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Ralph Vaughan Williams: Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis

 En el enlace al vídeo que hoy os dejo podemos escucharla Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis del compositor Ralph Vaughan Williams. La versión del enlace se corresponde a una magnífica lectura debida a la Orquesta de Filadelfia bajo la dirección de Eugene Ormandy y dicha grabación se encuentra disponible en el sello RCA (ref 38060). Esta sensual y exquisita pieza se basa en una melodía compuesta por el compositor renacentista inglés Thomas Tallis (1505-1585). Tallis compuso en 1567 nueve melodías para el salterio métrico del arzobispo Matthew Parker y la utilizada como base para la obra de Vaughan Williams es la tercera. Dicha melodía vuelve a aparecer en el English Hymnal nº92 asociada a la frase When, rising from the bed of death… de Joseph Addison (1672-1719). Sobra comentar que la melodía de Tallis es sencillamente magistral e inolvidable. La Fantasía, una de las mejores más célebres piezas de Vaughan Williams, es el producto de un encargo para el Three Choirs Festival de Gloucester y se estrenó en la catedral de esta ciudad el 6 de septiembre de 1910 bajo la dirección del compositor. Escrita para un cuarteto de cuerda y doble orquesta de cuerda, el cuarteto está formado por los primeros pupitres de la primera orquesta mientras que la segunda está limitada a nueve ejecutantes. La escritura para cuerda de Vaughan Williams es portentosa, con sonoridades catedralicias, efectos de eco, acordes espaciados, quintas paralelas en bajos y una rebuscada polifonía. Cada sección está fundada en un material salido de la melodía cuyo inicial enunciado se presenta con la magistral armonización a nueve voces de Tallis. Después de una logradísima culminación de intensidad, hacia las tres cuartas partes de la obra, escuchamos un delicioso diálogo entre violín y viola solistas tras el que, nuevamente, es expuesta la melodía de Tallis. La obra concluye con una breve coda del violín solo. La música es como una meditación, como una serie ininterrumpida de desarrollos y comentarios que exploran todas las implicaciones de la melodía de Tallis con una música de radiante inspiración.

Uno de los grandes enigmas de la historia de la música es tratar de comprender como, entre la muerte de Haendel en 1759 y la aparición de Elgar durante la última década del siglo XIX, Inglaterra no fue capaz de producir a un compositor de verdadera relevancia internacional. A tenor con los antecedentes, hubiera resultado del todo normal que Inglaterra hubiera creado una escuela de compositores en el siglo XIX al estilo de Alemania, Francia y Rusia. Antes incluso de Purcell, el compositor inglés de mayor envergadura durante la segunda mitad del siglo XVII, Inglaterra había dado al mundo compositores de auténtica talla como Dunstable, Taverner, Tallis, Byrd, Gibbons, Dowland y Weelkes. Por su parte, Purcell, de efímera existencia pero con un gran catálogo de obras, fue un compositor muy innovador para su época que lamentablemente no dejó sucesores. Y en estas apareció Haendel, cuya influencia sobre la música inglesa fue tan arrolladora como catastrófica. Los ingleses reclamaban más y más composiciones corales al estilo de Haendel y, como el sajón era mejor que nadie, era el autor al que se ejecutaba constantemente. Desaparecido Haendel en 1759, la música inglesa quedó del todo huérfana y un tanto impermeable a las nuevas corrientes prerrománticas. Además, el romanticismo que interesó a los ingleses, y especialmente a la reina Victoria, fue el de Mendelssohn por encima de la corriente de Chopin, Liszt y Wagner, muchísimo más innovadora. Si el romanticismo musical inglés hubiese tenido un carácter tan imaginativo y creador como su romanticismo literario, Inglaterra se habría puesto a la cabeza del mundo. Pero no ocurrió así e Inglaterra, pese a contar con meritorios creadores — Sullivan, Hubert Parry, Stanford… — no ofreció un compositor de auténtica proyección internacional durante la mayor parte del siglo XIX. Elgar abrió nuevos rumbos a partir de 1890 y fue reconocido como el compositor más importante nacido en Inglaterra tras Purcell. Su fama mientras vivió fue enorme. Pero tras su muerte, su música llegó incluso a ser ridiculizada por autores como Stravinski y Prokofiev y sólo a partir de la década de los sesenta su obra resucitó de nuevo. Elgar se vio desechado durante varias décadas a causa de la estética neoclásica y del gran rechazo que suscitaba todo lo que oliese a prolongación del romanticismo. Pero además estaba el interés por el nacionalismo, impuesto por Bartok en Hungría, Janacek en Checoslovaquia, Nielsen en Dinamarca y Sibelius en Finlandia. Y ahí fue donde precisamente surgió en Inglaterra la figura de Vaughan Williams. Su nacionalismo, diametralmente distinto a la concepción victoriana de Elgar, fue tanto la expresión de su estado interior como el reflejo de la condición exterior de la cultura de Inglaterra.

