Archivo por meses: octubre 2008

Don Fidel: Variantes y altramuces

 

 Tres eran las teorías que circulaban de boca en boca entre los vecinos de este peculiar y madrileño barrio de Salamanca sobre los orígenes de la supuesta fortuna que había logrado amasar don Fidel, el veterano fundador de la tienda de Frutos Secos más popular del distrito:  A- La tienda era un mero escaparate de un comercio a nivel mayorista que abastecía de género a todas las tiendas del sector en Madrid; B- A don Fidel le había tocado una fortuna considerable en las Quinielas y C- Era de los del “puño cerrado”. Esta última conjetura era la que mayor consenso reunía, pero hemos de aclarar que no significaba que don Fidel hiciese causa con los comunistas (¡Menudo sacrilegio!) sino más bien que era un tipo de los que disfrutaban más amasando que gastando. Y es que don Fidel, de poco pelo y menos estatura, con rasurado y canoso bigotillo a la moda de la época y con una inquietante sonrisa analítica, era un hombre de rígidos principios franquistas, un ex-combatiente que no tenía reparos en adoctrinar a su fiel clientela mientras servía un cuarto de variantes o altramuces. Los más viejos del barrio aún recuerdan la que se organizó aquella tarde, cuando un tipo fornido que había entrado en la tienda se atrevió a realizar un comentario despectivo sobre El Alcázar, periódico que diariamente exhibía orgulloso don Fidel en una esquina del mostrador de su tienda.  – “Ya me dio mal ojo aquel tipo nada más entrar.” – Relataba don Fidel.  – “Iba tocado con una chapela de esas que llevan los vascos y sus ademanes eran muy chulos, como de tipo sobrado.  Pues bien, mientras le servía, el tipo se pone a manosear “El Alcázar” y me suelta: ¡Vaya birria de periódico!. Entonces le chisté para que se callara y añadí que bajo ningún concepto iba yo a permitir en la tienda ese tipo de comentarios despectivos sobre el único periódico que dice las verdades como puños, que eso era más propio de “rojos” y que en este local sólo se permite la entrada a gente de buenos principios. Pero el muy sinvergüenza, tras pagarme, me suelta: Agur… Yo, con todas mis fuerzas, repliqué: ¡¡Adi-os!! ¡Vamos, hombre! Que se iba a creer aquel ganso que yo me iba a amilanar… ” –. Pero don Fidel, con independencia de sus ideas políticas, era un comerciante de los de antes, capaz de vender una postal a un ciego. Poseía una agresividad comercial digna de ser analizada en el programa de estudios de cualquier Máster de ventas que se imparta en las mejores escuelas de negocios de hoy en día. Tanto es así que los chiquillos del barrio íbamos a comprar en su tienda con el dinero justo, ya que nunca nos daba las vueltas en pecunio sino en especies (Chicles, Kikos, Caramelos Sazi, cromos, sobres que contenían un destacamento de pequeños soldaditos pintados del mismo color, etc… ). Además, don Fidel no vendía sólo los artículos propios de una tienda de Frutos Secos, encurtidos aparte, sino que también ofertaba todo tipo de variopintos artilugios que hacían de nuestra infantil fantasía una enorme piñata. Con frecuencia, los chavales de la calle Alcántara nos retábamos a partidillos de fútbol callejero con los grandullones de la perpendicular Ayala y don Fidel era quién nos proveía de los “balones” para tan importante evento deportivo. Por dos pesetas te vendía una pelota muy pequeña de plástico que iba atada a un cordel de fibra elástica y cuya función era cualquiera menos la de servir de objeto codiciado en un partido de fútbol. Don Fidel tiraba de tijeras de pescador y seccionaba el molesto engarce, dejando la esfera lisa y apta para la práctica balompedística. Desgraciadamente para nosotros, cada partido nos costaba nuestras buenas pesetas ya que Paco Fachegomuá, el conserje de la acera de enfrente, se incautaba cada dos por tres de la bola, momento en el que realizábamos una colecta y volvíamos a donde don Fidel para comprar una nueva. (Llegamos a pensar que el conserje y don Fidel actuaban en descarada connivencia, ante el entusiasmo de este último por vendernos más y más pelotas). Aunque para mí, el mayor tesoro que guardaba don Fidel en su tienda era una colección de coches de plástico duro en miniatura de la marca Eko, similares a los famosos “pulguitas”, pero de mucha más calidad y mejor diseño. Hicieron las delicias de mi primo Javi y de un servidor, llegando los dos a poseer sendas colecciones completas. El todavía la conserva mientras que la mía acabó a golpe de martillo durante un adolescente arrebato. (Para que luego digan que no tengo vena artística… )

