* Óleo sobre lienzo
* 206 x 144 Cms
* Realizado hacia 1670-1675
* Ubicado en el Museo del Prado

 No menos de un siglo atrás, hablar en España de Murillo era hablar de uno de los tres vértices que, junto con Velázquez y Goya, constituían el triángulo fundamental de la Escuela Española de Pintura. Así lo atestiguan las tres estatuas erguidas en honor a estos artistas y que actualmente se encuentran en los exteriores del inigualable Museo del Prado. Y no sólo eso: Una colorista y manida frase del idioma castellano — “pintado por los pinceles de Murillo” — suele aún utilizarse como ripio gramatical para definir la extraordinaria belleza del objeto en cuestión referido. El caso de Murillo fue único no ya en la historia de la pintura española, sino en la historia de la pintura universal. Durante su vida, fue un artista que conoció pronto la gloria y que disfrutó de la admiración de sus contemporáneos, trabajando infatigablemente a lo largo de su existencia para completar una ingente obra que se estima en más de 400 pinturas, la mayor parte de ellas destinadas a adornar iglesias, conventos y monasterios de su Sevilla natal. Pero lo realmente extraordinario es que, conforme avanzaban los siglos, sus pinturas fueron aún más apreciadas hasta el punto de que el mariscal francés Soult, durante la invasión napoleónica de España, se hizo con un gran lote de obras de Murillo que, una vez presentadas en París, pusieron de moda al artista hasta llegar a ser el pintor más cotizado en las subastas de la época.

 En el siglo XIX, las reproducciones litográficas de las más famosas imágenes religiosas de Murillo conocieron una gran expansión por toda Europa e Hispanoamérica. Es así como se va creando el mito de Murillo hasta cobrar vida propia e independiente del pintor. Sin embargo, paralelamente a esta admiración un tanto populista por Murillo, se iba produciendo un desgaste en el gusto del público y paulatinamente se va formando un cierto menosprecio crítico hacia su obra conforme avanza la segunda mitad del siglo XIX, coincidiendo con la aparición de la historiografía reflexiva del arte. Murillo va a ser severamente juzgado y puesto en comparación con Velázquez, El Greco o Zurbarán. Desgraciadamente, y pese a la revalorización de su figura en épocas más recientes al tener en cuenta su producción pictórica profana, Murillo sigue siendo para ciertos sectores de la crítica un eficaz “pintor de vírgenes”.

 A diferencia de Zurbarán, muy en la órbita del manierismo, Murillo huye de los grandes temas y de los personajes simbolizados para centrarse en escenas religiosas más cercanas a la vida cotidiana y que pueden invitar a la piedad o a la ternura pero no a la exaltación de lo trágico o lo heroico. Esta particularidad de Murillo, junto con un portentoso sentido de la armonía del color y de la forma, ofrece como resultado una serie de obras que no sólo resisten el paso del tiempo, sino que han llegado a producir algunos de los grandes arquetipos de la pintura universal. Ciertamente, existe algún que otro exceso sensiblero en algunas de sus obras, aunque es del todo achacable al ambiente opresivo que dominaba la religión de su tiempo. Pero es que además, Murillo ha sido un pintor copiado y versionado hasta lo inverosímil, al punto que ciertos reproches sentimentaloides que se le atribuyen no son sino percepciones de la obra de sus imitadores. Murillo tuvo tal legión de ellos que, en ocasiones, las múltiples versiones y réplicas de su obra pasaban por ser incluso atribuidas a él, así como los recargados excesos empleados por sus imitadores. De esta manera hubo que separar paja y grano para determinar cuáles eran las genuinas obras salidas “de los pinceles de Murillo”.

 La Inmaculada Concepción de El Escorial pertenece a una época en la que, luego de haber terminado una serie de más de veinte cuadros para el convento hispalense de los Capuchinos, Murillo acomete los encargos solicitados para el hospital sevillano de la Santa Hermandad de la Caridad, en lo que constituye uno de sus más grandiosos ciclos pictóricos. El tema de la Inmaculada Concepción fue uno de los grandes aciertos de Murillo como pintor religioso, encontrando así un tipo ideal para representar a la Virgen dentro de un tema que venía siendo arduamente defendido por los artistas españoles del siglo XVI y que cobraría especial intensidad en la época barroca, sobre todo tras la bula pontificia de 1661. En este lienzo, la Virgen aparece compuesta por un ritmo casi coreográfico que anticipa un tanto el arte rococó del siglo XVIII. La paradisíaca belleza del rostro de la Virgen, un tanto aniñada, confirma el peculiar naturalismo del que hacía gala el artista y que supuso una revolución en el gusto de la iconografía religiosa. Si observamos a los ángeles que rodean a la Inmaculada, vemos como no son simples cabezotas de niños con alitas, como solían ser los pintados por Zurbarán o incluso por Velázquez. Al contrario, las figuras infantiles están repletas de humanidad y es donde el pintor ha dejado algunos de sus rasgos más geniales de dibujante y de sobrado maestro del color. Comparado este lienzo con otras representaciones marianas anteriores, apreciamos la evolución de la pintura de Murillo desde las formas sencillas, tranquilas y de apretada factura, hasta la presente, en donde aumenta el número de ángeles y se complica un tanto el movimiento de telas y nubes. Otro aspecto destacadísimo de este bello cuadro es que las formas aparecen sumamente vaporosas, anticipación también de las blanduras propias del arte dieciochesco. Se advierte el uso del color acaramelado como símbolo de gloria, muy típico de la Escuela Sevillana de Pintura. El manto azul de la Virgen, poderosamente sombreado, sirve para proteger el cromatismo del vestido frente a un fondo de arriesgada concordancia colorística. El expresivo y mundano rostro de la Virgen, en absoluto tomado de modelos clásicos, favorece la difusión popular de la obra al ser un reflejo de las clases más sencillas. La mirada, como en muchas otras representaciones de Murillo, presenta un delicioso arrebato místico de encuentro con una intuida divinidad superior. El cuadro recibe su denominación por haber pasado algún tiempo en la Casita del Real Sitio de El Escorial.