Ralph Vaughan Williams nació el 12 de octubre de 1872 en Down Ampney, condado de Gloucester, en el seno de una acomodada familia en la que el padre ejercía de pastor anglicano. Vaughan Williams comenzó su formación musical en la Chaterhouse, Trinity College, de Londres para luego pasar al Royal College of Music y de ahí a la Akademie der Künste de Berlín, en donde fue pupilo de Max Bruch. En 1901, Vaughan Williams obtuvo el doctorado en música en Cambridge y posteriormente perfeccionó su técnica de orquestación en París con Ravel. Durante los siguientes años, Vaughan Williams empezó a recopilar sus primeras canciones populares y a encargarse de la edición del English Hymn. Nombrado profesor del Royal College of Music en 1919, un año después es condecorado con el doctorado honoris causa en Oxford. Su participación durante la Primera Guerra Mundial como artillero voluntario de la Guarnición Real le supuso una grave pérdida auditiva que finalmente acabó en sordera durante la vejez. Su música empezó a ser conocida en todo el continente europeo durante la década de los años veinte, poniendo de manifiesto su estética en su obra literaria National Music, publicada en Londres en 1934. Durante la Segunda Guerra Mundial, Vaughan Williams se sintió atraído por la música de cine y llegó a escribir la banda sonora de hasta siete películas. Nombrado director del Bach Choir de Bath hasta su muerte, Vaughan Williams continuó componiendo en casi todos los géneros y llegó a realizar una gira por los EEUU en 1954. Activo hasta los ochenta años, Vaughan Williams finalmente falleció el 26 de agosto de 1958 en Londres y su cuerpo fue sepultado en la Abadía de Westminster.

Ralph Vaughan Williams se convirtió en uno de los compositores clave de Inglaterra durante la primera mitad del siglo XX. A pesar de su prolífica producción — 9 sinfonías, 9 conciertos, 11 óperas, y diversas obras orquestales, corales y de cámara — su creatividad maduró lentamente ya que fue desde siempre muy crítico con sus obras, a las que revisaba hasta estar del todo satisfecho. A menudo su estilo refleja la campiña y los bosques ingleses por medio de unos característicos giros melódicos en el fraseo y una armonía del todo grácil. Pero buena parte de música rezuma también una belleza mística y elevada que va mucho más allá de las bonitas fotos de postal antes aludidas. Sirva desde aquí nuestro humilde homenaje a la figura de este gran compositor.

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Alexander Glazunov: Concierto para saxofón, Op. 109

