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 Siempre lo he afirmado: Schumann es un extraordinario sinfonista; aunque criticado, denostado, encasillado como secundario, menospreciado por su defecto cualitativo orquestal, difamado por su frío rigor academicista… Me da igual. Un compositor capaz de crear esta pieza sublime que corresponde al cuarto movimiento de la Sinfonía Renana debe pasar por derecho propio a la historia de la creación sinfónica. En este vídeo que os he servido de enlace contemplamos a un sensacional Kurt Masur dirigiendo este fragmento a la Orquesta Filarmónica de Nueva York en un concierto celebrado en 1995. Masur es, posiblemente, uno de los más grandes intérpretes del período romántico alemán y sus versiones de Schumann son consideradas de total y absoluta referencia. Este vídeo es una simple muestra de lo que es capaz de transmitir este fabuloso director ante una de las joyas más perfectas jamás escritas.

 Masur nació en Brieg, Baja Silesia, territorio actualmente administrado bajo la tutela polaca, en 1927. Pronto demuestra unas extraordinarias aptitudes musicales y de esta forma consigue graduarse en piano, composición y dirección orquestal en Leipzig, uno de los tradicionales y mejores centros musicales de Alemania. Sus comienzos artísticos son fulgurantes y en poco tiempo se ve al frente de los teatros de ópera de Erfurt y Leipzig. Pero su primera gran labor como músico le llega en 1955, cuando es nombrado titular de la Filarmónica de Dresde, uno de los conjuntos más relevantes de la “otra Alemania”.  Masur es consciente de que son años de difícil y duro aprendizaje, de que la carrera de un director orquestal no consiste en llegar, sino en aprender. Así, tras tres años de estudio y asimilación, retorna a otros puestos presuntamente más bajos de nivel, como Mecklenburg y la Ópera Cómica de Berlín Este, en un convencido proceso de afirmación y asimilación musical. Tras unos años en la sombra, vuelve, con más experiencia y conocimientos, a la titularidad de la Filarmónica de Dresde, sabedor de que es el mejor trampolín para dar el salto a la más prestigiosa orquesta de la antigua República Democrática Alemana, la mítica Gewandhaus. No tarda en llegar su oportunidad y en 1970 es nombrado, por fin, titular de la orquesta más representativa de la Alemania comunista.

 Masur se convierte en el icono musical e interpretativo de la DDR, el contrapunto al todopoderoso Karajan. A Occidente llegan sus versiones de las sinfonías de Beethoven y no tardan en convertirse en una valiosa y admirada alternativa a lo que hasta entonces se consideraba una referencia discográfica. La fama de Masur y la Gewandhaus traspasa fronteras y las autoridades de la Alemania Democrática le exhiben como a un héroe y un símbolo de los inmejorables métodos pedagógicos de la misma. De todas formas, como excelente músico, Masur sabe que el lenguaje musical no entiende de ideologías y, con un admirable sentido de la nobleza, se declara entusiasta de Karajan. Ello no impide que exhiba su orgullo por su país y de esta forma se implica como un acérrimo defensor del régimen comunista de Honecker y, consecuentemente, es galardonado con el Premio Nacional de las Artes de la DDR en 1982, en lo que parecía un feliz matrimonio del artista con las autoridades germánicas del este. Paralelamente, su actividad artística es encomiable y ya por entonces se empieza a hablar de su posible postulación a la Filarmónica de Leningrado, la mejor y más prestigiosa orquesta del bloque comunista, ante la más que preocupante e irreversible enfermedad del mítico Mravinsky. Masur, por entonces, es considerado como el mejor director de orquesta de la Europa del Este. Nunca un juicio de opinión tuvo semejantes dosis de objetiva veracidad.

 Septiembre de 1989: Masur conoce de primera mano el injusto arresto de un músico ambulante en Leipzig por parte de la policía política de la Alemania comunista. El maestro se va dando cuenta de que un sistema político nunca puede ser justo cuando impide la libre expresión de las personas y de esta manera no sólo se va apartando de las tesis comunistas de Honecker sino que incluso encabeza manifestaciones antigubernamentales, poniendo en riesgo su propia vida. Tras la caída del Muro, un idolatrado Masur acepta la jugosa oferta que le hacen para dirigir en calidad de titular a la prestigiosa Filarmónica de Nueva York. A pesar de los fortísimos enfrentamientos que mantuvo con parte de la cúpula directiva de la orquesta, la labor de Masur, que concluyó en 2002, superó con creces a la de su predecesor, Zubin Metha. Su salida fue más bien forzada y por ello, los agradecidos músicos neoyorquinos decidieron nombrarle Director Musical Emérito, un cargo creado exclusivamente para homenajear a Masur. Posteriormente, Masur se hizo cargo de la Orquesta Filarmónica de Londres y de la Nacional de Francia, mejorando por enteros el nivel de esta última y siendo también obsequiado con el título de Director Honorario de dicha formación. Actualmente, a sus 81 años de edad, permanece desvinculado de cualquier compromiso regular con alguna agrupación sinfónica y únicamente dirige en calidad de invitado.

 Masur es un director de trazo firme, capaz de desconectar las dos manos a la hora de dirigir — como en el caso de Pierre Boulez —  y dotado de una especial sensibilidad para abordar el período romántico alemán. Muy pocos saben penetrar en el espíritu de las piezas de la manera en que Masur lo hace, con meticulosidad propia de un músico cuya técnica está fuera de toda discusión. A causa de un accidente automovilístico ocurrido en 1972 en el que perdió la vida su primera esposa y él sufrió graves heridas, dirige habitualmente sin batuta, pero su presencia en el podio derrocha personalidad y sus versiones resultan admirablemente claras. Es uno de los directores más grandes surgidos de la escuela centroeuropea y está vinculado, por derecho propio, con los más insignes predecesores de la tradición germánica. Pero ante todo Kurt Masur es un MÚSICO, efectivamente, con mayúsculas.