Era habitual que a partir de los meses de primavera mi madre consintiera que yo pasara los fines de semana y algún que otro verano con mi tía y mis primos en un chalecito que ésta tenía en la provincia de Toledo, junto al río Alberche. Mi tía convivía (de cara a la galería) con un huésped que se encargaba además de tutelar a los tres hijos producto de un matrimonio fallido. Don Eusebio, como así llamábamos a este señor que hacía las veces de padre y tío (y de amante, como más adelante me enteré), era un veterano profesor de matemáticas que durante los meses estivales nos atormentaba con obligados ejercicios “para mantener frescos los conocimientos adquiridos durante el curso” según decía. Para nosotros, era un fastidio tener que soportar todos los días sin excepción más de una hora de explicaciones formativas, complicados problemas y algún que otro berrinche incluido. Pero a quién más le importunaba esta irrenunciable tarea era a mi primita Pili, que con sus diecisiete primaveras recién cumplidas (a mi me aventajaba en cinco) lucía un poderoso e irresistible encanto personal. ¡Menudo bombón!. Pili era la prima ideal, la misma que todos los varones del mundo afirman haber tenido y soñado. Yo soñaba y suspiraba por ella pero, obviamente, su atractivo no pasó desapercibido para el hijo del dueño de la sala de fiestas del pueblo más cercano a nuestro lugar de esparcimiento veraniego quién, amablemente, pidió permiso a mi tía y a don Eusebio para poder salir con Pili. Sorpresivamente — el mozo, de muchos veintes, tiraba muy bien de cartera y coche — mi tía consintió tal relación, pese a las visibles muestras de discrepancia de don Eusebio. Y empezaron a salir y a volver cada noche más tarde… Una madrugada, mi prima entró sigilosamente en la habitación donde dormíamos los primos y yo y, ni corta ni perezosa, se metió en mi cama ataviada con el traje de la más primitiva de las Evas paradisíacas, al tiempo que un poderoso olor a ron de garrafa se apoderaba de la estancia. Yo me hice el dormido, claro, aunque ya no pegué ojo en toda la noche. Y bebí los vientos de la felicidad cuando mi primita me rodeó con su brazo y apoyó su cabeza sobre mi hombro, empezando sin pausa a roncar con evidentes síntomas de dormir una pesada embriaguez. Aquel éxtasis se transformó en drama cuando el maldito gallo mañanero que había en el corral se puso a saludar el alba, el muy oportuno. Pero eso es ya otra historia…

 Pasaron algunos días y no podía evitar ruborizarme cuando me encontraba a solas con mi prima. Al principio, estuvo bastante distante conmigo pero poco a poco fue mostrándose tan cariñosa como de costumbre. Volví a ser un chico dichoso cuando una tarde me miró sonriendo y me pellizcó la mejilla al tiempo que decía: — “¡Ay, mi primito Leiter; qué malo es!” –-. Pero el diablo se empeñó en juguetear conmigo en aquel verano tan difícilmente olvidable. Pasaeaba yo una tarde con mi bici cuando a la altura de la “charca de las ranas” escuché unos lamentos procedentes de un viejo y abandonado caserón. Me asusté y decidí acelerar la marcha, pero… Esos gritos… ¡Eran de Pili! ¡Dios mío! ¿Estaría mi primita en apuros?. Valiente y decidido (con más miedo que vergüenza) me encaminé hacia el caserón, empujé la puerta y vi al chulo aquel del novio encima de mi primita, sobre una especie de jergón. No había duda, aquel tipejo estaba agrediendo a mi prima.  — “¡Suéltala, desgraciado¡” — Grité– “¡Tranquila, Piluchi, que yo te defiendo!” — volví a gritar ante la horrorizada cara de la pareja al percatarse de mi insolente presencia.  — “Pero ¿Qué haces tú aquí, Leiter? ¡Lárgate ahora mismo, gilipollas!” — Me reprendió mi prima presa de una repentina iracundia. Yo no entendía nada, me quedé paralizado hasta que el mancebo aquel se incorporó y se fue hacia mí.  — “Así que ¿Cotilleando, eh cabroncete?” — Me espetó. — “Suelta a mi prima, no…” — Y caí de espaldas al suelo ante el tremendo empujón que me dio.  — “¡Vete a casa, imbécil!  Y como se te ocurra contarle algo a mamá te mato” — Sentenció mi azorada prima. Yo seguía sin comprender nada y al borde del llanto me escapé de allí pedaleando con la mayor energía posible. Ahora sí que mi prima se había llegado a enfadar de verdad conmigo. No volvió a dirigirme la palabra durante el resto de las vacaciones y sus silenciosas miradas perfiladas hacia mí eran una explosiva mezcla de ira y amenaza.

 Ya de vuelta en Madrid, una tarde mi madre me pasó el teléfono: — “Es tu prima Pili, Leiter. Ponte” — Asustado, acerté a balbucear un simple ¿Sí?.  — “Leiter. Acércate un momento a mi casa. Estoy sola y quiero hablar contigo” — Esperando una reprimenda que nunca había podido materializarse, tomé rumbo a su casa como quién va camino del cadalso. Al abrirse la puerta tras mi llamada palidecí. Ahí estaba el novio aquel de Toledo. ¡Maldita sea, me había engañado mi prima!  — “Pasa, campeón; choca esos cinco…” — Me saludó el galán con notoria efusividad. Ya en el salón, mi prima, cariñosa como nunca, me tomó de la mano y, con su novio de testigo, me declaró: — “Leiter, quiero que sepas que no estoy enfadada contigo por lo de este verano. ¿Sabes?  Hay una serie de cosas que ya va siendo hora de que aprendas, que estás muy verde en ciertos asuntos. Escucha: Cuando dos chicos se conocen y se quieren, como nosotros… “– Y comenzó un bello relato sobre los conceptos del amor y de su consecuente materialización, con numerosos apuntes y aclaraciones explicativas de su novio. Aquella tarde abandoné, por fin, mi infancia.