 Don Fidel, aun siendo seguidor del Atlético de Madrid, no era lo que se dice un especial aficionado al fútbol. Su pasión eran Los Toros, poseyendo una cifra indeterminada de abonos en la Plaza de Las Ventas y que en plena Feria de San Isidro cedía lucrativamente, claro está. En los tiempos en los que yo era aficionado a la llamada Fiesta Nacional no me quedaba más remedio que acudir a don Fidel para conseguir un abono de feria.  – “No sé, Leiter… Me parece que este año no va a poder ser… Tengo infinidad de peticiones… ¡Menuda Feria!. Fíjate que vienen Paco Camino y Paquirri… Va a ser imposible… Bueno, anda, dame 20.000 pesetas y te doy este del Tendido 4… Pero por ser para ti, eh… “ –. Generalmente yo adquiría el abono por casi el doble de su valor intrínseco pero nunca se lo tomé a mal. Además, como don Fidel solía comentar:  – “Yo hago mucho por la Fiesta. Gracias a mí la gente del barrio puede ir a Los Toros… “ –. De todas maneras, Paco, el taxista, estudió seriamente la posibilidad de demandar a don Fidel por contravenir la normativa de sólo dos abonos por persona. El asunto no pasó de una simple amenaza. Las tardes de Corrida suponían toda una ceremonia para don Fidel, quién se vestía con un lustroso traje (Algo pasado de moda, la verdad) a juego con la corbata. Más que caminar, corría a lo largo de la calle de Alcalá aprovechando el descendente desnivel de dicha travesía superando ya la plaza de Manuel Becerra. Si coincidía con algún conocido solía obsequiarle con un puñado de caramelos Sazi que sacaba de un bolsillo de su chaqueta. A la vuelta, siempre venía acompañado de un grupo, llevando la voz cantante:  — “¡Qué no, hombre, qué no! ¡Qué te digo yo a ti que se ha acojonado! Tenía toro para hincharse a dar pases, pero le ha dado el canguelo…” –. En las tardes de triunfo era muy habitual verle improvisar pases con el programa de mano a modo de muleta mientras caminaba. Era todo un entendido en la materia, pese a lo cual, mi padre solía decirme con frecuencia:  – “Sí, sí… Entendido… ¡Entendido por los cojones! ¿Pues no dice que le gusta El Cordobés?. Ya me dirás tú que sabe ese de toros… ” –. Con mi padre, aunque en el fondo se admiraban mutuamente, se las traía más tiesas que tiernas. El primero acusaba al otro de no acudir a tomar el café al bar, mientras que don Fidel se defendía arguyendo que mi padre había dejado de comprarle los panchitos y las patatas fritas para los aperitivos. Lo peor venía cuando mi padre me ordenaba ir a por cambio en monedas a “donde Fidel”. Este, muy malhumorado, me lo acababa dando, pero no sin antes soltarme toda una sarta de frases al estilo de:  – “Oye, dile a tu padre que sea él mismo quién venga a por el cambio, que dé la cara… ¡Mira que mandar a su hijo!” –. En fin, reconozco que esta sencilla labor era todo un suplicio para mí. Don Fidel, tan absorbido por su negocio, era un hombre muy dado a excentricidades. Así, tenía por costumbre acudir todas las mañanas al antiguo banco Hispanoamericano de la calle de Ayala portando los dineros en el interior de una lata circular de atún en escabeche. Y, cuando cambiaba de vehículo, siempre una berlina Citroën, negaba haberlo comprado y afirmaba que le había tocado en una tómbola. De todas las maneras, don Fidel me dio la oportunidad de conocer de primera mano cómo había que reaccionar ante posibles clientes problemáticos, siendo en ocasiones testigo de los particularísimos usos que empleaba ante tal menester. De esta forma, una tarde estaba yo echando un vistazo a unos nuevos y originales artilugios que había recibido cuando en la tienda entró un tipo que solicitó un par de berenjenas aliñadas. Don Fidel se las despachó en un cucurucho de papel cartón y el señor se fue tan contento, presto a dar buena cuenta de semejante manjar. No habían transcurrido ni dos minutos cuando el referido caballero volvió a entrar en el local:  – “Oiga, esta berenjena está podrida. Le he dado un bocado y mire… ” –. Dirigiendo mi vista hacia la prueba de cargo, observé como unas pequeñas manchas de color blanco parecían tener vida propia. El aspecto era realmente repugnante y no concordaba con la buena calidad que solía caracterizar a cualquier producto puesto a la venta por el tendero. Don Fidel agarró el cucurucho y se puso las gafas para ver de cerca, las de pasta marrón. Comenzó a sonreír, exhibiendo un diente de plata, al tiempo que meneaba la cabeza.  — “¡Pero si esto no es más que un ojo de gallo, hombre!” –. Del bolsillo de la chaquetilla sacó una navaja y empezó a trastear en la vulva del vegetal, provocando en mí ciertos sudores fríos debido a la forma fálica que mi calenturienta y adolescente mente asociaba con la mencionada verdura. Luego de la “fimosis” efectuada por don Fidel el tipo se marchó con la circuncisa berenjena, adoptando una expresión de escepticismo. ¡Había que ser muy atrevido para atreverse a replicar a don Fidel!. Una vez fuera aquel individuo, don Fidel seguía con su plática: – “Desde luego… ¡Mira que los hay señoritos!. Por un ojo de gallo mira cómo se ha puesto, el muy finolis… Ese seguro que no probó las lentejas del rancho que nos daban en la Guerra… ¡Ahí sí que había bichos!” –. En otra ocasión, se hartó de suministrar petardos y otros artículos de pirotecnia  (antiguamente, estaba permitido) a una pandilla de mozalbetes con más pinta de gamberros que de otra cosa. Ya formalizada la venta, don Fidel les advirtió solemnemente:  — “Id por ahí, calle arriba, a prenderlos. Aquí, en frente de mi tienda, está terminantemente prohibido. ” –.