 En el enlace al vídeo que hoy os dejo podemos escuchar un brevísimo fragmento del Concierto para Saxofón, Op. 109, del compositor ruso Alexander Glazunov en interpretación de Andreas van Zoelen acompañado por la Orquesta de Cámara de Magogo dirigida por Arjan Tien. Propongo este primer enlace para que os enganchéis a la obra completa, una preciosidad que apenas dura un cuarto de hora, y que os sirvo en este enlace de Jean Marie Londeix del que no tengo referencia alguna de ni de acompañamiento orquestal, ni de director ni de referencia discográfica. Para complementar, os dejo también estos otros dos enlaces, parte I y parte II, en la versión de Theodore Kerkezos acompañado de los Solistas de Moscú dirigidos por Yuri Bashmet. Una versión de Kerkezos, acompañado de la Philharmonia Orchestra dirigida por Martyn Brabbins, se encuentra disponible en el sello NAXOS (ref 8557063). Todas las versiones que os he dejado, salvo la referencia discográfica de NAXOS, se corresponden a la versión con acompañamiento de orquesta de cuerdas, Op. 109. Existe también una posterior reducción para piano (1936) y otra versión (Op. 109a) para orquesta completa. Escrito en junio de 1934 en París, esta obra pasa por ser la última de Glazunov y está desarrollado en forma lineal, sin cortes entre movimientos. El concierto fue estrenado el 25 de noviembre de 1934 en Suecia por el saxofonista Sigurd Raschèr y desde entonces se convirtió en uno de los clásicos del repertorio. A pesar de su carácter anacrónico y romanticista — muy en la línea de Rachmaninov — el concierto utiliza leves influencias del jazz y destaca, sobremanera, por el extraordinario juego de tonalidades dentro de una estructuración continua. Al parecer, Glazunov nunca escuchó en vida dicha pieza.

En Rusia, la continuidad de la gran escuela musical que nacionalismo y romanticismo burgués habían propiciado, no fue fácil y no todos los autores posteriores encajaron con la misma fortuna en el postromanticismo. Sin duda, los dos principales nombres de la generación postromántica rusa fueron los de Rachmaninov y Scriabin. Al primero de ellos siempre le perjudicó el que fuera considerado como un compositor del siglo XX cuando su verdadera ubicación debería estar en el postromanticismo exuberante de raíz chaikovskiana. Además, aunque emigró a Occidente con motivo de la Revolución, sus creaciones más significativas fueron anteriores a la Primera Guerra Mundial. Dentro de esta tendencia chaikovskiana también podríamos mencionar a Anton Arenski (1861-1906) y Sergei Taneiev (1856-1915). Más cercanos al folklore estuvieron Anatole Liadov (1855-1914), Alexander Gretchaninov (1864-1956), Sergei Liapunov (1859-1924) y Mihail Ippolitov-Ivanov (1859-1935). Por su parte, Scriabin fue un compositor postromántico de tendencias experimentales cuya primera etapa estuvo del todo influida por la música de Chopin. Al lado de Rachmaninov y Scriabin surgió una figura prestigiosa que, sin embargo, no acabó de cuajar tanto como hubiera podido merced a sus grandes cualidades musicales. Discípulo directo de Rimski-Korsakov, Alexander Glazunov representó un nacionalismo ruso muy pulido pero, tal vez, ya pasado de moda.

Alexander Konstantinovich Glazunov nació el 10 de agosto de 1865 en San Petersburgo en el seno de una acomodada familia de editores y libreros. Mostrando un precoz talento musical, Glazunov fue enviado por Balakirev a Rimski-Korsakov, de quien adquirió las técnicas necesarias de composición (Glazunov jamás pisó un conservatorio durante su formación). De esta forma, con apenas 17 años, Balakirev estrenó su primera sinfonía y poco más tarde Rubinstein tomó parte en el estreno de su primer cuarteto. A partir de los 19 años, Glazunov empezó a dirigir sus propias obras, tanto en Rusia como en el extranjero, llegando a visitar a Liszt en Weimar en 1884. En 1899 fue nombrado profesor del Conservatorio de San Petersburgo (al igual que años atrás como Rimski, sin tener ninguna titulación oficial) del que llegó incluso a ser director entre 1905 y 1928. Durante esta etapa, Glazunov se mostró como un profesor estricto pero muy preocupado y comprometido con sus estudiantes pese a una legendaria fama de bebedor compulsivo que no está nada clara y que parece que le colocaron como sambenito. Ese mismo año de 1928, Glazunov abandonó Rusia y se estableció definitivamente en París. Allí, pese a que gozó de gran popularidad, su rigor declinó rápidamente. Finalmente, el 21 de marzo de 1936 Glazunov falleció en la localidad parisina de Neuilly-sur-Seine.

