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  1. IVÁN PAIXAO
    ene 09, 2011 @ 20:26:29

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    Me reconozco y declaro absolutamente ajeno a cualquier elevada conversación sobre lo pictórico, Noble área cuyo universo me limito a observar con respetuosa distancia, en virtud de mi escaso saber. La profundidad de toda obra nacida del pincel del Artista, escapa a mis opiniones por cuanto los efectos de las mismas sólo se experimentan en mi subconciente. Es por ello que prefiero adoptar el silencio y escuchar a todos aquellos realmente calificados para emitir su más doctos conceptos, como lo hace Il Signore Commendattore Otto y desde luego Maese Leiter.

    Ello por supuesto no impide que me extasíe contemplando una obra Maestra como esta. Ofrece una angustiosa sensación de realismo, como si la imagen estuviese siendo vista a través de una ventana, por donde se introduce la indiscreta mirada de un transeúnte. Resulta verdaderamente macabro el color negro que domina el espacio donde se encuentra la bañera, la cual a su vez, es el sitio donde yace el cadáver del incendiario Monsieur Marat. Mucha habilidad se requiere para captar toda la tragedia que absorbe ese instante sórdido, en el que la muerte es el el último eslabón de infinidad de acontecimientos, íres y venires de una época tan convulsionada como la de finales del Siglo XVIII.

    Es el peso de la Historia, resumido en una obra pictórica.

    Mencionas que David fue un comprometido defensor de los ideales que inspiraron la Revolución Francesa. Así las cosas, en mi pequeña opinión, allí se confirma una vez más lo que alguna vez conversábamos con Mestro Otto: lo que el Artista lleva en su corazón es lo que le define y ello se traduce en su Creación Artística, además de procurar evocarse a Sí Mismo, como inevitable necesidad del Ser Humano.

    Por regla general, se tiene en el mundo entero una idea bastante idealizada de la Revolución Francesa. Se le considera el acontecimiento más glorioso de cuantos hayan podido acaecer en el devenir histórico, pero yo prefiero apartarme de esa ciega devoción y ver las cosas con otra lupa, menos apasionada y quizás más auténtica.

    La Revolución de 1789 proclamó una serie de principios, virtudes y valores que procuraban privilegiar al Hombre mismo por encima del odiado Ancient Regime, considerado por lo revolucionarios como maligno y antihumano. No se trata aquí de analizar qué había de bueno o malo allí. Tan sólo digo que la política es algo terrible, y tras el grito de “Libertad, Igualdad y Fraternidad” sin duda también se ocultaban intereses sórdidos que en nada favorecían a la Humanidad.

    La condición humana es terrible, maullaría un buen amigo. Y con mucho acierto.

    Bien lo indicas en la entrada, los buenos deseos degeneraron en El Terror: el que no esté con los ideales de la Revolución, merece morir. Y cuántos no fueron pasados por la guillotina (incluso su inventor), siendo en ocasiones apenas ciudadanos sin instrucción, incapaces de emitir una opinión política coherente. El baño de sangre no se detuvo, se incrementó revelándonos a los observadores modernos, que no todo son delicias en el paraíso, por mucho que nos pinten un cuadro celestial.

    Marat fue un hombre intransigente, como lo fue Robespierre. Hábiles hombres públicos, dirigieron desde sus dones el nuevo impulso de Francia y de Europa en la post-revolución. De sus arengas e ideas surgió la semila de muchos de los desmanes de ese tiempo, lo que necesariamente había de avivar los odios, las intrigas y las conjuras. Ese es el pan de cada día en el mundo de la política. Y cuando una “tiranía” es sustituida por otra, con otro traje, el resultado siempre será el mismo: los justicieros son ajusticiados.

    Eso le sucedió a Marat, que entre otras cosas no era el hombre más educado de su tiempo, pero sí un muy hábil hombre público y muy leal y comprometido con su causa. Sus procedimientos le costaron su vida, a manos de una delicada Madame Corday y en condiciones indignantes.

    Así las cosas, David, fiel representante de los ideales revolucionarios, retrata el momento en toda su tragedia, pero revistiendo el hecho con obvio idealismo. Marat es un mártir, caído por defender una nobilísima causa y eso lo convierte en héroe. La visión del hombre en la bañera transmite esa idea. Y por supuesto que David introduce allí su propio Yo, convencido como estaba de su camino.

