* Nacido en Pésaro el 29 de febrero de 1792
* Fallecido en París el 13 de Noviembre de 1868

 Su padre, trompetista municipal del pueblo, era tan afable y tenía tal sentido del humor que a su hijo, heredando su carácter, le dio por nacer un 29 de febrero para no cumplir muchos años y mantenerse eternamente joven. Al menos, su música si consiguió alcanzar este inverosímil objetivo. También su madre hacía pinitos en música, dedicándose a cantar ópera aunque de oídas. La familia Rossini había conseguido reunir una pequeña fortuna pero aquellos años fueron de agitación revolucionaria en toda Europa y acabaron por perderlo todo, incluida la trompeta. Menos mal que a la madre le salieron unos contratos para cantar ópera  — Y eso que no sabía leer música — y con ello pudieron ir tirando, que no era poco. Tras unos iniciales vaivenes, la familia se instaló en Emilia-Romagna. Allí, un todavía niño Rossini vivió muy de cerca el mundo de la ópera y sus padres le encomendaron a unos sacerdotes para que le enseñaran los rudimentos musicales. Como dicen que Rossini siempre fue un poco vago le castigaban con frecuencia, poniéndole a trabajar como aprendiz de herrero. Pero lo más importante de este inicial período de formación fue que allí tuvo acceso a las partituras de un tal Mozart y parece ser que a Rossini le agradaron tanto que se decidió a componer unas sonatas para cuerda que derraman muchísima calidad para su incipiente edad. Rossini siguió emulando a Mozart: En 1806 ingresa en el Liceo de Bolonia y también en la Academia Filarmónica, al igual que hizo en su momento el salzburgués. (No le vino mal al chico la férrea terapia). Ya en ese mismo año se decanta por la ópera y compone Demetrio y Polibio, que no se estrenó hasta años después.

 En 1810, por encargo, escribe su primer hit, La Cambiale d`il Matrimonio, para el teatro de Venecia. Ya en la obertura colocó Rossini uno de sus vertiginosos crescendi y el éxito fue abrumador. Pero en aquellos tiempos la gloria musical era tan efímera que no tuvo más remedio que colocarse como director de una orquesta de ópera hasta 1811, cuando estrenó L`Equivoco Stravagante, que si bien fue extraordinariamente bien acogida, fue así mismo censurada a los tres días por tratar temas tan peliagudos como la homosexualidad, algo que sólo intuían a ver las calenturientas mentes de los censores de la época. De todas formas, Rossini se sentía tocado por los dioses de la inspiración y en 1812 estrena Il Engano Felice, con enorme éxito. No para y le siguen Ciro in Babilonia (Muy seria para el bonachón carácter de Rossini) y La Scala di Seta, cuyos sendos triunfos le hicieron convertirse en un compositor muy popular en toda Italia, hasta el punto de recibir un encargo nada más ni nada menos que para la Scala de Milán. Para ello, escribió La Pietra d`il Parangone, una obra un tanto mediocre pero que acabó cautivando a los lombardos. Aquello supuso el espaldarazo definitivo para el compositor.

 Rossini fue viendo dinero, del que era también muy aficionado, y en 1812 estrena L`Occasione fa il Ladro y al año siguiente Il Signor Bruschino, con una obertura totalmente innovadora y efectista (Y con crescendo, claro está). Aquellos crescendi tan populares de Rossini eran un fiel reflejo de su trayectoria como compositor. En 1813 estrena Tancredi, primera ópera de matices románticos. El éxito es apoteósico y le sigue, en ese mismo año, L`Italiana in Algieri, la primera gran obra maestra del autor. Después de esta fabulosa racha decide darse un descanso y se largó a Bolonia una temporada, poniéndose morado de autóctona mortadela. Pero le tiraba la vena compositiva (Y el dinero) y pronto volvió con Aureliano in Palmira, que no tuvo el éxito previsto pero que contaba con una deliciosa obertura que posteriormente sirvió para El Barbero de Sevilla. De aquel desliz se recuperó en 1814 con Il Turco in Italia, ópera muy mozartiana. pero en ese mismo año vuelve a fracasar con Sigismondo, una ópera de refritos que empezaba a delatar el condicionamiento económico y temporal más que la propia inspiración en sí del compositor: Ganar más dinero con el mínimo esfuerzo posible.