 Muy a su pesar, los años fueron trascurriendo y  a don Fidel no le quedó más remedio que delegar todas las responsabilidades del negocio en su hijo Fide, quién ha heredado las mejores virtudes comerciales de su padre y ha modernizado por completo la tienda, abriendo incluso otra sucursal, y convirtiendo la marca de su Frutos Secos no ya en un referente del sector en el Barrio de Salamanca sino en todo Madrid. Don Fidel se retiró a su pueblo a disfrutar de una merecida jubilación tras toda una vida de sacrificios. En el año 2000 falleció de un colapso mientras dormía, a una edad ya muy avanzada. Estoy seguro de que en algún lugar recóndito del universo estará don Fidel, ataviado con su chaquetilla azul marino, intentando convencer a los ángeles para que le compren unas figuritas de chocolate en forma de diablillo. Seguro que lo conseguirá. Ah, y también estará discutiendo con San Pedro de toros en más de una ocasión:  — “¡Qué no, hombre, qué no!  Si usted hubiera visto torear a El Cordobés aquella tarde de las cuatro orejas… ” –.

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Franz Joseph Haydn: Golpes de fortuna

* Nacido en Rohrau, región fronteriza entre Austria y Hungría, el 31 de marzo de 1732
* Fallecido en Viena el 31 de mayo de 1809

