Hace algunos años alguien definió que habíamos entrado en la era de la información motivado por el auge de las comunicaciones, la masificación del fenómeno de Internet y el continuo avance de las nuevas tecnologías. Evidentemente el oráculo no estaba equivocado y, con sus pro y sus contras, la mayoría de nosotros adherimos por convicción o para no quedar apeados en el andén.

Este nuevo escenario en el que nos toca vivir ha generado nuevas situaciones de las que nos resulta difícil evadirnos y que han llegado para quedarse. Estamos en la era digital y cada año se genera más información que la existente desde que comenzó a escribirse la historia de la humanidad. Para sobrevivir nos esforzamos en estar permanentemente “conectados”, deglutiendo un mar de datos y con poco tiempo para procesarlos.

Al resultado de este fenómeno los especialistas lo denominan INFOXICACIÓN (intoxicación de información) e indican que es uno de los efectos no deseados de la era digital. Y aunque lo pensemos y tratemos de evitarlo, la explosión de las redes sociales, la fotografía y el video digital, el auge de la telefonía móvil, el e-mail y la navegación web han expandido la información digital hasta límites insospechados. Pero lamentablemente, esa abundancia de información sólo provoca mayor confusión, puesto que bloquea la capacidad de análisis y procesamiento.

Las malas nuevas no terminan aquí, pues ha surgido una patología asociada: la ansiedad por informarse o INFOMANÍA, cuya característica es la búsqueda constante de estímulos informativos, datos y opiniones que nos genera más angustia y vacío que solo lo satisfacemos con más información. Pareciera entonces que nunca tenemos una respuesta adecuada a nuestros interrogantes La adicción por estar todo el tiempo conectado a una pantalla encierra el peligro de desconectarse y perder la noción de la realidad. Las TIC (tecnologías de la información y comunicaciones) se han apoderados de nuestras vidas invadiendo el ámbito laboral, familiar, personal y de estudio. Este nuevo escenario se agudiza si lo analizamos en el plano de las empresas y la actitud de los trabajadores. Estudios contrastados advierten que muchos trabajadores sufren estrés como consecuencia de la cantidad de mensajes que reciben a diario en sus ordenadores y no pueden procesar en tiempo y forma.

Algunos estudios hablan que en algunas organizaciones esa situación lleva a los trabajadores a revisar sus buzones de mensajes en más de 50 oportunidades durante la jornada y se angustian de solo pensar que un e-mail no ha llegado, que han perdido información importante o que no han dado la respuesta en el plazo esperado. Es parte de lo que se ha denominado el síndrome de ansiedad del e-mail (e-mail anxiety) que se agrava cuando simultáneamente tienen conectados dispositivos móviles.

Y que hablar de los adictos a su teléfono inteligente, los llamados crackberries, que no pueden dejar de contestar llamadas, o enviar y recibir mensajes sin importar el momento y el lugar. Para más INRI, el bombardeo de mensajes que hoy se multiplica a través de las redes sociales anula la capacidad de empatía y de discernimiento moral que requieren las decisiones humanas. Aquella información instantánea y carente de contexto, que busca llamar la atención y conmover al receptor, termina logrando lo contrario.

La enorme batería de recursos on-line existente ( y que vendrá) nos da una sensación de pseudo control que nos permite estar “todo el tiempo en todos lados”. Pero la realidad es exactamente lo contrario. Toda esta parafernalia tecnológica hace que los tiempos de creatividad y análisis hayan quedado reducidos a porcentajes mínimos con el consiguiente resultado negativo en la gestión de las organizaciones. La superabundancia y disponibilidad de la información han convertido lo que era un recurso escaso y valioso en un commodity, cuando no directamente en basura. Hoy lo que realmente escasea es la atención.

A medida que se multiplican los contenidos en Internet, la capacidad de leerlos decae. “El promedio de lectura de un texto en la Web no sobrepasa las 200 palabras”, destaca un informe de la consultora Jacob Nielsen. Lo paradójico es que, cuanto más hay para leer, menos se lee. Lo peligroso es que esas conductas las trasladamos a nuestras vidas privadas, hacemos zapping permanente frente al televisor y leemos por encima para tener “idea de que va el tema” pues no podemos perder tiempo… Algunos estudiosos de este fenómeno expresan que estas conductas desembocan en una estructura de pensamiento fragmentada, menos profunda pero más creativa, ya que están acostumbrados a saltar de un tema a otro, como al navegar por Internet a través de hiperlinks o hacer zapping. Justifican que para tomar cualquier decisión, la información disponible satura e inmoviliza. La dinámica marca que no hay tiempo para analizarla, cotejarla y digerirla. Ha surgido lo que llaman multitasking (hacer varias tareas simultáneamente) pues consideran que todo es importante y urgente .

Pero no todo está perdido pues podemos tomar algunas acciones que nos permitirán vivir menos alienados: Suscribirse a RSS para obtener en un solo sitio los titulares actualizados de los temas de interés, sin necesidad de navegar por distintos blogs y páginas web. Organizarse para la lectura de información en horarios determinados. Proponerse y mantener una lista diaria de tareas. Establecer prioridades laborales y PRIORIDADES personales. Desactivar el aviso de entrada de los mails cuando debemos terminar una tarea. Tratar cada mensaje electrónico una sola vez: leerlo, responderlo o reenviarlo y borrarlo inmediatamente. Propiciar el apagado de móviles y dispositivos portátiles durante las reuniones y especialmente cuando estamos disfrutando de ellas.

En síntesis, APRENDER A DESENCHUFAR

Un abrazo y buen fin de semana.

THENIGER