Hace ahora un año y justo por estas mismas fechas, publicábamos una entrada con diversas ilustraciones que resumían lo que había sido mi verano en Benalmádena. En una de ellas, la misma que encabeza esta entrada, hacíamos alusión a que, en la víspera de nuestro retorno a Madrid, el tiempo se volvió inesperadamente lluvioso. A modo de metáfora, comentábamos que tal vez esa alteración climática en un marco tan soleado como el de la costa malagueña significaba que el cielo se entristecía por decirnos adiós. Aunque, siendo más modestos, lo más probable era que nuestros corazones se sintieran especialmente sensibles por nuestro inmediato retorno a Madrid. Ahora, un año después, sé que el cielo lloraba por algo, a la manera de un lamentable presagio. Ese mismo año, concretamente el 26 de junio, viajábamos Celia y yo a Málaga para firmar ante notario la compra de un modesto apartamento que desde ese mismo día se convirtió en objeto de nuestras ilusiones. Fue un proceso largo y complicado, con muchos quebraderos de cabeza y negociaciones — especialmente por parte de Celia — que hubieran servido para completar un máster en materia de relaciones comerciales. Aquella compra también significó que cerráramos un ciclo en nuestro antiguo lugar de vacaciones, una casa en la cercana Carihuela que necesitaba de una serie de costosas reformas que ya no merecían la pena debido a la antigüedad del edificio. Así que decidimos cambiar y el resultado fue que a primeros de septiembre de 2009 estrenamos nuestra nueva morada. No hubo necesidad de arreglos ni retoques: La casa estaba para estrenar y completamente amueblada. Además, la familia malagueña de Celia se encargó de parchear las mínimas incidencias que la vivienda presentaba. Celia y yo nos enamoramos de aquel nuevo entorno desde el primer día y aquellas vacaciones resultaron ser las mejores de toda nuestra existencia.

 Recuerdo perfectamente el instante en que tomé la foto que ilustra esta entrada y que fue obtenida desde la terraza del salón principal. Fue un sábado al mediodía. Tras unos 25 días de pleno sol, sólo interrumpidos por una violenta y repentina tormenta de sobremesa que apenas duró un cuarto de hora, aquella mañana había amanecido lluviosa y no tenía visos de mejorar. Celia se despertó con fuertes dolores de cabeza y me hizo saber que ese día no estaba para muchas aventuras, entre ellas, la de preparar la comida. Tumbada en el sofá, me sugirió que bajase al bar que puede verse a la derecha de la foto, en la esquina de la calle, y que subiera algo de comer. Ella eligió una fritura, como siempre, y yo me decanté por un solomillo a la pimienta, como casi siempre. Celia apenas había probado un par de boquerones fritos cuando decidió meterse de nuevo en la cama para tratar de mitigar su molesta cefalea, situación que suele repetirse con cierta asiduidad, y sabiendo que por la tarde ya estaría recuperada. Yo entonces aproveché para sacar mi solomillo a la terraza y dar buena cuenta del mismo observando la fina lluvia que estaba cayendo y que se mantuvo durante el resto del día y todo el siguiente. Me gusta ver llover y mucho más tras unos días de sol. Me relaja. Estaba tan a gusto en la terraza con mi solomillo y mi copa de vino que decidí inmortalizar el momento por medio de esa foto. Casi no abandoné la terraza durante el resto de la jornada. Mientras que por la tarde Celia, un tanto recuperada, se distraía viendo la televisión, yo escuchaba por medio de un aparato de radio el partido de liga que esa tarde enfrentaba al Real Madrid y al Xerez. Aquella terraza era — y de hecho es — una bendición de Dios. Decidimos no salir a pasear esa tarde debido al tiempo lluvioso y a la frágil disposición de Celia. Me alegré por ello. Me sentía del todo feliz en mi terraza, con la lluvia y las luces lejanas de los barcos que ya se intuían al anochecer. Ya de noche, aproveché para terminar la fritura que Celia había desestimado al mediodía y me serví un whisky. Celia parecía estar muy extrañamente interesada en la vida de Belén Esteban por medio del programa televisivo La Noria –“¡Ay, Leiter, cállate un poquito, que no me dejas escuchar…! Es que a ésta la conocí yo en el Carrefour de Las Rosas… No, si ya sabes que a mí estos programas de corazón no me interesan… ¡Ay, calla, hombre, que ahora va a hablar una que fue novia de Arturo, el de Gran Hermano! ¡Anda, déjame tranquila y salte a la terracita con tus auriculares y tu música! ¿No ves que estoy mala?… ¡Madre mía! ¡Qué sinvergüenza este Arturo!”— Dadas las mediáticas circunstancias, salí de nuevo a mi preciosa terracita whisky en mano y en ese momento me acordé de una amiga de la que no sabía nada desde hacía tiempo. Cerca de dos horas estuve hablando por teléfono con Marian, la musa oficial de este bar de copas virtual, para alegría de ella y de la compañía operadora de mi teléfono móvil. Marian me contó muchas cosas de su vida privada, como siempre, y me expresó sus deseos de pedir el traslado a su Bilbao natal: –“Madrid me agobia, Leiter”– Ya casi de madrugada, en medio de un silencio que sólo era interrumpido por el espontáneo canto de un grillo y de la lluvia repicando en los voladizos, apuré mi segundo whisky. No se distinguía ya el mar, aunque sí llegaba de lejos su inconfundible eco y aroma. Había permanecido todo el santo día en mi terraza y me sentía feliz. ¡Con qué pocas cosas podemos a veces sentirnos felices las personas! Al día siguiente, por la mañana, tomamos Celia y yo el camino de vuelta a Madrid. Seguía lloviznando en Málaga cuando abandonamos nuestra casa. Llegamos a Madrid con tiempo de llamar a Gema y Federico e irnos los cuatro a comer a un restaurante. Celia le decía a su hija: –“¡No sabes qué bien se lo ha pasado Leiter este año, Gema! ¡No hay quien le saque de su terracita!”–