 Su padre era carretero y ejercía eventualmente como juez de paz y, aunque no tenía ni idea de música, apreció la buena voz de su hijo y se lo confió a un hermanastro para que se encargara de su educación musical. Con apenas siete años, Haydn salió de Rohrau y no regresó jamás. Aquel tío, con acreditados conocimientos musicales, le insufló el arte de Orfeo a Haydn a base de leña, que para eso vivían en ambientes rurales, pero el bueno de Haydn nunca guardó rencor por ello y siempre reconoció en su tío a su primer y más importante maestro musical. En 1740 superó las pruebas de admisión para el Coro de Viena y fue inscrito como Niño Cantor, feliz circunstancia que conllevó que Haydn pasara más hambre que Carpanta como consecuencia del escaso presupuesto que dicha institución tenía para la manutención de los críos. Y, como donde no come uno tampoco lo hacen dos, a partir de 1745 tuvo que apechugar con su hermano menor Michael, quién también pasó a engrosar las filas de los Kindersinger. Al pobre Haydn le cambió la voz con la edad, por lo que todos los méritos familiares eran para su hermano. Y, por si fuera poco, los regidores del Coro no sabían cómo despedirle y tuvieron que aprovechar una pesada broma que gastó a uno de sus compañeros — Le cortó la peluca a golpe de tijeras — para expulsarle de la institución. Así, en 1749, Haydn se vio solo en Viena, con el mismo hambre de siempre y sin un céntimo en los bolsillos.

 Allí, se tuvo que ganar la vida tocando el órgano y el violín y trabajando como criado del compositor Pórpora, quién pagaba sus servicios con zapatos remendados y camisas usadas. Haydn siempre fue un hombre que tuvo la extraña virtud de recibir golpes de suerte en los momentos más delicados y así no tardó en llegarle una oferta del conde Morzin, en 1758, como compositor particular, con la única condición de que no podía contraer matrimonio estando bajo su servicio. Como basta que a uno le prohíban algo sin motivos para que se sienta más atraído por ello, Haydn se enamoró de la hija de un peluquero, pero ésta se acabó metiendo (o la metieron) a monja. Haydn, preso del amor y contraviniendo las órdenes del conde, decidió entonces casarse con su hermana (Hay que ver cuánta mala leche pueden tener algunos personajes) y, en otro golpe de suerte, al conde le empezaron a ir mal las cosas y tuvo que romper los compromisos con todos sus músicos. Lo que parecía una desgracia se tornó en una gran alegría, ya que Haydn fue recomendado al príncipe Esterházy, quién necesitaba un ayudante de maestro de capilla, y fue contratado el 1 de mayo de 1761, comenzando una vinculación con esta noble casa que duró casi todo el resto de su vida. Aunque, para que no todo fueran venturas, el estrafalario matrimonio de Haydn pronto comenzó a hacer aguas por todos los sitios.

 Haydn se alojó en Eisenstadt y anualmente recibía un buen salario, mas los golpes de suerte continuaron: En 1762 falleció el Príncipe y le sucedió su hermano Nikolaus, amante del lujo sobre el lujo, quién decide que él no va a ser menos que nadie y construye la fastuosa mansión de Esterháza, en donde en 1768 Haydn y sus muchachos de la orquesta se instalan. Allí siguió componiendo sinfonías y conciertos a un ritmo que nadie hoy en día puede explicarse y, mucho menos, si tenemos en cuenta su calidad. Ello provocó las envidias de su superior, el Maestro de Capilla Werner, un chivato que le tenía envidia y que le fue al Príncipe con no sé que cuentos y otras historias que cuestionaban la labor de Haydn. Haydn recibió una amonestación del Príncipe en la que venía a decir que se dejase ya de componer tantas sinfonías y conciertos y se pusiera de una vez a componer para la gamba, que no es lo que a primera lectura uno pueda imaginar, sino que se trata de un instrumento de la familia de las violas. Es posible que sea este el motivo de las numerosas composiciones de Haydn para gamba. Pero, en otro golpe de suerte, Werner murió y Haydn fue nombrado Maestro General de Capilla. Pese a la subida de categoría y de salario, no todo fue un camino de rosas para el maestro. Haydn se vio obligado a litigar en innumerables peleas tabernarias entre los miembros de su orquesta. En una de esas riñas, un flautista perdió un ojo y todo. Y estás peleas ocurrían, en buena medida, porque los músicos debían abandonar a sus mujeres durante la temporada de verano. En aquel de 1772, la estancia del Príncipe se demoraba día tras día sin aparentes motivos, provocando los lógicos ardores humanos de unos músicos que, entre otras cosas, eran también seres de carne y hueso. Por lo tanto, en las tabernas, las riñas estallaban con progresiva y preocupante frecuencia. Dicen que la Sinfonía 45 “Los Adioses”, fue una petición reivindicativa de Haydn para que el Príncipe se largara ya de una vez por todas (La obra concluye con la salida de la escena de un músico tras otro… Así hasta toda la orquesta) y que de esta forma los músicos pudieran aplacar sus incontinencias pasionales. Al parecer, el Príncipe se dio por aludido y se fue con viento fresco, por lo que aquella misma noche Haydn y sus chicos no tocaron precisamente la gamba.

