¿Os acordáis de esta entrada publicada el 6 de julio? Se titulaba SI NOS DEJAN… Pues sí, nos dejaron. Todo sucedió de forma tan rápida como imprevista. El juez nos dio fecha para febrero de 2011… Pero un servidor llevaba una carta escondida, no debajo de la mesa, sino en forma de reservorio por donde me administraron la quimioterapia ese mes de septiembre: –“Señor juez, verá usted: Resulta que en estos momentos me hallo luchando contra una enfermedad innombrable y… El caso es que… No puedo garantizar mi presencia de aquí a febrero. ¿Quién sabe? Igual ni llego…”– Celia no sabía dónde esconder la cara ante mi teatralizada y del todo exagerada exposición de motivos. El juez me miró — en ese momento me subí la camisa y le enseñé el aparatoso reservorio — y nos dijo: –“¡Pero, hombre, esas cosas se dicen antes…! Veamos… Hoy estamos a miércoles… ¿Podrían venir el viernes a las doce? Tengo un hueco reservado en esa fecha”– Dicho y hecho. Celia y yo nos presentamos en los juzgados de la Calle Pradillo el viernes a las doce y nos casamos. Ahora que me han reparado de nuevo el ordenador os puedo ofrecer las pruebas. Fue una ceremonia íntima con sólo la presencia de Jorge y Guillermo como testigos. Pero lo más importante es que Celia y yo entramos como novios aquella mañana y salimos como marido y mujer. Sí, al final nos dejaron casarnos…

A la salida del portal de nuestra vivienda

Esperando nuestro turno en los Juzgados. Obsérvese la cara de póker que tengo…

 Y ya felizmente casados en la sala del juzgado. En mi rostro se aprecian ciertas secuelas como consecuencia de los extraños batidos que me administraron los días previos

Y lo mejor llegó el lunes siguiente, cuando la oncóloga me dijo que ya no tendría que acudir a diario tres horas y media al hospital para administrarme la dosis de quimio. A partir de entonces me la aplico yo mismo en la barriga con una plumilla en un proceso que no dura más de un minuto. Ese fue nuestro mejor regalo de bodas.