El Beso Rodin

 Nadie puede poner en duda que Auguste Rodin fue el gran maestro escultor francés del siglo XIX. En su obra late la emoción de un nuevo romanticismo aunque con el vigor y la potencia expresiva de un artista que se afana en buscar un modo distinto. Paradigma del llamado “impresionismo escultórico” — una vaga y nada precisa noción que parte de la creación de algunas obras ideadas por un ya maduro pintor Renoir — Rodin imprime a sus esculturas un halo de luminosidad, dramatismo e intensidad que lo convierten en único en el panorama escultórico de una época que va a abrir los puentes hacia la modernidad que se habrá de desarrollar a lo largo de todo el siglo XX. Rodin mantuvo una constante preocupación por la forma, acariciando la belleza del cuerpo humano con un apasionamiento tal que incluso llegó a ser calificado como grosero por los más estrictos academicistas.

 El beso es un conjunto escultórico realizado en 1886 como prueba para su gran obra, Las puertas del infierno, y cuya primera exposición pública se dio en París en 1887. Es un mármol extraordinariamente pulido, de prístina superficie, que supone un innegable homenaje al erotismo. La obra revela una de las principales características de Rodin, esto es, el no uso de un único y exclusivo punto de vista, sino la visualización del conjunto desde varios puestos de observación. Una vez que Rodin hubo terminado la primera versión en mármol de gran tamaño que el gobierno francés le había encargado y que fue expuesta en el Salón de París en 1898, un excéntrico coleccionista norteamericano sopesó la posibilidad de adquirir el mármol mediante una suculenta oferta realizada que el gobierno francés rechazó de inmediato. Fue entonces cuando una de las más famosas versiones de El beso, la actualmente ubicada en la Tate Gallery, inició un insólito periplo capaz de protagonizar el guión de una película de suspense: La réplica que Rodin ejecutó para contentar al coleccionista norteamericano fue colocada durante más de diez años en un establo de Sussex, seguramente porque al comprador no le acabó de satisfacer la versión. Más tarde, dicha escultura fue cedida al Ayuntamiento, pero su temática fue considerada tan ofensiva que incluso llegó a taparse con una lona durante la Primera Guerra Mundial para evitar que los soldados allí guarnecidos llegaran a “alborotarse”. En 1917, la estatua regresó a los establos donde había estado anteriormente y allí permaneció hasta la muerte del coleccionista, un tal Edward Perry Warren, en 1928. Nadie supo entonces qué demonios hacer con la estatua — se intentó una subasta que no alcanzó ni por asomo el precio que se pedía por ella — y llegó a ser ofrecida a cualquier galería que corriese con los gastos de transporte… Permaneció en la galería de arte de Cheltenham hasta 1953, fecha en que la Tate Gallery inició una gran campaña para lograr que el gobierno británico adquiriese en propiedad la estatua. Una tercera versión en mármol  — tras las ya citadas del gobierno francés (Hoy en día en el Museo Rodin de París) y la de la Tate Gallery — puede también admirarse en el Museo de Escultura de Copenhague.

 En definitiva, El beso es una bellísima obra, sensual y de gran continuidad en su composición, que nos transporta a los misteriosos mundos del amor. Rodin creó una imagen tan emblemática con El beso, uno de los actos más sensuales del ser humano, que la obra ha sido posteriormente reproducida en infinidad de ocasiones en diversos tamaños y distintos materiales. No extraña en absoluto: Es el amor hecho arte, así de sencillo.