 Rossini era ya tan famoso (Y tenía ya sus buenos dinerillos ahorrados) que se permitió el lujo de conquistar a una noble diva que estaba liada con un respetado empresario musical de Nápoles. Para esta cantante, Isabel Colbrand, escribió Elisabetta — ¡Qué otro mejor título! — que asentó definitivamente el modelo de ópera romántica italiana. Pero en 1816 sobrevino el estreno de su mejor ópera, para muchos, Il Barbiere di Siviglia, aunque inicialmente no tuvo una buena acogida (Buena señal). Le siguieron La Cenerentola y La Gazza Ladra, trío de excepcionales obras maestras. Tras estas cumbres creativas, llegaron unos años donde Rossini se vio obligado a componer una serie de óperas poco inspiradas y que tenían como misión enmascarar el declive de voz al que había llegado su amante, la Colbrand; no hubo manera de perpetuar por mucho tiempo la irremediable carencia vocal de la diva y Rossini, como era un buenazo y ya tenía bastante dinero, se acabó casando con ella y le regaló Semiramide, verdadera obra maestra que, sin embargo, supuso el ciao de Rossini a Italia.

 En 1823 hizo una breve escapada a Viena siendo muy bien recibido incluso por Beethoven, quién ya estaba más sordo que una tapia. Después partió rumbo a Londres donde, siguiendo los pasos antaño de Haydn, amasó una considerable fortuna, mucho más de lo que había ganado a lo largo de toda su vida en Italia. Desde allí se fue a París, donde fue recibido con honores de estado (Y un buen puñado de francos, claro). Para ellos compuso, en 1829, Guillermo Tell, obra maestra que fusiona distintos estilos operísticos y que contribuyó a crear un nuevo género de ópera romántica. La obra es tan majestuosa e impresionantemente buena que casi nadie la entendió, como suele ocurrir en todos los períodos musicales de la historia. Y entonces aconteció algo extraño y sobre lo que se han escrito ríos de tinta sin dar aún con una explicación mínimamente plausible: Rossini se cansó de escribir óperas y cualquier otro tipo de música. En otras palabras, que se retiró. Había ganado tantísimo dinero que se tomó un casi definitivo descanso para disfrutarlo con calma y sosiego. Y, de paso, se separó de Isabel Colbrand, quién había cambiado las partituras por los naipes, para desolación del compositor. No tardó en volver a casarse con una chica francesa que le quería mucho. Hacia 1833 empezó a acusar los síntomas de una muy dudosa enfermedad que le hacía sentirse aún más vago de lo que realmente era.

 En 1842 sorprendió al mundo con un extraordinario Stabat Mater cuya composición se había gestado en un breve viaje que realizó por España diez años atrás. Rossini lo empezó; se aburrió y lo dejó; luego se lo “intentaron” acabar; se enfadó por ello y acabó de terminarlo él mismo, siendo hoy en día una de sus obras más reconocidas e inspiradas. Rossini vivió en Bolonia hasta los sucesos revolucionarios de 1848, cuando de allí partió a Florencia para acabar definitivamente en París, poniendo allí a buen recaudo su fortuna. Se compró una exuberante mansión y vivió como un marajá, cultivando otras aficiones no musicales como la gastronomía (Dicen que los canelones Rossini, esos que llevan carne picada, foie, trufa y vino dulce, fueron de su invención). Allí se rodeó de jóvenes músicos con quienes compartía animadas veladas y para los que compuso obras pianísticas, algunas de ellas de gran calidad y que parecen anticipar el impresionismo musical. Richard Wagner, que de tonto no tenía un pelo, le visitó en 1860 para ver si con sus influencias le dejaban estrenar Tanhäusser en París. En 1863 hizo otra pequeña excepción y compuso una misa. Finalmente, el 13 de noviembre de 1868 falleció, casi cuarenta años después del estreno de su primera ópera.

 Rossini fue un compositor ecléctico que introdujo nuevas formas en la ópera sin renunciar a las ya existentes. Fue un hombre aparentemente contradictorio, capaz de crear una obra seria y cómica a la vez. Su música, en cierto modo, refleja los convulsos cambios que tuvieron lugar en Europa y que supusieron el tránsito del Antiguo al Nuevo Régimen. Sus oberturas son auténticos prodigios musicales llenos de frescura que no tienen nada que envidiar a las obras de los mejores compositores. Para muchos, El Barbero de Sevilla es la cima de la ópera, algo insuperable.

OBRAS

– 38 Óperas, destacando L`Italiana in Algieri, Il Barbero di Siviglia, La Cenerentola, Semiramide y Guillermo Tell.
– 6 Cantatas
– 2 Misas
Stabat Mater
– 6 Sonatas para cuerda
– 6 Cuartetos para viento
– Numerosas canciones, obras de cámara y piezas para piano.