 Pasaron los años y Haydn se empezó a sentir preso en Esterháza aunque, la verdad, allí hacía lo que le venía en gana la mayor parte del año. Pero anhelaba viajar a Viena con más frecuencia, sin las obligaciones corporativas de su cargo. Durante los últimos años, y sin él saberlo, Haydn se había ganado una merecidísima reputación en toda Europa como compositor y, con permiso del Príncipe, comenzó a trabajar en encargos que le llovían del exterior, aunque tuvo que hacer frente a desalmados que falsificaban su firma en obras del todo infumables. Se cuenta que pudo conocer personalmente a Mozart en 1784 y que se quedó embobado con su música, como les ha ocurrido a todos los músicos, claro. El siguiente golpe de fortuna no tardó en llegar: El príncipe Nikolaus murió en 1790 y su sucesor pasaba olímpicamente de la música, por lo que Haydn se vio por fin libertad de todo compromiso, tras casi 30 años de relación con los Esterházy.

 Haydn no desaprovechó su estrenada libertad y partió raudo para Viena, pero pronto (de nuevo la Diosa Fortuna) recibió una invitación para ir a Londres con un contrato de ensueño. No se lo pensó y en el mismo 1790 arribó a las islas. Allí fue recibido como una auténtica figura de renombre y así, el viejo Haydn, pudo vivir una nueva juventud. De esta época son sus Sinfonías Londinenses y mucha más obra aunque, para ciertos especialistas, no es precisamente lo más selecto del maestro. Tal fue el éxito que llegó a alcanzar en las giras de conciertos por las tierras británicas que fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford en 1792. Para celebrarlo, comenzó a filtrear con la esposa de un famoso compositor. En ese mismo año, regresa a Viena no sin antes pasar por Bonn, donde conoció a un tal Beethoven, un joven músico que al parecer prometía. Haydn le indicó que fuese a Viena a recibir sus lecciones y tan fecunda colaboración duró hasta 1794, aunque con altibajos. En una carta, Haydn afirmó que Beethoven sería uno de los grandes y que estaría orgulloso de haber sido él su maestro. (La verdad, que un poco vanidoso resultó Haydn). Pero al viejo maestro le iba la marcha londinense — Y sus correspondientes ganancias monetarias — y para allí que volvió en 1794, estrenando sus últimas sinfonías. Regresó en 1795, con su amasada fortuna, y curiosamente volvió a colaborar para un Esterházy, aunque sin las estrictas obligaciones de antaño. Treinta años pesan mucho en la mente de cualquier individuo. De esta época son sus principales oratorios.

 En sus últimos años la salud le comenzó a abandonar pero no así el torrente de inspiración creativa aunque, desgraciadamente, no pudo plasmarlo del todo. En marzo de 1808 hizo su última aparición pública en Viena, en una interpretación de La Creación dirigida por Salieri (Este Salieri tenía la manía de perseguir a los genios en sus últimos días). Allí fue donde se despidió de Beethoven. Murió un par de meses más tarde, el 31 de mayo de 1809, mientras Viena era de nuevo ocupada por las tropas de Napoleón. Como una triste ironía del destino, sus restos reposan hoy en Eisenstadt, en un mausoleo que el príncipe Paul Esterházy mandó erigir en el siglo pasado, concretamente en 1932. Al final, Haydn regresó a la cárcel.

 La música de Haydn está compuesta para su uso instantáneo y placer inmediato, sin enormes ni trascendentes pretensiones. Sus obras son prodigiosamente discretas y de gran belleza melódica. Es difícil superar lo que hizo Haydn: Componer tantísimo y, además, hacerlo meridianamente bien.

