se habrá sentido un compositor tan humillado como Mozart durante su estancia en Viena. El arzobispo, hombre de difícil y riguroso carácter, se tomó cumplida venganza de la antigua petición de renuncia de Mozart y sometió al compositor a todo tipo de vergonzosas situaciones: Le hacía sentarse a la mesa después de los ayudantes de cámara, le prohibía tocar el piano sino era bajo su caprichoso consentimiento y solía recriminarle duramente en público. Ya en Salzburgo, la situación se volvió del todo insostenible y el 9 de mayo, tras una tensa y violenta entrevista en la que Mozart aguantó todo tipo de insultos, el compositor se armó de valor y espetó al arzobispo: –“Pues si Vuestra Eminencia me define de tal manera, ¿A qué demonios espera entonces para despedirme?”– Mozart presentó de nuevo la dimisión que sólo fue aceptada por el arzobispo un mes más tarde.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE, si te ha gustado mi trabajo comparte con tus conocidos este contenido, muchas gracias 🙂