Pese a que Alexander Glazunov consiguió, más que ningún otro compositor de la escuela nacionalista, un equilibrio entre los elementos rusos y europeos, su música ultraconservadora desentonó con las ideas progresistas del momento. Fue un músico de un acabado y pulidez exquisitas, pero ello conllevó a su vez a una estrechez y pesada uniformidad de inspiración. Históricamente, Glazunov representa una amalgama, el fruto común, entre la tradición del Conservatorio de San Petersburgo (nacionalista) y el de Moscú (europeísta). Con todo, lo esencial de su aportación reside en una enorme pureza compositiva del todo académica, con gran plasticidad y colorido orquestal. Sirva desde aquí nuestro humilde homenaje a la figura de este gran y controvertido compositor.

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Zoltan Kodály: Danzas de Galanta

 En el enlace al vídeo que hoy os dejo podemos escuchar las Danzas de Galanta del compositor húngaro Zoltan Kodály. La versión del vídeo se corresponde con una lectura llevada a cabo por la Orquesta Sinfónica de la Radio Checoeslovaca de Bratislava dirigida por el maestro británico Adrian Leaper y dicha grabación se encuentra disponible en el sello NAXOS (ref 8550520). La obra se solapa en dos vídeos, siendo éste el segundo. Escritas tras un encargo de la Sociedad Filarmónica de Budapest, las Danzas de Galanta fueron estrenadas en la capital húngara el 23 de octubre de 1933. Se da la circunstancia de Kodály había vivido su infancia en el pueblo de Galanta, una localidad húngara musicalmente famosa por disponer de una orquesta cíngara estable. Al parecer, algunas de las danzas ejecutadas por dicho conjunto fueron publicadas en una colección de la que tal vez se sirvió Kodály. Con todo, el maestro húngaro dejó testimonio en esta colección de danzas de su enraizamiento con el folklore húngaro, adaptando a su visión sonora los aires exóticos y nostálgicos, siempre indomables, que desprende dicha música popular. Las Danzas de Galanta son una de las obras más famosas de Kodály y su popularidad se debe especialmente al extraordinario verbo rítmico y a la brillantez de la escritura orquestal. La forma del conjunto se aproxima a la de un rondó, tras una lenta introducción seguida por la exposición temática del clarinete, concluyendo la obra con una espectacular y muy desarrollada coda.

Cuando Bela Bartok falleció en 1945 en Nueva York, la noticia apenas conmovió al ámbito musical. Sin embargo, muy pocos años después, Bartok sería considerado como uno de los más grandes maestros de su época. El ritmo y el sonido de sus creaciones se contrapusieron a la fría abstracción de Schönberg y Webern, convirtiéndose Bartok en un compositor cuya obra entusiasmaba a la juventud. Schönberg, hombre cosmopolita y eminentemente intelectual, consideró siempre el folklore como algo totalmente incompatible con la música más avanzada. Incluso Stravinski, sobre todo en su primera etapa, produjo sólo en contadas ocasiones obras del todo enraizadas en el folklore en un momento en que en determinados países centroeuropeos la espontánea y original ejecución de la música popular había sido sustituida por un método más encorsetado y potenciado por los centros culturales radicados en las urbes. Hungría era antes de la Primera Guerra Mundial el único país centroeuropeo todavía no inmerso en la civilización industrial y que aún contaba con un folklore realmente vivo. El enriquecimiento de la música contemporánea a través de las hasta entonces olvidadas fuentes de la música popular habría de quedar reservado a dos grandes maestros húngaros, Bela Bartok y Zoltan Kodály.