 Me enamoré del mar desde el primer día en que lo conocí, allá cuando tenía unos cinco años de edad y doña Lola me llevó un verano desde Cehegín hasta La Manga para que lo conociera. Siempre he querido vivir junto al mar pero diversas circunstancias hasta ahora me lo han impedido. Por eso mismo, ese mes de septiembre que Celia y yo dedicamos a las vacaciones se convierte en toda una fiesta para mí. Me encanta madrugar — de hecho apenas duermo — y tomarme un café de madrugada observando las distintas gamas de color que adquiere el mar según el sol va haciendo su aparición. Luego, con las primeras luces del día, salgo a pasear por las playas con la única compañía de mis auriculares y de la música que en ese momento está transmitiendo RADIO CLÁSICA. Hace ya mucho tiempo que no abordo la composición pero, en estas circunstancias, a veces me dan ganas… A la vuelta, paso por las tiendas para comprar el periódico y las cosas necesarias para ese día. No hay mejor asunto que tomarse un café con una barrita de pan untada en aceite de oliva virgen en compañía de tu compañera y del mar… ¡Con qué poco nos podemos conformar a veces! Cuando íbamos a La Carihuela solíamos bajar a una cafetería para desayunar y luego irnos a la playa. Este año nos enteramos por la prensa que el dueño de esa cafetería donde acudíamos falleció como consecuencia de un tiro que le propinó un cliente borracho durante una discusión. La esquizofrenia parece no entender de geografías. Existe gente que no le da valor absolutamente a nada, ni a la propia vida.

 Siempre estoy contando los meses que quedan para que llegue septiembre… Es mi ilusión. Pero este año las cosas no sucedieron como yo esperaba. El día 26 de junio, primer aniversario de la compra de nuestra casita en Málaga, el médico me comunicó que debía someterme a una nueva operación quirúrgica, la segunda en menos de un mes. Todavía albergaba esperanzas de acudir en septiembre a Málaga, y máxime cuando los resultados de los análisis resultaron ciertamente positivos, pero el especialista me comunicó que ese mes de septiembre había que dedicarlo a una intensa sesión de inmunoterapia por vía venosa y a un ritmo de cinco tomas por semana con una duración media de dos horas y media por sesión. Hay que asegurarse que el bicho no se vuelva a reproducir y dicho tratamiento es del todo protocolario. Durante este mes, todas las mañanas he acudido bien temprano al hospital para someterme al “chute” de Interferón. He visto a gente que está mucho peor que yo. En ocasiones, me acordaba durante los trayectos de ida al hospital de mis paseos por el mar y… De mi terracita. Los hombres, en determinadas ocasiones, somos muy niños. Por las tardes, intentaba animarme escribiendo esas cosas que a partir de mañana podréis leer en este bar pero me sentía un tanto solo por la eventual condición de cerrado por vacaciones del mismo y la ausencia de clientes en forma de comentarios. El año pasado no abrí en ningún momento el ordenador portátil de Celia durante las vacaciones en Málaga. Bastante tenía con tomar notas de algunas cosas que escuchaba para luego poder comentarlas en el bar. Aunque no lo parezca, BLUES me da mucho trabajo y yo también necesito desconectar un tiempo.