OBRAS

- 104 Sinfonías, destacando la 45, 48, 99 y 102.
- 24 Conciertos para diversos instrumentos, destacando dos para violoncelo y uno para trompeta. También una Sinfonía Concertante.
- 83 Cuartetos de cuerda, destacando los Op. 76 y 77
- 32 Tríos para piano, violín y violoncelo.
- 126 Tríos para Baryton, viola y violoncelo, destacando el 63
- 52 Sonatas para piano, destacando la 52
- Docenas de partitas, serenatas, divertimentos y obras similares
- 20 Óperas, destacando La Isla Desierta
- 13 Misas, destacando la Harmoniemesse
- 6 Oratorios, destacando La Creación y Las Cuatro Estaciones
- Cantatas, canciones y otras obras para voz sola. Además, unos 450 arreglos de canciones populares británicas.

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Bolero de Maurice Ravel

* Compuesto a petición de la famosa bailarina Ida Rubinstein.
* Estrenado el 22 de noviembre de 1928 en la Ópera Garnier de París, con la orquesta dirigida por Walter Straram y la coreografía de Bronislava Nijinska.
* EFECTIVOS ORQUESTALES: Dos flautas, flautín, dos óboes (uno de ellos toca también el óboe de amore), un corno inglés, dos clarinetes, un pequeño clarinete en mi bemol, un clarinete bajo en si bemol, dos fagots, contrafagot, cuatro trompas, tres trompetas, una pequeña trompeta en do, tres trombones, tuba, saxo sopranino en fa, saxo soprano en si bemol, saxo tenor en si bemol, tres timbales, dos tambores (cajas orquestales), bombo, címbalos, tam-tam, celesta, arpa y cuerdas.
* Duración aproximada de la ejecución: Entre 15 y 17 minutos.

 El BOLERO de Maurice Ravel es una composición que aglutina tras de sí muchas y variadas características: Es, probablemente, la obra musical más conocida de la llamada Música Clásica (Prácticamente, cualquiera puede tararear de memoria o silbar sus dos temas y tamborilear con los dedos su ostinato ritmo); es, asimismo, una de las piezas más ejecutadas en las salas de conciertos (A veces, incluso, como propina, fuera de programa); pero, en términos estrictamente musicales, el Bolero de Ravel, con su crescendo piramidal y su progresiva dinámica sonora, es la mayor lección de orquestación que jamás un músico haya escrito. Ravel fue uno de los más grandes orquestadores que haya dado la historia de la música, creador y experimentador de inéditas combinaciones tímbricas. Nunca, tras la muerte del compositor, su legado instrumental fue superado o renovado sino más bien se ha atomizado dentro de la llamada tonalidad. Posteriormente, las vanguardias musicales derivaron hacia un nuevo lenguaje armónico que llega incluso a prescindir tanto de la tonalidad como de la barra del compás. Pero la maestría artesanal de Ravel supuso un cierre de página en la historia instrumental. Toda la música tonal compuesta hoy en día se basa en el sello orquestal que Ravel nos legó como su lección más hermosa.

 Cuentan que en el estreno de la obra en París, una mujer gritó: – “¡Al loco, Al loco!” – y Ravel, sonriendo, declaró que esa mujer había comprendido perfectamente la obra. En efecto, hay que estar muy “loco” para escribir una obra de esas características, para lograr que en ningún momento la reiterada repetición temática nos aburra, más bien todo lo contrario, y para tener tanta fe en un triunfo creativo. El tema del Bolero se hizo célebre en todo el mundo. Un día, se encontraba el maestro en casa de una amiga cuando escucharon como por la calle un obrero silbaba una de las dos melodías. Ravel se emocionó y declaró:  – “Vaya, parece que me estoy convirtiendo en una celebridad…” –.  Como vínculo para su audición, he enlazado a un vídeo con la magistral interpretación en directo de Christoph Eschenbach y la Orquesta de París. A mi humilde juicio, este director es hoy en día uno de los más grandes maestros de la batuta. La interpretación viene solapada en dos vídeos.

