Fotografía de Markv

Fotografía de David Bjorgen

 A unas tres horas por carretera desde el aeropuerto internacional de Ammán o a media hora a caballo desde el Siq, se alza la que posiblemente es la ciudad en ruinas más famosa de todo Oriente Próximo. De color salmón, Petra no es una ciudad en sí, sino más bien un cementerio monumental. No sabemos todavía si llegaron a construirse casas, ya que seguramente serían de adobe y por ello han desaparecido, aunque sí está del todo verificado que Petra era el centro de las rutas caravaneras desde el Golfo Pérsico al Mar Rojo. Con todo, Petra plantea numerosos interrogantes aún sin resolver y su misteriosa atmósfera resulta verdaderamente fascinante. Como escribió el poeta John William Burgon en el siglo XIX, “Petra es una ciudad rosada la mitad de antigua que el tiempo”.

Fotografía de David Bjorgen

Fotografía de Jordan Klein

 En el siglo VI a. C. una tribu nómada, la de los nabateos, se asentó en un valle situado entre Aqaba y el mar Muerto, al este de Wadi Arabah, Jordania (un Wadi es el valle formado por el cauce de un río generalmente seco). El pueblo nabateo dominaba las rutas comerciales más importantes y, merced a ello, adquirieron gran poder y riqueza. Petra fue su legado, un conjunto de monumentos considerados antiguamente como casas aunque actualmente se sabe que se trataba de enterramientos, tumbas excavadas en la roca de una zona inaccesible y a unos 900 metros sobre el nivel del mar. Algunas muestran detalles clásicos mientras que otras presentan una clara decoración nabatea con influencia de estilos asirios y egipcios. Lo más destacable son las fachadas, ya que las estancias interiores carecen de decoración.

Fotografía de Stefan Volk

Fotografía de David Bjorgen

 Petra pasó a formar parte del imperio romano en el año 106 de nuestra era y en su entorno se construyeron baños, un foro, un teatro y todos los demás elementos característicos de la civilización romana. Pero con el paso de los años, el comerció cambió su rumbo en beneficio de Palmira y Petra se sumió en la oscuridad. Durante siglos enteros el enclave fue únicamente conocido por las tribus locales que supieron protegerse del viajero curioso. Ascendiendo desde Petra se llega al monasterio de Deir, un templo cuya fachada se encuentra igualmente labrada sobre la piedra. Deir fue escenario de importantes celebraciones religiosas y en su interior albergaba la imagen de un dios.

Fotografía de Ginolerhino

Fotografía de David Bjorgen

 La ciudad volvió a descubrirse en 1812, cuando el explorador suizo Burckhardt, gran dominador de la lengua árabe y vestido a la usanza musulmana, convenció a un guía de que quería sacrificar una cabra en una tumba cerca de la cual había una ciudad enterrada según los distintos rumores. Burckhardt recorrió el Siq (una estrecha garganta de rocas por la que se accede al complejo) y contempló asombrado un edificio con una fachada de 40 metros de altura y 27 de anchura, el Tesoro o El-Kasneh, la parte más famosa de Petra decorada al estilo clásico. Se piensa que la urna que corona la fachada contenía en tiempos pasados el tesoro de un faraón.

Fotografías de David Bjorgen

 Detrás del Tesoro se extiende un valle con numerosas tumbas excavadas en la roca en piedra arenisca de color rosa claro entremezclado con otros tonos. Las tallas expuestas al viento se han ido erosionando hasta el punto de resultar hoy en día del todo irreconocibles. Se han reunido suficientes pruebas arqueológicas como para pensar que Petra no fue en un principio de color rosa, sino que estaba recubierta de estuco. Ello produciría una impresión completamente distinta a la de la actualidad. Una visita a Petra conlleva un aceptable grado de preparación física: Después de atravesar el angosto y umbrío Siq, uno se encuentra con la sobrecogedora imagen de la fachada del Tesoro iluminado por el sol. Merecen entonces la pena tantos esfuerzos.