Zoltan Kodály nació el 16 de diciembre de 1882 en Kecskemét, Hungría, y realizó sus estudios secundarios en Galanta y posteriormente en Nagyszombat (actual Trnava en Eslovaquia). Decidido a alternar la carrera musical con las Letras, Kodály se instaló en Budapest para estudiar composición con Koessler en la Academia Franz Liszt y Letras en la Facultad de Budapest. Profesor diplomado en 1905, Kodály se lanzó ese mismo año a las zonas rurales húngaras en la búsqueda de las tradiciones más antiguas de la música campesina. Un año más tarde, Bartok, también discípulo de Koessler, se incorporó a dichas actividades. Doctorado en Letras a finales de 1906, Kodály realizó un breve viaje a Berlín y París, ciudad esta última en donde conoció la música de Debussy. Ya en 1907, Kodály fue nombrado profesor de teoría y composición en la Academia Franz Liszt en donde ejerció hasta 1940. A partir de 1920 su fama como compositor adquirió categoría internacional y hacia la década de los años treinta Kodály dotó de un nuevo espíritu a la música húngara en el campo de la música religiosa, coral y en el de la enseñanza mediante la editorial Magyar Kórus. Más tarde, Kodály comenzó la sistematización de la música popular húngara a través del Corpus Musicae Popularis Hungaricae, cuyo primer volumen saldrá a la luz en 1951. Jubilado en 1942, un año más tarde Kodály fue nombrado miembro de la Academia Húngara de Ciencias, siendo su presidente desde 1946 a 1949, y ejerciendo como jefe de la Comisión de Musicología desde 1951. Nombrado doctor honoris causa por numerosas universidades europeas, Artista de la República Popular de Hungría en tres ocasiones, Premio Kossuth, y presidente desde 1961 del International Folk Music Council, Kodály falleció finalmente el 6 de marzo de 1967 en Budapest.

Zoltan Kodály fue un prolífico compositor aunque dicha faceta sólo fue una más de sus numerosas actividades musicales. Infatigable recopilador de música popular, Kodály también fue un eminente pedagogo que ideó un sistema para la enseñanza que todavía tiene vigencia en el mundo entero. Buena parte de sus centenares de canciones corales y obras vocales fueron recopiladas junto a Bartok en los Cárpatos mientras que en su música de concierto, si bien utiliza también material popular, se expande en piezas de gran envergadura y con un carácter húngaro muy marcado — del mismo modo que lo es el inglés de Vaughan Williams o el finlandés de Sibelius — que otorga al conjunto de su obra de una enorme calidad sonora. Sirva desde aquí nuestro humilde homenaje a la figura de este gran compositor y pedagogo.

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Jesús Guridi: Diez melodías vascas

 En el enlace al vídeo que hoy os dejo podemos escuchar la melodía nº6, amorosa, perteneciente al grupo de Diez melodías vascas para orquesta del compositor Jesús Guridi. Pese a que en el vídeo del enlace no se dice nada con respecto a la versión, tenemos varias opciones disponibles en el mercado discográfico y entre las mismas nos decantamos por la ejecutada por la Orquesta Sinfónica de Bilbao bajo la dirección del maestro Juan José Mena y que se encuentra disponible en el sello NAXOS (ref 8557110). Esta melodía nº6 que aquí escuchamos, bellísima y muy lírica en su factura, presenta la particularidad de estar sustentada bajo un acorde de tónica durante casi todo el discurso aunque una serie de cromatismos en la línea central ofrecen un punto de enorme expresividad. Estrenadas el 12 de diciembre de 1941 en Madrid por Enrique Jordá, las Diez melodías vascas de Guridi pasan por ser la obra sinfónica más conocida del autor y toman generalmente como base una serie de melodías de carácter folklórico vasco (Cancionero popular vasco de Azkue) armonizadas para orquesta. Curiosamente, esta melodía nº6 procede, no obstante, de las Douze chansons amoureuses du Pays Basque-Français de Charles Bordes.