 Con el ánimo de amigos como Iván Paixao y de Gato, quienes a través de sus distintos comentarios a lo largo de la anterior temporada siempre me estimularon a que siguiera trabajando en BLUES, me marqué un duro ritmo de trabajo por las tardes. Pero, a veces, ese batido que a diario ingería por vena hacía de las suyas y me provocaba un miserable y humillante cansancio que me obligaba a interrumpir mi actividad. Otras, las peores, estaba tan tranquilo escuchando alguna música y tomando notas cuando de pronto sentía una extraña convulsión abdominal que me llevaba directamente al cuarto de baño para vomitar sabe Dios qué. En esos momentos en que te encuentras arrodillado frente a la taza del inodoro te da por pensar en todo, incluso en renunciar a seguir con este bar virtual ante la gran debilidad física y espiritual que luego acontece. Pero pensaba en Amalia y en Ángel Guirao… Y sabía que no les podía dejar abandonados ¡Hay tanta buena música que aún no hemos comentado! Me tumbaba boca arriba en la cama y trataba de que pasara el momento de fatiga lo antes posible. Recordaba a mi amigo Frank Ar cuando de mi mente surgían extrañas melodías que no había escuchado jamás, aunque no tengo ningún interés en escribirlas. A veces, comparaba mi estado con el de un buen amigo común de Quinoff y de Gato que ha pasado por momentos muy difíciles durante este verano aunque ya está felizmente recuperado. Me convencía a mí mismo de que lo “mío” era mucho más simple y eso me daba fuerzas para seguir trabajando. Miguel Artero y Hugo también me ayudaron, sin ellos saberlo, mediante las lecturas que diariamente realizaba es sus respectivos blogs, dejando en ellos mis comentarios en ocasiones. Y, como no, también sentía el apoyo oceánico de mi amigo Otto Cázares a través de las lecciones literarias y artísticas que nos ofrece en su blog. A Theniger le tengo más cerca y suelo conversar con el a menudo. Siempre he tratado de tomar prestado algo de su modélico pragmatismo existencial. En definitiva, gracias a todos vosotros esta empresa puede seguir adelante a partir de mañana. Ahora me encuentro bastante mejor y no dejo de contar los días para que llegue de nuevo septiembre… ¡A ver si el año que viene puedo disfrutar del mar en mi terraza de Málaga! ¡Con qué pocas cosas uno a veces se conforma! Ah, y no olvido a mi querida bicicleta. Ella fue la verdadera protagonista del pasado mes de agosto desde aquella mañana en que decidí carretear de nuevo con ella. Empecé con suavidad — y con algún susto en forma de atropello por las calles el madrileño barrio de Canillejas — pero cerré el mes con más de 1.500 kilómetros recorridos. Si la bici me supo esperar durante tres meses, ahora no tendrá dificultad en aguantar un nuevo período de tiempo sin jinete que espero no se alargue en demasía.

 Mañana abrimos de nuevo con un guiño musical. Os recuerdo que durante esta nueva temporada — la cuarta — que mañana se inicia nos tomaremos un descanso durante los fines de semana y fiestas de guardar, por lo que no publicaremos entradas los sábados ni los domingos, aunque yo estaré tras la barra para contestar vuestros comentarios caso de que los hubiere. Reitero esto para que no os asustéis si pasado mañana y al otro no veis nada nuevo publicado. Seguiremos el lunes y THENIGER pasará a los jueves en vez de los sábados. Ponemos de nuevo los motores de la nave en marcha en busca de nuestro destino, Próxima Centauri. Ya nos va quedando menos. Entre tanto, espero que las entradas sean de vuestro gusto. No he dejado de pensar en todos vosotros a la hora de redactarlas. Nos queda un largo camino de aquí hasta mediados de agosto de 2011. Luego… Ya veremos. Ahora, prosigo con la limpieza del bar. Quiero que todo esté reluciente para mañana. Nos vemos en BLUES.