    El resultado: una bellísima composición, digna de magisterio artístico, aunque inspirado en valores no del todo transparentes.

    Gracias por leerme mis buenos amigos y acompañar mis desvaríos. Y vaya que son muchos!

    Un fuerte abrazo, Leit y Otto.

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    • Leiter
      ene 09, 2011 @ 22:19:53

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      Tayllerand hubiera sido un buen líder en aquellos tiempos, sin duda.

      La Revolución Francesa fue un proceso largo y complejo, con sus lagunas y sus aciertos. Pero es indudable que el progreso social dado con la misma — y con la previa Declaración de Independencia de los EEUU — determinó que se sembraran ciertos ideales humanísticos que tratan de definir la condición de igualdad y libertad de todos los seres humanos. Lo que ocurre, como muy acertadamente señaló Marx, es que difícilmente puede haber libertad si existe la desigualdad social.

      Marat fue uno de los tipos más déspotas de la Revolución. Trató de meter la misma a guillotinazo limpio y así acabó el pobre.

      Un abrazo, Iván

      LEITER

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  2. ottocazares
    ene 04, 2011 @ 04:30:43

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    Los convulsos cambios socio-políticos, filosóficos y estéticos que señalas, aparecen también claramente en dos retratos cimeros de Damas francesas: “Madame Pompadour” de Boucher y “Madame Recamier” del mismo Jacques Louis David. Cuarenta y cuatro años separan a un retrato del otro (1756 y 1800, respectivamente)pero la humanidad, su forma de ver y de sentir, es ya muy otra. Jamás en la historia de la humanidad se ha dado un vuelco tan profundo en la dignidad y reconocimiento humanos: estos retratos de damas, objetivan en pintura, lo que del gusto -como convergencia de la manera de construir mundos y sentidos- trocó, para siempre.

    Pero fíjate bien, Maese Leiter, cómo el tratamiento exclusivamente de los fondos de cuadros como “La Muerte de Màrat” y de “Madame Récamier”, entre muchos retratos, recuerdan al tratamiento de pinceladas libres, nerviosas, de la pintura mural de la Roma imperial. Algo hay, naturalmente, de pompeyano en el tratamiento y no es casual pues todo mundo quedó sorprendido con la riqueza plástica de la visión romana de los ‘Misterios’. Enormes cualidades plásticas le depararon a David, ceñir en una arquitectura pictórica imperial -no en vano fue el Primer Pintor de la República primero, y del Imperio, después- la soltura y el desenfado de la pincelada mural romana en contraste con el rigos lineal de la construcción formal.

    En verdad, David admiró muchísimo a Fragonard, virtuoso dibujante y excelso en la facilidad, rapidez y pericia del “perido galante”. Le visitó incluso en su triste exilio de Bruselas. Pero sus visiones del mundo eran, comprensiblemente incompatibles. No así la visión plástica.

    Tienes razón al escribir que David dotó de contenidos a dos corrientes de pensamiento plástico escindido: los Neoclásicos con el grande Ingres a la cabeza, y los Románticos (asñi con Mayúscula). Puede compararse, en el terreno literario creo yo, con Goethe que dotó también a las generaciones sucesivas de maneras de constriur sus propios mundos sensibles y todos, tal como a David, lo reclamaban para sus propios credos…

    Un cariñoso abrazo, mi amigo Leiter, y todos mis parabienes para este año nuevo que se aparece con toda su fuerza y vitalidad!

    Feliz año nuevo 2011, queridos cofrades!!!

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    • Leiter
      ene 05, 2011 @ 00:06:13

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      No puedo estar más de acuerdo en tu apreciación sobre el tratamiento mural pompeyano de David en algunos de sus retratos.

      David marcó el punto de partida a la modernidad — y no deja de ser una paradoja que sea considerado un clásico — dejando atrás los convencionalismos artísticos de un glorioso rococó francés.

      Muy acertada también tu apreciación sobre Fragonard. Parten de un modelo inicial pero sus caminos se bifurcan inexorablemente.

      Mi abrazo, maestro OTTO

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