Durante todo el siglo XX la creación musical inició una apertura multi-direccional como consecuencia de la culminación de un período tan extenso como lo fue el Romanticismo y sus derivaciones post-románticas y nacionalistas. Ciertamente, se hace difícil establecer un orden concreto de las distintas corrientes compositivas que fueron dándose en Europa ya que cada región geográfica tuvo su grado de mayor o menor peculiaridad. Ciñéndonos a la primera mitad del siglo XX, podríamos afirmar, siempre con la prudencia de no caer en una vaga generalización, que Impresionismo, Neoclasicismo, Expresionismo y Dodecafonismo fueron sucediéndose en los países de la órbita centroeuropea aunque en ciertas zonas meridionales (Italia y España) y Rusia hubo corrientes que escaparon del todo a esos cuatro estilos estéticos anteriormente mencionados. En España, autores como Asenjo Barbieri y Felipe Pedrell habían ofrecido ya la idea teórica de una música autóctona y de marcado acento nacionalista que tuviera peso en Europa y cuyos primeros esbozos vinieron de la mano de Albéniz y Granados. Pero no fue hasta la generación posterior, con Falla a la cabeza, cuando este proceso se asentó y se amplió. Es por ello que la heterodoxa y conocida como Generación del 27 — directamente ligada al grupo de los llamados Maestros o Generación del 98 (Falla, Turina, Esplá, Gómez, Del Campo) – tuvo una presencia muy activa en el panorama musical español hasta más o menos la década de los años cuarenta. De ahí que aspectos como el uso de la tonalidad fueran práctica habitual en España en conformidad con ese espíritu nacionalista que caminaba muchos pasos por detrás del ya desarrollado por otras naciones europeas de mayor tradición musical. Jesús Guridi, al que se suele incluir en la llamada Generación del 98, representó no obstante un puente entre ésta y la Generación de 27, ya más imbuida en el modelo neoclásico de Stravinski.

Jesús Guridi Bidaola nació el 25 de septiembre de 1886 en Vitoria en el seno de una familia de músicos. Ya desde muy joven, Guridi demuestra grandes dotes musicales durante su proceso formativo tanto en Vitoria y Madrid con Valentín Arin como posteriormente en Bilbao con Sáinz Besabe. De esta manera, en 1904 Guridi se trasladó hasta la Schola Cantorum de París para estudiar órgano con Decaux y composición con Sérieyx. Dos años más tarde hizo lo propio en Lieja con Joseph Jongen y en 1908 en Colonia con Otto Neitzel. De esta forma, Guridi había recibido una extraordinaria formación musical cuando regresa a Bilbao y pasa entonces por ser el organista de numerosas iglesias hasta que en 1911 asume la dirección de la Sociedad Coral de Bilbao. En 1915, Guridi estrenó su primera ópera vasca, Mirentxu, con un gran éxito que revalidó cinco años después con Amaya, obra que incluso obtuvo cierta repercusión internacional. En 1927, Guridi fue nombrado profesor de órgano y armonía en el Conservatorio de Bilbao para ejercer posteriormente las mismas materias en el Conservatorio de Madrid a partir de 1944, llegando a ser su director en 1956. Miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 1947, Guridi falleció el 7 de abril de 1961 en Madrid.

Jesús Guridi representa lo más selecto y mejor del nacionalismo vasco, mostrando a un autor de enorme altura técnica y con una extraordinaria capacidad para la inventiva. Sus obras orquestales exhiben un gran talento en el tratamiento instrumental mientras que en su creación escénica muestra una especial habilidad para la construcción melódica y la estructuración de escenas complejas. Guridi fue también un gran organista que nos dejó piezas de auténtica calidad, como el Tríptico del buen pastor, así como autor de dos óperas, siete zarzuelas y obra orquestal y vocal. Sirva desde aquí nuestro humilde homenaje a su figura.

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Mihail Glinka: Jota aragonesa

 

 En el enlace al vídeo que hoy os dejo podemos escuchar el Gran capricho brillante sobre la jota aragonesa del compositor ruso Mihail Glinka. La versión del enlace, espectacular por su vivacidad, se corresponde a una lectura en vivo de la Orquestas Sinfónica de la NBC dirigida por Arturo Toscanini y dicha grabación se encuentra disponible en el sello RCA VICTOR (ref 60308). La Jota aragonesa de Glinka fue compuesta en 1845 si bien su estreno no tuvo lugar hasta el 15 de marzo de 1850 en San Petersburgo bajo la dirección de Karl Albrecht. Escrita sobre un tema auténtico que Glinka había escuchado en Madrid al guitarrista Félix Castilla, la obra comienza con una introducción en tempo Grave con una serie de arpegios quebrados en los metales que se apoyan en ritmos con puntillo y escalas de cuerda. A continuación surge, Vivace, el tema propiamente de la Jota cuya melodía es ejecutada por violines y arpa. Le sucede un motivo secundario mucho más rítmico expuesto por clarinetes y pizzicati de cuerda grave con arpa (en un intento de imitar a la guitarra). Tras una serie de exóticas y coloridas variaciones, los arpegios quebrados de la introducción reaparecen en la coda y el sello típicamente español viene dado por el empleo de las castañuelas.