DESARROLLO: Dos temas inmutables, el primero en Do mayor y el segundo en do menor, cada uno de ellos en dos partes de ocho compases con ritmo constante de 3/4 en Tempo de bolero moderato assai. El tambor, a veces tañido con dedos, en ppp marca el ritmo y la primera flauta expone el tema para recogerlo el clarinete, pasando la segunda flauta a unirse al tambor para subrayar las notas repetidas del ritmo. El tema pasa luego a fagot solo y lo recoge el pequeño clarinete en mi bemol, mientras que el ritmo se enriquece con toques de arpa. Entra a continuación el óboe de amor (¡Qué timbre más melancólicamente bello!) mientras el acompañamiento se refuerza con contrabajos y segundos violines en pizzicato. El tema pasa ahora a la flauta y a la primera trompeta, sustituyendo las trompas a los fagots en la parte rítmica, a la que se unen también los primeros violines. Entran en escena saxo tenor, recogiendo el testigo el saxo sopranino, mientras que el acompañamiento se enriquece con flauta, óboe, corno inglés, trompetas, trompa, trombones y tuba, sumándose después los fagots. A continuación, del tema se apoderan la celesta, sostenida por trompa y flauta piccolo en una atrevidísima armonía, marcando la primera flauta y la segunda trompa el ritmo con la cuerda (a excepción de los primeros violines) y con la suma de fagots, clarinete bajo y arpa. Llega ahora el primer tutti de maderas para la exposición del tema (Óboes, oboe de amor, corno inglés y clarinete) a los que se suman en el siguiente motivo el clarinete bajo, los fagots, la primera trompeta (ensordinada) mientras que el ritmo lo complementan la segunda trompeta y cuarta trompa, uniéndose a los divididos arpegios de segundos violines y violas (Magistral efecto). Sin darnos casi cuenta, hemos partido del pianissimo al mezoforte. Le llega el turno al trombón solista (Es una ejecución mucho más difícil de lo que a simple vista parece. No pocas “meteduras de gamba” he visto yo en directo… ) con unos desenfadados glissandi que ponen en vilo al director. A continuación el tema es recogido, en el segundo tutti de maderas, por flauta, óboe, clarinete, corno inglés y saxo tenor. Ya hemos pasado el ecuador. Entran ahora, con arco, los primeros violines para, a continuación, unirse divididamente los segundos. Al ritmo se suman arpa y timbales. El tema ahora lo recogen primeros y segundos violines y la primera trompeta en octavas, a los que seguidamente se unirá el trombón. No se nota que hemos llegado ya al fortissimo. (Queda aún una fff). Ahora el tema es un lleno donde destacan las agudas maderas, mientras que se suma a la fiesta el segundo tambor. El primer motivo es a continuación, dentro del lleno orquestal, recogido por flautas, saxofones trompetas, trompeta pequeña y primeros violines, uniéndose después el primer trombón. Llega la sorpresa en esta grandiosa fiesta: Se produce la modulación a Mi mayor, que se mantiene durante ocho compases para retornar de nuevo al Do mayor, en Piu fortissimo (fff) donde el protagonismo lo adquieren el bombo, los címbalos, el tam-tam (Gong) y unos guasones glissandi de trombones. Tras un acorde disonante, todo parece precipitarse en una demolición orquestal. El director y los profesores se miran, generalmente bajo el mar de aplausos de un enfervorizado público, y parecen querer decirse:  — “Jopé, la que hemos liado…” –.  Prodigiosa composición que parece desafiar al tiempo.

VERSIONES RECOMENDADAS:

- Pierre Monteux con la Sinfónica de Londres. PHILIPS. (De absoluta y total referencia)
- Charles Munch con la Sinfónica de Boston. RCA (Maestría sin discusión posible)
- Sergiu Celibidache con la Filarmónica de Berlín (presuntamente). ARKADIA. (Colección de conciertos públicos con varias orquestas. Polémica, pero insuperablemente edificada)
- Ernest Ansermet con la Orquesta Suisse Romande (Versión muy técnica)
- Pierre Boulez con la Filarmónica de Berlín. DG. (Sensacional. Posiblemente, la mejor grabación moderna)
- Jean Martinon con la Orquesta de París. EMI. (Equilibrada, muy bien planteada)

Desconozco si existe alguna grabación disponible de Christoph Eschenbach con la Orquesta de París, la misma que hemos vinculado anteriormente.

Por contra, no me satisfacen las grabaciones de Herbert Von Karajan con la Filármónica de Berlín (A mi gusto, algo precipitada) ni las de Seiji Ozawa con la Sinfónica de Boston (Para experimentos, ya está la propia partitura). Tengo muchas dudas con la de Claudio Abbado y la Sinfónica de Londres.

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