 Hasta la aparición de Glinka, la vida musical en Rusia estuvo dominada por los italianos (Galuppi, Manfredini, Cimarosa, Paisiello…) que habían estado trabajando en aquel país desde el siglo XVIII. A principios del siglo XIX, Rusia era una nación tan enorme como misteriosa, si bien apenas estaba saliendo de su condición medieval. Toda la tradición occidental del pensamiento filosófico, científico, artístico y cultural era desconocida allí salvo para unos pocos miembros de la aristocracia. En lo relativo a la música, el país poseía una fecunda herencia de cantos populares aunque carecía de algo parecido a un sistema de música. Escaseaban los profesores y eran ciertamente difíciles de encontrar los manuales de música, siendo los compositores ciudadanos de segunda clase que carecían de jerarquía social. Por contra, otros artistas como pintores y escultores gozaban de ciertos privilegios que los músicos en absoluto tenían. En San Petersburgo, la conocida como Sociedad Filarmónica Rusa ofrecía tan solo dos conciertos al año. Toda esta triste situación comenzó a cambiar desde la aparición del que unánimemente se considera como el padrino y fundador de la escuela nacional rusa, Mihail Glinka.

 Milhail Ivanovich Glinka nació el 1 de junio de 1804 en Novospasskoie, Smolensko, en el seno de una familia de terratenientes muy acomodada. De hecho, inició su formación musical en una institución de San Petersburgo reservada a los nobles para más tarde ser alumno del pianista John Field. Con todo, su educación musical – ampliada a la armonía, violín y composición — fue fragmentaria. En 1824, Glinka se convirtió en funcionario de San Petersburgo para cuatro años más tarde renunciar al cargo y viajar hasta Milán y Berlín, donde amplió su formación con Siegfried Dehn. De vuelta a Rusia en 1834, tras haber compuesto una serie de obras formalistas que apenas inciden en el carácter puramente ruso, Glinka decidió crear una ópera en ruso basándose en su amistad con Pushkin. Dicha obra, La vida por el zar, fue estrenada a finales de 1836 y obtuvo un enorme éxito, asistiendo la propia familia del zar al estreno. Para muchos especialistas, esto supuso el arranque de la Escuela Nacional Rusa. Seis años más tarde, Glinka compuso Ruslán y Ludmila, una nueva ópera de carácter eminentemente nacionalista que atrajo la atención de Liszt, quien se encontraba realizando una gira por Rusia, aunque nunca suscitó la popularidad de su precedente. Tras una breve estancia en San Petersburgo en donde llegó a ser Maestro de Capilla de la Corte (1837-1839), Glinka realizó de nuevo una serie de viajes que le llevaron por Francia, España y Polonia. Tras una serie de aventuras amorosas que provocaron su separación matrimonial en 1846, Glinka mostró un gran interés por la música religiosa y viajó hasta Berlín con el objeto de estudiar la obra de Bach. Fue precisamente en Berlín donde, tras un catarro mal tratado, Glinka finalmente falleció el 15 de febrero de 1857. Desde el mismo instante de su muerte, Glinka fue elevado a la categoría de héroe nacional ruso.

 Aun con una producción de reducidas dimensiones, no cabe la menor duda de que Glinka fue el padre de la nueva música rusa. Sus obras apuestan por un melodismo folklórico y exhiben una extraordinaria exuberancia rítmica junto a un brillante colorido instrumental. Maestro de la variación, su música orquestal e instrumental se vio un tanto eclipsada por sus óperas aunque en la actualidad cobra una nueva y renovada vigencia. Su influencia en el desarrollo de la música rusa a lo largo del siglo XIX fue decisiva, de igual manera que en la introducción del orientalismo en la nueva ópera rusa. Sirva desde aquí nuestro humilde homenaje a su figura.

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